Un hallazgo excepcional en dos tumbas de 2.000 años en Kazajistán revela el sorprendente secreto de belleza de unas mujeres de la Ruta de la Seda

En dos antiguas tumbas de Kazajistán, unos pequeños fragmentos de material blanco han permitido recuperar parte de una receta cosmética utilizada hace casi 2.000 años. Lo que durante décadas parecían simples trozos de tiza escondía una composición mucho más elaborada, con posibles ingredientes aromáticos procedentes de territorios situados a miles de kilómetros.

El descubrimiento ha sido presentado por un equipo internacional de investigadores en la revista científica npj Heritage Science. El análisis de los restos, pertenecientes a dos mujeres de la cultura Jetyasar, ha identificado sustancias vegetales relacionadas con la canela, el ajenjo y posiblemente la menta, ingredientes que podrían haber formado parte de preparados empleados para el cuidado personal entre los siglos II y IV d. C.

La investigación ofrece una perspectiva poco habitual sobre las antiguas rutas comerciales de Eurasia. Además de transportar seda, metales preciosos y objetos de lujo, aquellas conexiones permitían la circulación de productos destinados a actividades tan cotidianas como perfumarse o cuidar la piel.

Dos tumbas saqueadas que conservaron objetos inesperados

Los materiales proceden de las necrópolis de Tompakasar y Altyn-Asar, situadas en la región oriental del mar de Aral, en el actual Kazajistán. Ambas pertenecían a la cultura Jetyasar, una sociedad asentada en el curso inferior del río Sir Daria que combinaba la agricultura de regadío, la ganadería y la pesca.

Las tumbas habían sido saqueadas en la Antigüedad, pero los expoliadores dejaron algunos objetos que terminarían adquiriendo un valor científico considerable. En Tompakasar, los arqueólogos recuperaron un fragmento de tiza junto a una concha de molusco de agua dulce. En Altyn-Asar, excavada en 1987, aparecieron otro fragmento blanco, un espejo de bronce, cuentas de coral y cornalina y una fusayola utilizada para hilar.

Los restos humanos correspondían a dos mujeres fallecidas entre los 30 y los 39 años. Se trata de una circunstancia interesante, pues los estudios antropológicos sitúan la edad media de fallecimiento femenino en sus respectivas necrópolis alrededor de los 28 años.

Además, otros enterramientos Jetyasar habían proporcionado conjuntos de objetos relacionados con el arreglo personal: peines de madera, pinzas, recipientes pequeños y espejos chinos de bronce. La presencia de estas pertenencias llevó a los investigadores a preguntarse si aquellos fragmentos blancos también formaban parte de los utensilios de belleza.

Una fórmula de belleza con ingredientes difíciles de encontrar

Para averiguarlo, los científicos recurrieron a distintas técnicas de análisis químico y microscópico. Los resultados permitieron establecer que la base mineral estaba formada principalmente por carbonato cálcico, una sustancia presente en la tiza natural.

Al observar los fragmentos mediante microscopía electrónica, aparecieron diminutas estructuras conocidas como cocolitos, restos calcáreos producidos por organismos marinos microscópicos. Su presencia permitió identificar el material como una roca sedimentaria de origen biológico, probablemente obtenida de depósitos de tiza.

Sin embargo, la mayor sorpresa llegó al estudiar los componentes orgánicos. Mediante cromatografía de gases y espectrometría de masas, el equipo detectó más de 300 compuestos, aunque no todos pertenecían necesariamente a la preparación original.

Entre ellos destacaban numerosos terpenos, sustancias producidas por las plantas y responsables de muchos de sus aromas característicos. Ocho de los compuestos identificados son compatibles con componentes del aceite esencial de canela, mientras que otros diez aparecen en el ajenjo. También se encontró isomentol, presente en determinadas especies de menta.

La combinación sugiere que los antiguos habitantes de esta región pudieron elaborar cosméticos mezclando tiza finamente preparada con aceites vegetales aromáticos. No obstante, los investigadores advierten de que varias plantas comparten estas sustancias, por lo que la identificación exacta de todos los ingredientes sigue siendo una hipótesis.

El ingrediente que podría haber llegado desde la India

La posible presencia de canela plantea una cuestión especialmente interesante. Esta planta no crece de forma natural en las áridas estepas próximas al mar de Aral. Su distribución apunta hacia regiones mucho más meridionales, especialmente el sur de la India, aunque el sur de China constituye otra posibilidad.

Los investigadores consideran plausible que los aceites aromáticos llegaran mediante los circuitos comerciales vinculados a la Ruta de la Seda. Después, artesanos locales podrían haberlos combinado con tiza obtenida en la propia región, donde existen depósitos de carbonato cálcico.

El ajenjo presenta un caso diferente, puesto que también crece en Kazajistán. Esto abre la posibilidad de que los fabricantes mezclaran materias primas locales con sustancias importadas, elaborando productos adaptados a los gustos y necesidades de sus consumidoras.

La composición tampoco coincide con algunas recetas cosméticas conocidas en la antigua China, donde se empleaban materiales como perlas pulverizadas, mica o grasas animales. Los análisis no detectaron plomo ni estaño, presentes en determinados preparados utilizados en el mundo mediterráneo.

Eso sí, el tiempo también dejó su huella química. Entre los compuestos identificados aparecieron contaminantes modernos relacionados con plásticos, productos de limpieza e incluso derivados del DDT. Su presencia recuerda que los materiales arqueológicos pueden absorber sustancias durante siglos de enterramiento y décadas de almacenamiento en museos.

Un indicio de riqueza y del cuidado personal en la Antigüedad

La asociación de estos preparados con objetos valiosos lleva a los autores a plantear que pudieron pertenecer a mujeres de posición social relativamente elevada. La edad alcanzada por ambas difuntas constituye otro indicio, aunque no permite establecer por sí sola su condición económica.

Tampoco sabemos cómo se aplicaban exactamente. Su función pudo ser decorativa, perfumística o incluso estar relacionada con prácticas medicinales tradicionales. Los restos conservados no permiten reconstruir una receta completa ni determinar qué aspecto adquiría el producto sobre la piel.

El estudio, sin embargo, pone de manifiesto una dimensión menos conocida de los intercambios entre Oriente y Occidente. Las comunidades Jetyasar no se limitaron a contemplar el paso de mercancías por sus territorios: también pudieron incorporar productos extranjeros a sus propias costumbres.

Dos modestos fragmentos de tiza, ignorados durante décadas en los depósitos de un museo de Moscú, han terminado proporcionando información sobre los hábitos personales de unas mujeres que vivieron hace casi dos milenios. Y han demostrado que, para comprender las antiguas relaciones comerciales, a veces resulta tan revelador estudiar un cosmético como una joya. (M).

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