La cultura argentina enfrenta un reto mayor: competir en la bienal más influyente del mundo sin respaldo estatal.
Buenos Aires, agosto de 2025. La Secretaría de Cultura confirmó que la selección de la propuesta nacional para Venecia se hará mediante concurso abierto, pero sin financiamiento público garantizado. El costo de producción, transporte y montaje recaerá en los propios artistas o en patrocinadores externos, una decisión que críticos locales describen como una señal de precarización cultural más que de impulso al talento.
El escenario recuerda episodios previos en América Latina donde la falta de inversión sostenida debilitó la proyección internacional de sus creadores. Según la UNESCO, la ausencia de políticas estables de internacionalización ha reducido la competitividad regional frente a Europa, donde instituciones como el Goethe-Institut y el British Council operan con presupuestos robustos para sus artistas. La asimetría es evidente: mientras en Berlín o Londres se habla de diplomacia cultural estratégica, en Buenos Aires los creadores deben improvisar para sostener su presencia global.
El contraste se amplía si se observa Asia. De acuerdo con el Lowy Institute, países como Corea del Sur y Japón han convertido el arte contemporáneo en un vector de poder blando, con programas estatales que consolidan su influencia. En este marco, Argentina aparece como un actor frágil, sin recursos públicos consistentes para competir en un espacio donde la visibilidad cultural también define posiciones geopolíticas.
El vacío financiero abre la puerta a otros actores. Fundaciones privadas, galerías con conexiones transnacionales y bancos que actúan como intermediarios terminan condicionando qué proyectos logran llegar a Venecia. Analistas en Bruselas advierten que esto genera una curaduría paralela, guiada por intereses corporativos antes que por criterios artísticos.
La Bienal, en efecto, ya no es solo un escenario estético. Medios como Le Monde destacan que para potencias como Rusia y China, sus pabellones funcionan como vitrinas diplomáticas, mientras que países africanos dependen de alianzas con ONGs internacionales o plataformas de mecenazgo digital. En este tablero, Argentina corre el riesgo de aparecer no como un país que promueve su arte, sino como un Estado que lo abandona.
Pabellón Argentina en Bienal de Venecia de 2024, con obra de Luciana Lamothe
El Financial Times ha subrayado que los países que no invierten en representación cultural pierden no solo prestigio simbólico, sino también capacidad de influencia en mercados asociados al turismo, la educación y las industrias creativas. De allí que la falta de financiamiento no sea un simple detalle administrativo, sino un síntoma de debilitamiento institucional.
Los escenarios posibles son claros. En continuidad, la presencia argentina dependerá de esfuerzos aislados y financiamiento fragmentado. En disrupción, el país podría quedar fuera de la Bienal 2026, una ausencia que sería interpretada internacionalmente como signo de vulnerabilidad. Y en bifurcación, la entrada de un socio externo —una fundación internacional o un aliado regional— podría garantizar la participación, aunque al precio de una mayor dependencia financiera y narrativa.
En definitiva, el arte argentino llega a un punto de inflexión. La convocatoria abierta simboliza una apuesta por la pluralidad creativa, pero sin respaldo económico amenaza con transformarse en un ejercicio de resistencia individual. La Bienal de Venecia será, más que un escaparate de obras, una prueba de la resiliencia de un país que debe decidir si la cultura es un bien público estratégico o un lujo financiado por quienes puedan costearlo.
La narrativa también es poder.
Narrative is power too.