A veces el cine no narra historias: anuncia ciclos.
París, enero de 2026.
El director iraní Jafar Panahi, una de las voces culturales más incómodas para el poder en su país, afirmó que el actual régimen iraní no podrá sostenerse indefinidamente y que, como ha ocurrido con otras dictaduras a lo largo de la historia, su caída es inevitable aunque imposible de fechar con precisión. Sus declaraciones se dieron durante una serie de encuentros públicos en Europa, donde presentó su más reciente trabajo cinematográfico y habló abiertamente del momento político que vive Irán.
Panahi sostuvo que los regímenes autoritarios suelen parecer sólidos hasta que dejan de serlo, y que su derrumbe casi nunca ocurre por una sola causa, sino por la acumulación de desgaste social, represión, fracturas internas y pérdida de legitimidad. Para el cineasta, la violencia ejercida contra la población en los últimos años no fortalece al poder, sino que lo erosiona desde dentro, porque rompe cualquier vínculo de confianza entre gobernantes y gobernados.
El director recordó que las protestas recientes en Irán no surgieron de un solo hecho, sino de una suma de agravios: crisis económica, restricciones políticas, censura, desigualdad y una sensación extendida de asfixia social. La respuesta estatal, marcada por detenciones masivas, uso de fuerza letal y control extremo de la información, no hizo más que profundizar la distancia entre el régimen y amplios sectores de la sociedad.
Panahi explicó que ningún sistema basado únicamente en el miedo puede sostenerse para siempre. Puede durar años, incluso décadas, pero termina enfrentando un límite histórico cuando ya no logra convencer ni siquiera a quienes antes lo toleraban. En ese punto, el poder deja de ser aceptado y pasa a ser solo impuesto, una condición frágil aunque se vista de fuerza.
El cineasta también cuestionó la forma en que algunos gobiernos extranjeros tratan al liderazgo iraní como si fuera un actor político normal, capaz de negociar de buena fe en todos los frentes. Según Panahi, cuando un régimen coloca la supervivencia del poder por encima de la vida de su propia población, su lógica ya no es política sino defensiva, y cualquier relación con él debe entenderse bajo ese prisma.
Aunque evitó dar nombres concretos sobre posibles liderazgos futuros, Panahi subrayó que cualquier cambio real debe surgir desde dentro de la sociedad iraní y no como un diseño impuesto desde el exterior. Para él, las transiciones auténticas se construyen cuando la población logra reconocerse como sujeto político y no solo como objeto de control.
Sus palabras no son solo una postura política, sino también una extensión de su obra. Durante años, Panahi ha filmado historias que muestran vidas limitadas por normas absurdas, silencios impuestos y vigilancias invisibles. En ese sentido, su mirada sobre Irán no nace solo del análisis, sino de la experiencia cotidiana de vivir bajo un sistema que controla incluso la forma de contar historias.
En contextos autoritarios, los artistas suelen convertirse en portadores de lo que no puede decirse de otro modo. No hablan en nombre de partidos ni de ejércitos, sino desde la memoria, la emoción y la vida diaria. Por eso, sus palabras suelen tener un peso simbólico que va más allá de la coyuntura inmediata.
Panahi no prometió fechas ni escenarios. Dijo, más bien, que la historia muestra un patrón: ningún poder que se sostiene únicamente sobre la represión logra perpetuarse sin pagar un costo que termina siendo insostenible. Puede tardar, puede doler, puede ser confuso, pero llega.
En ese sentido, su mensaje no es una consigna política sino una lectura histórica. No habla del mañana como certeza, sino del tiempo como fuerza que desgasta incluso a los sistemas que se creen eternos.
Porque cuando un régimen deja de escuchar, la historia empieza a hablar por él.
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