Cuando los mapas cambian, la diplomacia escribe nuevas alianzas.
Nueva Delhi, agosto de 2025. Narendra Modi llegó a Tianjin para participar en la 25ª cumbre de la Organización de Cooperación de Shanghái, en lo que representa su primera visita a China en siete años. La ocasión no es meramente protocolaria: coincide con un momento crítico de tensiones comerciales con Washington, después de que Estados Unidos decidiera imponer aranceles de hasta un 50 % a exportaciones indias como represalia por el incremento de compras de petróleo ruso por parte de Nueva Delhi. Este giro arancelario, que afecta tanto a productos manufacturados como a bienes tecnológicos, obligó a India a recalibrar de manera urgente su equilibrio diplomático.

El encuentro con Xi Jinping y Vladimir Putin se percibe como un reposicionamiento estratégico. Pekín y Nueva Delhi llevaban años distanciados tras el choque fronterizo en el valle de Galwan en 2020, donde murieron soldados de ambos lados y el clima bilateral se volvió hostil. La normalización ha avanzado lentamente con la reactivación de vuelos directos, la flexibilización de visados y la reapertura gradual del comercio transfronterizo. Analistas señalan que la visita de Modi marca un punto de inflexión, porque busca clausurar una etapa de confrontación con China en nombre de una agenda pragmática frente a la presión arancelaria estadounidense.
Moscú se integra al triángulo con intereses propios. Rusia ha visto crecer en India un cliente clave para sus exportaciones energéticas, especialmente tras las sanciones occidentales por la invasión de Ucrania. Para Putin, fortalecer el vínculo con Nueva Delhi no solo garantiza ingresos vitales, sino que lo posiciona como socio imprescindible en una arquitectura asiática que pretende presentarse como alternativa al orden liderado por Occidente.

El trasfondo es más amplio: la Organización de Cooperación de Shanghái, integrada por países de Asia Central, Rusia, China, India y Pakistán, se proyecta como plataforma de cooperación en seguridad, comercio y tecnología. En Tianjin, la cumbre incluye mesas sobre transición energética, corredores ferroviarios, digitalización y moneda local en transacciones, todos temas que apuntan a reducir la dependencia del dólar y del sistema financiero estadounidense.
El viaje de Modi también responde a un cálculo interno. India, que en 2024 superó a China como el país más poblado del mundo, necesita mantener crecimiento económico superior al 6 % anual para atender las demandas de empleo y bienestar de una población joven y urbana. La imposición de aranceles por parte de Estados Unidos golpea esa aspiración, especialmente en sectores de exportación intensiva como textiles, acero y tecnología digital. Al mismo tiempo, Nueva Delhi quiere mostrarse como un actor autónomo y no como socio subalterno de Washington, reforzando su papel en el Sur Global.
Desde Europa, la visita se observa con inquietud. Bruselas considera que el fortalecimiento de lazos indo-chinos podría desplazar a la Unión Europea en sectores estratégicos como semiconductores y telecomunicaciones. En África, gobiernos atentos a los BRICS interpretan la reunión como una señal de que India y China, pese a sus rivalidades históricas, son capaces de alinearse cuando los intereses de Washington generan presiones comunes.

Se perfilan tres escenarios. En continuidad, India mantiene su tradicional “equilibrio dinámico”, colaborando con Estados Unidos en defensa e innovación, pero acercándose a China y Rusia en comercio y energía. En disrupción, el choque arancelario puede acelerar un viraje más profundo hacia el Este, con India asumiendo un papel de liderazgo dentro de la Organización de Cooperación de Shanghái y de los BRICS, desplazando progresivamente su dependencia de Occidente. En bifurcación, la desconfianza histórica entre India y China podría resurgir, reactivando tensiones en la frontera del Himalaya y frenando los intentos de crear un bloque cohesionado frente a Washington.
Más allá de los escenarios, lo cierto es que Modi llega a Tianjin con una apuesta clara: proyectar a India como potencia autónoma, capaz de dialogar tanto con Washington como con Pekín y Moscú, pero sin aceptar condicionamientos unilaterales. Este viaje confirma que el mundo no se ordena ya en un eje binario entre Estados Unidos y China, sino en una trama más compleja, donde cada país del Sur Global busca su espacio entre alianzas variables y crisis recurrentes.
Phoenix24: resistencia narrativa global.
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