The Strokes están de vuelta. El regreso de los jeans ajustados hace un par de años ya lo anticipaba: los grandes referentes del llamado indie sleaze viven un nuevo momento de gloria. La banda neoyorquina regresó a los escenarios con fuerza –su primera presentación en Coachella incluyó mensajes sobre la política exterior de Estados Unidos proyectados en las pantallas– y ahora estrena Realitty Awaits, su séptimo álbum de estudio, producido por Rick Rubin.
El segundo sencillo, “Falling Out of Love”, apuesta por una atmósfera melancólica construida sobre guitarras brillantes y la voz cansada, procesada con Auto-Tune, de Julian Casablancas. El resultado tiene un encanto difícil de ignorar.
Pero, ¿cómo evolucionó realmente la discografía de The Strokes? Quienes, además, serán uno de los headliners del festival Corona Capital este año. Al revisar su trayectoria resulta inevitable notar que este ranking sigue, casi por completo, el orden cronológico inverso de sus lanzamientos. A diferencia de bandas como Vampire Weekend o Arctic Monkeys, que mantuvieron una evolución constante durante años, el grupo atravesó largos periodos de pausa, tensiones internas y una discografía mucho más irregular.
Eso sí, cuando The Strokes aciertan, lo hacen como muy pocos. Su debut es una obra monumental –llegaremos a él más adelante–, aunque con el paso del tiempo también ha quedado claro que sus trabajos posteriores esconden una interesante faceta new wave, cargada de sintetizadores y decisiones creativas mucho más arriesgadas de lo que en su momento se les reconoció. Es momento de sacar los Wayfarer –imprescindibles de Ray Ban– del cajón y volver a ponerse el blazer entallado.
6. The New Abnormal (2020)

El disco más reciente del quinteto abre con “The Adults Are Talking”, una canción vibrante que combina un ritmo acelerado con ese estilo vocal casi susurrado en el que Casablancas siempre brilla. Está, sin duda, entre las mejores composiciones de su catálogo.
Sin embargo, más allá de algunos momentos destacados –incluida la extraordinaria “Ode to the Mets”, una balada que captura la esencia clásica del grupo–, el álbum nunca alcanza la precisión de sus primeros trabajos ni la experimentación más inspirada de sus etapas posteriores. Las melodías y los riffs funcionan, pero las canciones rara vez encuentran una estructura capaz de potenciar todo ese material.
5. Angles (2011)

Pocos discos reflejan tan claramente una grabación complicada. Basta revisar la historia detrás de Angles para hallar versiones encontradas de los propios integrantes sobre cómo nació esta pieza.
Aun así, hay varias joyas. “Machu Picchu” mezcla funk y guitarras con una letra muy representativa de principios de la década de 2010, incluida una aparente referencia al famoso vestido de carne de Lady Gaga. Después llega “Under Cover of Darkness”, impulsada por uno de los riffs más memorables que ha escrito la agrupación.
El cierre, “Life Is Simple in the Moonlight”, sorprende con un elegante giro hacia el synth-pop acompañado de matices jazzísticos. En cambio, cuando menos se diga de “You’re So Right”, mucho mejor.
4. Comedown Machine (2013)

Probablemente el material más extraño de The Strokes. No todas sus apuestas funcionan, pero precisamente esa voluntad de experimentar lo convierte en uno de los discos más fascinantes de su carrera.
“One Way Trigger” combina falsete procesado con Auto-Tune, sonidos que recuerdan a los videojuegos retro y un solo de guitarras armonizadas realmente brillante. “80’s Comedown Machine” desarrolla un ambiente hipnótico gracias a sus texturas electrónicas, mientras que “Call It Fate, Call it Karma” parece la banda sonora de un salón de baile olvidado en un refugio submarino. Algunos momentos de rock más descuidado rompen un poco la cohesión del álbum, aunque nunca logran opacar su personalidad.
3. First Impressions of Earth (2005)

Las tres primeras entregas del grupo, publicadas entre 2001 y 2005, definieron por completo el sonido de The Strokes. Este suele señalarse como el inicio de su supuesto declive, aunque esa etiqueta resulta bastante injusta.
Quizá no alcance el nivel de sus dos antecesores, pero sigue ofreciendo grandes canciones. “You Only Live Once” es una obra maestra del pop rock construida sobre un riff inolvidable. Después aparece “Juicebox”, mucho más agresiva, impulsada por un bajo áspero y una interpretación vocal igual de intensa.
Más adelante, Julian Casablancas ofrece una de sus mejores actuaciones, claramente influenciada por Lou Reed –de quien se refleja su carrera a la perfección en uno de estos libros para melómanos–, sobre guitarras invertidas que evocan el sonido de un violonchelo en “Ask Me Anything”.
2. Room on Fire (2003)

Entre los fanáticos siempre existe el debate: ¿es Room on Fire mejor que Is This It? La respuesta probablemente sea no, aunque la diferencia es mínima.
Aquí vive “Reptilia”, para muchos la mejor canción de The Strokes. Su riff parece atacar desde el primer segundo y la voz rasposa de Julian Casablancas transmite toda la intensidad que exige el tema.
A eso hay que sumar “12:51” y “Under Control”, dos ejemplos perfectos del pop de guitarras que convirtió al grupo en una referencia para toda una generación.
1. Is This It (2001)

Antes de publicar Is This It, un EP de apenas tres canciones desató una intensa batalla entre las discográficas. La expectativa alrededor del debut era enorme y, pese al título casi irónico del álbum, la música terminó superando cualquier pronóstico.
Desde el riff de bajo que abre la canción homónima, todo parece ocupar exactamente el lugar correcto. El sonido lo-fi nunca debe confundirse con falta de precisión: detrás de esa producción hay arreglos impecables y un extraordinario diálogo entre guitarras que toma inspiración de la legendaria banda Television.
Además, las composiciones poseen un instinto pop incuestionable. Basta escuchar “Someday” y “Last Nite” para entender por qué siguen sonando en fiestas y pistas de baile más de dos décadas después.
Y cuando la explosión final de “Take It or Leave It” termina, ocurre algo que muy pocos discos consiguen: casi todo lo que viene después –incluido gran parte del indie rock moderno– parece quedarse corto. No es un estándar fácil de alcanzar. De hecho, casi nadie lo ha logrado. (GQ).