No murió una obra, murió una época.
Barcelona, marzo de 2026
La muerte de Eugènia Balcells no solo marca la despedida de una artista clave del panorama español. También cierra un ciclo histórico en el que el arte visual dejó de entenderse como objeto para convertirse en sistema de percepción, lenguaje expandido y laboratorio de ideas. Su trayectoria fue decisiva porque ayudó a instalar en España una práctica artística que hoy parece natural, la mezcla entre imagen, tecnología, sonido, ciencia y pensamiento crítico, pero que en su momento exigía romper con hábitos culturales, institucionales y estéticos profundamente arraigados.
Balcells ocupó ese lugar de pionera con una singularidad poco frecuente. No se limitó a experimentar con formatos, sino que construyó una manera de mirar. Su trabajo se movió entre la instalación, el videoarte, el cine experimental y la performance con una lógica que no respondía a la simple innovación técnica, sino a una pregunta más ambiciosa sobre cómo percibimos la realidad y qué estructuras invisibles organizan esa percepción. Esa densidad intelectual explica por qué su obra dialogó de forma persistente con la filosofía, la música, la literatura y la ciencia sin perder fuerza visual ni autonomía artística.

Su biografía también ayuda a entender esa posición. Nacida en Barcelona en 1943, formada inicialmente en arquitectura técnica y después en arte en Estados Unidos, Balcells desarrolló una trayectoria entre Barcelona y Nueva York en décadas cruciales para el arte conceptual y audiovisual. Ese tránsito no fue un detalle geográfico, fue una condición de método. Le permitió absorber debates internacionales sobre medios, cultura de masas y lenguaje visual, y al mismo tiempo producir una obra con una voz propia que evitó tanto el localismo como la dependencia imitativa de las grandes escenas artísticas.
Las primeras etapas de su trabajo ya anticipaban un rasgo que se mantendría con el tiempo: la voluntad de leer críticamente la cultura contemporánea. En sus piezas tempranas aparecen la sociedad de consumo, los dispositivos mediáticos y los estereotipos que ordenan la vida cotidiana, pero tratados desde una inteligencia visual que no se conformaba con la denuncia. Balcells no ilustraba tesis. Construía experiencias perceptivas capaces de desestabilizar la mirada del espectador. Esa diferencia es central, porque separa el arte conceptual con potencia duradera del arte que solo acompaña una coyuntura ideológica.

La relevancia de su figura se volvió todavía más evidente con el paso de los años, cuando el ecosistema cultural comenzó a valorar con mayor claridad la genealogía del videoarte y de las prácticas audiovisuales experimentales. Obras como From the Center, recuperada y reexhibida en años recientes en Barcelona, mostraron que Balcells no fue únicamente una referencia histórica, sino una autora que sigue dialogando con el presente. En un momento dominado por pantallas, flujos visuales y tecnologías de captura, su trabajo reaparece con una fuerza renovada porque anticipó preguntas que hoy atraviesan tanto el arte como la vida digital.
Ese es uno de los puntos más importantes de su legado. Balcells trabajó con tecnología sin caer en el fetichismo de la tecnología. Su obra no celebraba la máquina por sí misma, ni convertía el recurso técnico en espectáculo vacío. Usaba herramientas, dispositivos y sistemas audiovisuales para pensar relaciones más profundas entre luz, conocimiento, cuerpo, tiempo y representación. En una época como la actual, donde gran parte de la producción visual está absorbida por la velocidad, el consumo y la saturación, esa actitud resulta casi contracultural y por eso mismo adquiere un valor pedagógico.
La dimensión institucional de su reconocimiento también confirma su peso histórico. Premios, distinciones y exposiciones retrospectivas ayudaron a consolidar su lugar en la historia del arte contemporáneo español y catalán, pero el verdadero indicador de su importancia está en otra parte. Se ve en cómo su nombre aparece cada vez que se reconstruyen las genealogías del cine experimental, del arte audiovisual y de las prácticas interdisciplinares en España. Se ve también en la continuidad de su influencia sobre artistas, investigadores y espacios culturales que hoy trabajan precisamente en esa frontera entre imagen, tecnología y pensamiento.
Hay además una lectura generacional que no conviene perder. Con la muerte de Balcells desaparece una figura formada en un tiempo en el que experimentar implicaba construir lenguaje sin manuales, sin circuitos de legitimación tan consolidados y sin la infraestructura tecnológica accesible que hoy parece obvia. Esa generación abrió caminos cuando todavía no existían ni el vocabulario curatorial ni la institucionalidad suficiente para nombrarlos con precisión. Por eso su muerte no solo conmueve al mundo del arte, también obliga a revisar cómo se produjo la modernización visual de España y quiénes la hicieron posible desde posiciones de riesgo creativo real.
Para Phoenix24, la clave no es solo conmemorar a una pionera, sino leer el patrón que deja su ausencia. Balcells representa una forma de creación que entendía la imagen como campo de conocimiento, no solo como superficie estética. En tiempos de hiperproducción visual y atención fragmentada, esa herencia se vuelve más valiosa, porque recuerda que mirar también puede ser una forma de pensar y que el arte, cuando alcanza esa densidad, no envejece con la tecnología que utilizó. Cambia de contexto, cambia de lectura, pero conserva su capacidad de abrir preguntas donde otros solo ven imágenes.
Lo visible y lo oculto, en contexto. / The visible and the hidden, in context.