Samuel Doria Medina encabeza sondeos en Bolivia con la promesa de desmontar el modelo del MAS

La ruptura del dominio del Movimiento al Socialismo marca el inicio de una nueva narrativa política en un país fracturado

La Paz, julio de 2025 — A poco más de un mes de las elecciones generales programadas para el 17 de agosto, los sondeos posicionan al empresario y dirigente opositor Samuel Doria Medina como el principal contendiente, con un 20 % de intención de voto. Su ascenso ocurre en un contexto de profunda descomposición del oficialismo, marcado por crisis económica, desconfianza institucional y la fragmentación del Movimiento al Socialismo, que tras dos décadas de hegemonía enfrenta hoy su peor momento electoral.

Doria Medina, respaldado por la coalición “Unidad”, ha logrado reunir a figuras históricas de la oposición, incluyendo exmandatarios y líderes regionales de distintas corrientes. Su discurso gira en torno a una ruptura estructural con el llamado “modelo del MAS”, al que acusa de haber instaurado un Estado clientelar, hipertrofiado y fiscalmente insostenible. Su propuesta apunta a una reconfiguración del aparato estatal, con medidas como la eliminación de subsidios energéticos, el cierre de empresas públicas deficitarias y la apertura a inversión extranjera bajo un enfoque tecnocrático.

Personas se manifiestan durante una protesta en Santa Cruz (Bolivia) (EFE/Juan Carlos Torrejón)

Para un sector amplio de la población, el discurso de Doria Medina canaliza el hartazgo acumulado tras años de políticas populistas, falta de rendición de cuentas y crisis de abastecimiento. La inflación, el déficit fiscal y la escasez de combustibles han deteriorado la vida cotidiana, alimentando la percepción de un Estado en colapso. En este contexto, su perfil técnico, su experiencia empresarial y su lenguaje económico ortodoxo se posicionan como una alternativa frente al caos administrativo percibido.

El ascenso de su candidatura también refleja un proceso más profundo: la reorganización del voto antisistema, que ya no se define por el carisma o la confrontación ideológica, sino por la promesa de orden, estabilización y transición. Su figura intenta articular un nuevo pacto institucional en un país donde el voto blanco, nulo e indeciso supera al de varias candidaturas tradicionales. La emergencia de este electorado silencioso, desconfiado de las élites políticas tanto de izquierda como de derecha, marca una inflexión en la cultura electoral boliviana.

El centro de gravedad de su campaña radica en dos frentes: primero, una política económica basada en disciplina fiscal, desregulación y atracción de capital extranjero; segundo, una narrativa de gobernabilidad que apela a la tecnocracia, la meritocracia y la ruptura con el ciclo de polarización y conflictividad que ha caracterizado a Bolivia desde 2006. Su llamado al “desmontaje” del MAS no se reduce a lo económico, sino que implica una reestructuración institucional del Estado y sus órganos de poder.

En el tablero electoral emergen tres escenarios. En el primero, de continuidad, Doria Medina logra consolidar su ventaja, polarizando el voto útil y forzando una segunda vuelta con alta probabilidad de victoria. En el segundo, de disrupción, el MAS podría recuperar terreno con un candidato más joven y carismático, apelando al voto rural y las bases sociales movilizadas. En el tercero, de bifurcación, el proceso se fragmenta entre múltiples candidaturas sin mayorías claras, provocando una segunda vuelta impredecible, marcada por alianzas forzadas y posibles tensiones callejeras.

El momento actual de Bolivia no es solo una elección presidencial. Es una contienda por el relato fundacional del país en el siglo XXI. En ese escenario, Doria Medina encarna la promesa de una restauración institucional basada en el orden económico, mientras el MAS resiste desde la narrativa de justicia social y soberanía popular. La pregunta que queda en el aire es si Bolivia está dispuesta a cerrar el ciclo del Estado populista o si ese modelo aún conserva la fuerza suficiente para reinventarse.

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