Zelenski exige más defensas y sanciones ante el endurecimiento aéreo de Moscú
Kiev, julio de 2025
La madrugada del 12 de julio estuvo marcada por una ofensiva aérea rusa sin precedentes recientes: 26 misiles de crucero acompañados por 597 drones —en su mayoría Shahed— arrojaron el ataque más intensamente concentrado sobre Ucrania en lo que va del mes. Abarcó un vasto frente, desde Járkov y Sumy en el este, hasta Lviv, Lutsk y Chernivtsi, en zonas que tradicionalmente se consideraban más seguras.
Pese a que la defensa aérea ucraniana interceptó 25 misiles y 319 drones, y utilizando estrategias de guerra electrónica neutralizó otros 258 aparatos, el saldo de daños fue significativo. En Chernivtsi, al menos dos civiles perdieron la vida por escombros, y una decena más resultó herida, mientras que en Lviv se reportaron daños en viviendas, comercios, una guardería y edificios públicos.
El presidente Volodímir Zelenski, en un mensaje difundido a través de redes sociales, calificó las maniobras rusas como “la cuarta gran ofensiva aérea este mes” y urgió a los aliados occidentales a acelerar el envío de sistemas de defensa antiaérea, drones interceptores y sostener sanciones contundentes contra Moscú. “Esta guerra solo puede detenerse con fuerza”, advirtió, subrayando que solo con medidas efectivas se salvarán vidas.

La estrategia rusa parece orientada a saturar las defensas aéreas con ataques masivos. En junio, Ucrania registró su mes más letal en tres años para la población civil, con más de 230 muertos y 1,300 heridos. A principios de mes, otro ataque similar con más de 700 drones y varios misiles ya había tensionado las capacidades ucranianas y obligado a movilizaciones de emergencia en regiones occidentales y fronterizas con Polonia, donde fuerzas de la OTAN elevaron su estado de alerta.
La sucesión de asaltos revela un patrón creciente de presión estratégica aeroterrestre. Rusia ya ha alcanzado un triste récord: días atrás se lanzaron 728 drones junto con misiles hipersónicos, marcando un nivel sin precedentes desde el inicio del conflicto. Estas operaciones no solo buscan desgaste militar; también apuntan a debilitar la moral civil, interrumpir funciones esenciales y desestabilizar zonas consideradas seguras.
En respuesta, Kiev ha endurecido su enfoque defensivo: la ciudad asignó unos 260 millones de hryvnias (alrededor de 6.2 millones de dólares) para desarrollar sistemas de drones interceptores, y confirmó la neutralización de casi 550 drones en su fase piloto. Esta apuesta tecnológica refleja la urgencia de reforzar las capacidades de defensa, especialmente en momentos donde la solidaridad internacional resulta clave.
Los ataques también subrayan la necesidad de ampliar sanciones no solo sobre Moscú, sino sobre terceros actores involucrados en la fabricación y suministro de drones, y de elevar los niveles de asistencia militar a Ucrania. Zelenski ha planteado que “el ritmo de ataques aéreos demanda decisiones rápidas” y ha instado a imponer sanciones a quienes facilitan esta escalada.
El pulso militar cobra así forma en el aire y en la diplomacia. Por un lado, los sistemas antiaéreos ucranianos resisten, las armas occidentales llegan, y los defensores adaptan tácticas. Por el otro, el Kremlin apuesta por la saturación y por la aparición de armamento enviado desde aliados como Irán o Corea del Norte. Según algunos informes de inteligencia, estas facciones están desarrollando versiones más letales y precisas de los ya conocidos Shahed.
En el plano humano, la población civil sufre el desgaste permanente: depósitos de energía dañados, escuelas y refugios amenazados, y una vida condicionada por sirenas nocturnas. Las infraestructuras críticas, desde hospitales hasta transporte urbano, están bajo riesgo en un país que sobrevive a su tercera temporada de invierno en guerra.

El momento es clave para Kiev y sus aliados: reforzar defensas antiaéreas, adaptar tecnología local, sostener sanciones internacionales y acelerar envíos militares será decisivo para contener la campaña rusa. La ofensiva aérea de julio no solo agrava el conflicto: intensifica la cuenta regresiva para una respuesta internacional eficaz.
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