La ONU quiere cambiar los mapas que nos enseñaron en el colegio, y tiene toda la razón

Mira el mapa que colgaba en tu clase de geografía y responde sin pensarlo mucho: ¿cuántas veces cabe Groenlandia dentro de África? La intuición dice que una, quizá una y media. África es catorce veces mayor. El continente mide 30,3 millones de kilómetros cuadrados y la isla, 2,16 millones. En el mapa que casi todos memorizamos, las dos parecen del mismo tamaño.

Catorce veces África, y nadie lo diría

El mapa que aprendiste no está roto: está haciendo otra cosa distinta de la que crees. Estos cinco datos explican el desajuste.

  1. Groenlandia ocupa el 7 % de África, aunque en el mapa escolar las dos siluetas parezcan gemelas.
  2. El mapa de 1569 se diseñó para navegar: su gracia era que una línea recta sobre el papel equivalía a un rumbo constante de brújula.
  3. La superficie se infla con la latitud, en proporción a 1 dividido entre el coseno al cuadrado.
  4. Ninguna proyección plana conserva superficies, formas y distancias a la vez: es un teorema demostrado en 1827.
  5. Equal Earth deforma las formas en lugar de las áreas para mantener la escala real.

Ese desajuste llegó el 4 de septiembre de 2026 a la Asamblea General de Naciones Unidas. La Asamblea adoptó la resolución A/80/L.104 por 164 votos a favor, uno en contra (Estados Unidos) y seis abstenciones. El texto, impulsado por países africanos, anima a usar proyecciones de áreas equivalentes, y en particular la llamada Equal Earth, allí donde el tamaño comparado de los continentes importa: atlas escolares, libros de texto y medios de comunicación.

Conviene decir cuanto antes lo que la resolución no es. El texto recomienda, no obliga. No es una norma, no fuerza a ningún Estado, editorial ni escuela a retirar nada, no prohíbe la proyección de Mercator y no fija plazo alguno. Su fuerza es simbólica y pedagógica, no jurídica.

Un mapa fabricado para navegar, no para comparar

Gerardus Mercator publicó su mapa en 1569 y lo tituló, sin ambigüedad, «descripción nueva y ampliada de la Tierra para uso de los navegantes». El objetivo era náutico, no descriptivo. Un barco que mantiene un rumbo fijo de brújula describe sobre la esfera terrestre una curva incómoda, la loxodrómica, y Mercator encontró la manera de que esa curva se dibujase como una recta.

Para conseguirlo tuvo que estirar los paralelos hacia los polos y después estirar los meridianos en la misma medida, de modo que los ángulos locales quedaran intactos. El resultado es una proyección conforme: las formas pequeñas se reconocen bien, los ángulos se respetan y la navegación se vuelve trivial. A cambio, la escala deja de ser uniforme y cuanto más lejos del ecuador, más se hincha el territorio.

Mercator no dibujó mal el mundo. Dibujó bien una herramienta de navegación que después usamos durante siglos para una tarea que no le correspondía.

Ese salto, de la carta náutica al mapa del aula, es el verdadero objeto del debate. El pulso entre forma y superficie viene de lejos, como muestran las dos maneras de dibujar el mismo mundo que popularizaron Mercator y Gall-Peters. Esta última, difundida en los años setenta, corregía las áreas pero comprimía y estiraba los continentes hasta volverlos poco reconocibles.

Por qué ningún mapa plano puede ser fiel del todo

Aquí está la idea que hay que entender antes que ninguna otra, y no requiere matemáticas. Una esfera no se puede desplegar sobre un plano sin estirarla o romperla. Prueba a aplastar la piel de una naranja contra la mesa: o se rasga por algún sitio, o se deforma. No hay una tercera opción, y no la hay por una razón profunda.

Carl Friedrich Gauss lo demostró en 1827 en lo que él mismo llamó su Theorema Egregium, su «teorema notable». La curvatura de una superficie es intrínseca: no depende de cómo la coloques en el espacio. Una esfera y un plano tienen curvaturas distintas, así que no existe ninguna forma de pasar de una a otro conservándolo todo. Cualquier mapa plano decide qué sacrifica.

Mercator sacrifica la superficie y las proyecciones equivalentes sacrifican la forma. Otras reparten el error entre ambas para que ninguna resulte escandalosa, y hay quien ha calculado un mapa plano con el mínimo error posible combinando varios criterios a la vez. Ninguna gana en todo, porque no se puede.

Equal Earth, presentada en 2018 por Bojan Šavrič, Tom Patterson y Bernhard Jenny, es una proyección seudocilíndrica de áreas equivalentes. Respeta las superficies con exactitud y dibuja continentes de aspecto familiar, cercanos a los de la conocida proyección Robinson. Esa es su baza. No es más «verdadera» que Mercator: es más honesta con el tamaño y menos con la forma.

Qué dice exactamente la resolución, y qué se ha contado de más

El texto adoptado recomienda ampliar el uso de proyecciones equivalentes en los contextos donde el tamaño comparado sea relevante. Nada más, y nada menos. Los titulares que hablan de prohibir Mercator sobrepasan lo votado, igual que los que dan por hecho un cambio automático del mapamundi.

Tampoco conviene confundir proyección con fronteras. India respaldó la resolución reafirmando su soberanía sobre Jammu y Cachemira y Ladakh: los desacuerdos cartográficos políticos siguen exactamente donde estaban. Cambiar la proyección no mueve una sola línea disputada.

Una recomendación de la Asamblea General no obliga a nadie. Su efecto real depende de que editoriales, ministerios y plataformas decidan seguirla.

Hay además un frente que la resolución ni toca. Los mapas digitales seguirán usando Mercator, en su variante esférica, por razones técnicas: conserva los ángulos localmente y encaja bien con el sistema de teselas cuadradas que hace posible el zoom. En navegación y reparto seguirá mandando, y con motivo.

Qué cambia si cambia el mapa

Lo primero, una intuición. Quien crece con proporciones falseadas hereda un planeta deformado: Europa parece comparable a Sudamérica cuando esta es casi el doble de grande. Basta comprobar el tamaño real de tu país para verlo, o recordar que la isla más grande del planeta ocupa menos del 8 % del continente africano.

Que esa distorsión visual haya moldeado la percepción colectiva del mundo es una lectura razonable y muy repetida, pero conviene formularla con cuidado. La literatura experimental que mide ese efecto es escasa. Que el mapa contribuyó a consolidar una imagen eurocéntrica del planeta es defendible como historia; afirmar que la causó, con qué magnitud y con qué consecuencias políticas, sería ir más lejos de lo que nadie ha medido.

Lo segundo, un trabajo enorme y lento. Cambiar el mapa por defecto obliga a rehacer atlas, manuales, infografías y bases de datos gráficas. No hay presupuesto asignado, ni plazo, ni obligación. La resolución abre una conversación; no la cierra.

La cuestión no es qué mapa es el verdadero, sino qué mapa sirve para qué. Uno para navegar, otro para comparar, y ninguno para todo. (M).

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