La pertenencia importa más que jugar acompañado siempre.
Georgia, Estados Unidos | Agosto de 2026
Ver a un niño apartado durante el recreo puede despertar preocupación inmediata entre padres y docentes. Sin embargo, jugar solo no significa necesariamente sentirse rechazado, carecer de amistades o experimentar tristeza. Un nuevo estudio sugiere que algunos menores disfrutan la soledad mientras conservan relaciones satisfactorias y una sensación estable de pertenencia.
Investigadores de la Universidad de Georgia analizaron a 473 estudiantes de cuarto y quinto grado, con edades comprendidas entre los nueve y once años. Los participantes asistían a varias escuelas primarias del estado estadounidense de Georgia. El propósito era comprender cómo la preferencia por jugar en solitario se relacionaba con las amistades, la integración en el aula y la satisfacción social.
Los estudiantes identificaron a compañeros que acostumbraban jugar solos, pero que podían relacionarse adecuadamente con los demás. También respondieron preguntas sobre la importancia que concedían a sentirse parte del grupo y sobre su nivel de satisfacción con sus amistades. Los investigadores distinguieron así entre la soledad elegida y el aislamiento producido por dificultades sociales o rechazo.
Los resultados mostraron que algunos niños preferían realizar actividades por su cuenta sin sentirse excluidos. Aunque no participaban constantemente en juegos colectivos, mantenían amistades individuales y estaban conformes con su posición dentro del salón. Para ellos, estar solos durante determinados momentos constituía una elección personal y no una señal de sufrimiento.
La diferencia principal parecía encontrarse en el valor concedido a la pertenencia. Los menores que disfrutaban jugar solos, pero consideraban importante formar parte de su comunidad escolar, mostraban mayor satisfacción con sus vínculos. Podían rechazar algunas invitaciones sin cerrar completamente la puerta a la convivencia.

Estos niños probablemente aceptaban suficientes oportunidades de interacción para mantener vivas sus relaciones. Cuando preferían permanecer solos, confiaban en que sus compañeros volverían a invitarlos en otra ocasión. Esa seguridad les permitía alternar la autonomía con la participación social sin interpretar la soledad como abandono.
Rachael Pfanz, autora principal del estudio y psicóloga escolar, explicó que estos menores prefieren hacer algunas cosas por su cuenta, pero continúan llevándose bien con sus compañeros. No rechazan sistemáticamente todas las invitaciones y pueden incorporarse cuando una actividad despierta su interés. Su conducta representa una forma de independencia social, siempre que conserven vínculos funcionales y accesibles.
El panorama fue diferente entre los niños que concedían poca importancia a pertenecer al grupo. Estos estudiantes mostraban mayor insatisfacción tanto con sus amistades individuales como con su posición general dentro de la clase. Rechazar reiteradamente las invitaciones podía reducir gradualmente las oportunidades de recibir nuevas propuestas y profundizar su aislamiento.
La investigación señala que la retirada social puede convertirse en un proceso acumulativo. Un niño rechaza actividades porque prefiere estar solo, sus compañeros dejan de invitarlo y, con el tiempo, disminuyen sus posibilidades de interactuar. Lo que inicialmente parecía una decisión voluntaria puede transformarse después en una desconexión que ya no resulta completamente elegida.
Michele Lease, profesora de psicología educativa y coautora del estudio, comparó la interacción social con otros hábitos beneficiosos que no siempre resultan atractivos en el momento. Algunas personas hacen ejercicio o consumen alimentos saludables porque reconocen su importancia, aunque ocasionalmente prefieran no hacerlo. Del mismo modo, aceptar ciertas oportunidades de convivencia permite mantener las habilidades y redes sociales necesarias para el bienestar.
El estudio no plantea que los adultos deban obligar a todos los niños a participar permanentemente en actividades colectivas. Forzar a un menor reservado a integrarse de inmediato en grupos grandes puede generar ansiedad, resistencia o una experiencia de exposición innecesaria. Los investigadores proponen intervenciones graduales que respeten el temperamento y las preferencias individuales.
En lugar de enviar a un niño directamente a un juego multitudinario, padres y profesores pueden facilitar encuentros con uno o dos compañeros que compartan intereses similares. Una actividad artística, un proyecto de construcción, una lectura conjunta o un juego estructurado pueden ofrecer contextos menos intimidantes. El objetivo no consiste en eliminar la soledad, sino en asegurar que siga existiendo una vía hacia la conexión.
Jugar solo también puede favorecer la imaginación, la concentración, la toma de decisiones y la capacidad de resolver problemas sin asistencia inmediata. Durante esas actividades, el niño controla el ritmo, establece reglas y explora intereses propios. Estos beneficios son diferentes de permanecer aislado durante largas horas frente a una pantalla, especialmente cuando el consumo digital sustituye sistemáticamente la convivencia, el movimiento o el descanso.
La interpretación debe considerar la edad, el contexto y los cambios de comportamiento. Una preferencia estable por actividades individuales puede formar parte del temperamento, mientras que una retirada repentina podría estar relacionada con acoso, ansiedad, depresión, conflictos familiares o dificultades de adaptación. Ninguna observación aislada permite establecer por sí sola qué ocurre.
Los adultos deberían prestar atención si el menor manifiesta tristeza persistente, temor a asistir a la escuela, pérdida de interés, alteraciones del sueño o rechazo constante de cualquier contacto. También resultan relevantes las quejas de no tener amigos, ser excluido, comer siempre solo contra su voluntad o sentirse invisible dentro del grupo. Ante estas señales, conviene conversar con el niño, consultar a sus docentes y buscar orientación profesional si el malestar continúa.
La investigación, publicada en “The Elementary School Journal”, tiene límites importantes. Se concentró en estudiantes de determinadas escuelas de Georgia y analizó principalmente información proporcionada por los propios niños y sus compañeros. Sus resultados ayudan a reconocer patrones, pero no deben utilizarse para diagnosticar individualmente ni aplicarse de forma idéntica a todas las edades y culturas.
La enseñanza central es que estar solo y sentirse solo no son experiencias equivalentes. Un niño puede disfrutar su propia compañía, conservar amistades significativas y saber que tiene un lugar dentro de la comunidad. Antes de intervenir, los adultos deben observar no solamente cuánto tiempo juega solo, sino si esa soledad es elegida, flexible y compatible con una auténtica sensación de pertenencia.
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