Cuando una generación se mira en el espejo del pasado y el futuro, la identidad emerge como un acto de interpretación constante.
Buenos Aires, diciembre de 2025
“Generación Beta” se ha convertido en un concepto que interpela tanto a creadores como a públicos interesados en las dinámicas sociales y culturales que emergen entre quienes crecieron en la era digital tardía y entraron en la adultez en tiempos de incertidumbre económica, ambiental y tecnológica. Más allá de una definición cronológica estricta, la noción de Generación Beta —tal como se explora en múltiples ensayos, exposiciones y debates recientes— pone en diálogo la herencia de generaciones precedentes con las tensiones contemporáneas que configuran identidades complejas, híbridas y permeables a transformaciones aceleradas.

La reflexión sobre esta cohorte surge en un contexto histórico marcado por cambios abruptos en las formas de trabajo, comunicación y sociabilidad. El auge de plataformas digitales, las crisis ecológicas, la fragmentación del mercado laboral y los flujos migratorios han redefinido expectativas, posibilidades y estrategias de supervivencia cultural. En ese entramado, Generación Beta no se limita a un rango etario específico, sino que alude a quienes han sido moldeados por estas condiciones y las han integrado en una narrativa que cuestiona categorías tradicionales como estabilidad, pertenencia o continuidad lineal.
Los estudios culturales que tratan este fenómeno señalan que la herencia intergeneracional —es decir, los valores, prácticas y traumas transmitidos desde generaciones anteriores— ya no opera de forma vertical ni única, sino como una serie de capas que se entrecruzan con experiencias propias. Esto genera lo que algunos teóricos denominan “memoria difusa”: un conjunto de signos afectivos y cognitivos que no responden a una sola temporalidad, sino a múltiples temporalidades coexistentes. En este sentido, la figura de la Generación Beta encarna una experiencia temporal híbrida donde pasado, presente y expectativas de futuro interactúan sin jerarquía clara.

Exploraciones artísticas recientes han buscado plasmar este tejido complejo a través de narrativas que mezclan memoria personal, archivos comunitarios y formas de representación que se resisten a definiciones cerradas. Estas obras no solo exhiben temas que van de la familia extensa a la precariedad laboral o a la construcción de identidad en redes, sino que también incitan a cuestionar la forma en que la cultura material y simbólica se transmite y resignifica. El resultado es un diálogo continuo entre lo individual y lo colectivo, entre lo local y lo global, que desdibuja fronteras aparentemente fijas.
Académicos coinciden en que la generación bajo este prisma se caracteriza por una relación ambivalente con los relatos dominantes del siglo XX. Por un lado, existe un reconocimiento de los logros y las frustraciones de generaciones anteriores; por otro, se advierte una crítica profunda a estructuras que muchas veces no lograron responder a necesidades emergentes de equidad, sostenibilidad y participación. Esta crítica no se expresa únicamente en términos ideológicos, sino a través de prácticas diarias que negocian recursos, afectos y posibilidades en contextos socioeconómicos cambiantes.
El componente tecnológico ocupa un lugar privilegiado en esta reflexión. Para quienes se identifican con la Generación Beta, el uso de tecnologías digitales no es solo una herramienta, sino una extensión de formas de pensar, relacionarse y procesar información. La digitalización de la existencia cotidiana, desde la gestión de redes sociales hasta el empleo de algoritmos en decisiones personales, ha configurado modos de subjetividad profundamente integrados con entornos mediáticos y tecnológicos. A diferencia de generaciones que vivieron la digitalización como transición, para esta cohorte la interconexión digital es constitutiva de su experiencia del mundo.
Al mismo tiempo, la discusión sobre herencia intergeneracional plantea interrogantes sobre sostenibilidad y justicia. El peso de crisis ecológicas, económicas y de accesibilidad a derechos básicos obliga a repensar el contrato social que hasta ahora vinculaba generaciones en términos de progreso lineal. En lugar de aspirar a la repetición de modelos pasados, esta generación parece articular nuevas formas de resiliencia, cooperación y reinvención de espacios comunitarios, tanto físicos como virtuales.
Este enfoque también impulsa una revisión crítica de las etiquetas generacionales clásicas, que suelen presentar perfiles homogéneos o predictivos. La categoría de Generación Beta se propone como una herramienta interpretativa flexible, capaz de incluir diversidad, discontinuidad y pluralidad de trayectorias. No se trata de encasillar a individuos en un segmento rígido, sino de reconocer patrones de sentido que emergen de la interacción entre contexto histórico, tecnologías, redes de afiliación y experiencias compartidas.
Al final, la reflexión sobre la herencia intergeneracional a través de este lente revela que la identidad no es un atributo fijo ni unívoco, sino un proceso en constante mutación. La tensión entre lo que se recibe y lo que se reinventa conforma un espacio en el que los relatos personales y colectivos se encuentran y reconfiguran, dando lugar a nuevas formas de narrar el tiempo vivido y por vivir.
Phoenix24. Lo visible y lo oculto, en contexto. / Phoenix24. The visible and the hidden, in context.