Lo que alguna vez fue un augurio distópico hoy se parece más a una advertencia funcional: la inteligencia artificial no solo ejecuta tareas, comienza a modelar la conciencia colectiva.
Madrid, agosto de 2025.
La escritora y periodista Rosa Montero, reconocida por su agudeza narrativa y pensamiento filosófico, ha lanzado una inquietante advertencia sobre el futuro de la especie humana en la era del algoritmo. Su preocupación no gira en torno a un apocalipsis tecnológico al estilo Hollywood, sino a una erosión más sutil y peligrosa: la pérdida de agencia personal frente a sistemas que predicen, optimizan y deciden por nosotros sin que apenas lo notemos. “Podemos convertirnos en las hormigas de la inteligencia artificial”, declaró en un reciente foro, usando una metáfora tan simple como alarmante.
Esta imagen resume una inquietud creciente en diversos sectores académicos y tecnológicos. De acuerdo con el Oxford Internet Institute, más del 65% de los usuarios europeos menores de 25 años admite que sus decisiones cotidianas están mediadas —o directamente condicionadas— por algoritmos de recomendación. Plataformas de entretenimiento, redes sociales, buscadores y hasta servicios bancarios operan como filtros invisibles que moldean la realidad percibida y limitan el rango de acción.
El problema, como señala Montero, no es la herramienta en sí, sino la velocidad con que estas inteligencias aprenden a replicar patrones humanos y a explotar nuestras vulnerabilidades cognitivas. En países como China, el uso de inteligencia artificial para el control ciudadano —mediante vigilancia biométrica y sistemas de crédito social— ha sido documentado por Human Rights Watch y Amnesty International. En el otro extremo, Estados Unidos exporta soluciones de “seguridad predictiva” como las de Clearview AI o Palantir, cuyas metodologías han sido cuestionadas por su falta de transparencia y sesgo algorítmico, como señala el último informe del Center for AI and Digital Policy (CAIDP).
Rosa Montero: “Podemos convertirnos en las hormigas de la inteligencia artificial” (Foto: EFE/ Isaac Fontana)
Desde una perspectiva europea, el debate gira en torno al equilibrio entre innovación y derechos fundamentales. El Parlamento de la Unión Europea aprobó recientemente la Ley de Inteligencia Artificial, una legislación pionera que busca regular los usos de alto riesgo, desde vigilancia masiva hasta sistemas que puedan manipular el comportamiento electoral. Sin embargo, expertos del NATO StratCom Centre of Excellence advierten que la desinformación automatizada sigue siendo una amenaza híbrida que los marcos legales no alcanzan a contener.
En este contexto, la advertencia de Montero adquiere una densidad política. Lo que está en juego no es solo el uso ético de la tecnología, sino la estructura misma de la voluntad humana. Si las plataformas conocen mejor que nosotros nuestras preferencias, si anticipan nuestras reacciones emocionales y si refuerzan sesgos inconscientes mediante estímulos personalizados, ¿queda espacio para la deliberación real? ¿O estamos siendo adiestrados lentamente, como insectos en un experimento global?
La narrativa de Montero —desarrollada tanto en su obra de ficción como en su análisis periodístico— sugiere que la literatura puede ser un antídoto contra la automatización del pensamiento. Leer, imaginar y escribir son actos de desaceleración cognitiva, una forma de resistencia simbólica ante la velocidad del algoritmo. En títulos como El peligro de estar cuerda o La buena suerte, Montero ya abordaba las tensiones entre la conciencia individual y las estructuras que la asfixian.
La escritora española Rosa Montero habla en una charla con la periodista brasileña Vera Magallanes en el Instituto Cervantes este martes, en Sao Paulo, Brasil (Foto: EFE/ Isaac Fontana)
Voces académicas coinciden con este diagnóstico cultural. Un estudio del Massachusetts Institute of Technology, publicado en 2024, alertó sobre la creciente dependencia emocional hacia los modelos conversacionales de IA, especialmente en adolescentes y adultos jóvenes. El informe sugiere que esta interacción constante con sistemas no humanos puede estar afectando la capacidad de sostener vínculos auténticos en el mundo físico.
El riesgo no es menor: si las élites tecnológicas concentran la infraestructura, los datos y los marcos legales, podrían instalar un nuevo régimen de gobernanza algorítmica sin contrapesos. Y como ha señalado recientemente el Lowy Institute de Australia, los países del Sur Global podrían convertirse en campos de prueba para experimentos digitales que no serían tolerados en democracias maduras.
No se trata, por tanto, de una guerra entre humanos y máquinas, sino de una pugna más soterrada: entre una ciudadanía crítica y las estructuras que pretenden programarla sin resistencia. En esa batalla, el lenguaje —humano, literario, imperfecto— podría ser una de las últimas trincheras.
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