Elecciones 2006: quién va ganando hoy

Hace 20 años en las urnas se enfrentaron dos proyectos políticos que no podían ser más distintos. En las elecciones presidenciales de 2006 chocaron Andrés Manuel López Obrador y Felipe Calderón Hinojosa. A pesar de ciertas coincidencias de vida y lucha, sus disímbolas visiones de país provocaron un encontronazo que dura hasta hoy. El 2 de julio se cumplieron dos décadas de esa batalla que va ganando AMLO.

Calderón Hinojosa quería ser presidente de la República desde niño. De su padre, un quijote fundador del partido Acción Nacional, heredó el gen de la política. Como en el PAN son expertos en canibalismo interno, su carrera la hizo a nombre propio. Ser hijo del también cronista de los orígenes del blanquiazul no le representó ventajas dentro. Trazó un mapa a dúo con su esposa, otra panista de cepa.

Carlos Castillo Peraza fue el tutor de Calderón. Yucateco de origen y culto como pocos líderes panistas, conquistó la presidencia del PAN al arranque de los años noventa y en su equipo destacaba Felipe, que a los 31 años llegó a la secretaría general del partido. Tras un periodo en el cargo, Castillo cedió el poder a Calderón, que ganó la interna panista.

Precoz. Esa fue una de las características de Calderón: en 1999, a los 36 años de edad, dejó la presidencia del PAN mientras una ola de antipriismo ya impulsaba a Vicente Fox, un panista heterodoxo muy distinto al doctrinario Felipe. La larga lucha por el poder de los blanquiazules la capitalizaría un empresario guanajuatense con escasas lecturas pero bastante chispa.

Durante el arranque foxista Calderón griseó dos años en la Cámara de Diputados antes de ser invitado al gabinete a Banobras (2003), de donde saltó a la secretaría de Energía, a la que a su vez renunció en junio de 2004: Vicente Fox le regañó por un “destape” anticipado que sus cercanos le hicieron en Jalisco. Lo que iba a ser su tumba política, fue su resurrección.

También es, para ponerlo en términos calderonistas, un hijo desobediente. Quiso revolucionar al PRI tabasqueño en los ochenta, volverlo un partido que escuchara a la base. Poco le duró el gusto. A diferencia de Calderón, fue un mal universitario, pero nutrió su cultura política con personajes de su tierra, su agua como dice él, de la talla de Carlos Pellicer, Leandro Rovirosa y Enrique González Pedrero.

Tras el terremoto político de la primera candidatura del ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas, a finales de 1988 se convierte en el primer candidato cardenista a una gubernatura. Perdió Tabasco, pero entró por la puerta grande al movimiento que a partir de mayo siguiente fundaría el partido de la Revolución Democrática, al que presidiría, como Calderón —con quien trató mucho— a mediados de los noventa.

Antes de convertirse en líder nacional perredista, López Obrador padeció persecución al defender a pobladores de daños ambientales provocados por PEMEX, y un fraude escandaloso en 1994 a manos de Roberto Madrazo, el —vueltas que da la vida— tercero en discordia en la presidencial de 2006 y hoy olvidado. Con caminatas a la Ciudad de México para protestar, AMLO fragua su calado nacional.

El PRD se amalgamó en torno a Cárdenas, candidato presidencial de nuevo en 1994 y en 2000, año en que Andrés Manuel gana la capital de la República en la primera elección para designar gobernante por un periodo de seis años. Ahí nació “El Peje”, apodo derivado del pez pejelagarto que usan lo mismo con cariño que con desprecio amplios sectores. Y ahí acabaron los noventeros contactos entre PAN y PRD.

Tras la elección de 1988 el PRI se acercó al PAN a fin de resanar algo de la legitimidad perdida en esos comicios en cuyo proceso, además de darse el histórico apagón la noche del conteo conocido como la “caída del sistema”, los cardenistas padecieron acoso criminal que se tradujo en centenares de simpatizantes asesinados, dos de ellos operadores cercanísimos a Cárdenas a horas de la elección misma.

Acción Nacional aceptó negociar con el nuevo gobierno priista una agenda de reformas, y a la izquierda le tomaría mucho restañar cierta confianza con un PAN que avanzaba en la obtención de gubernaturas, no pocas veces a través de concertacesiones (poselectorales acuerdos tras comicios estatales donde el PRI hacía fraude). El propio Fox perdió así una gubernatura, que a la postre fue entregada al PAN.

A mediados de los noventa el PRD con Porfirio Muñoz Ledo y el PAN con Castillo Peraza logran una reforma electoral que da resultados pronto. En 1997 el PRI pierde por vez primera la mayoría en la Cámara de Diputados, y por el PRD Cárdenas se hace de la capital.

Al perder el PRI la presidencia en el 2000, derecha e izquierda pasaron de tener un enemigo en común a pelear todo entre ellos. Y el primer gran asalto de ese combate, y claramente el más determinante, fue en el 2006.

Calderón fue candidato a contrapelo de Fox aunque luego su apretado triunfo por 0,56% no se explique sin el intervencionismo de un presidente que declaraba que no había que cambiar de caballo a mitad del río. López Obrador había definido desde el día uno de su gobierno capitalino que sería alter ego de Fox: lo enfrentó y resistió mediática y políticamente hasta volverse favorito en las encuestas.

La enorme torpeza de Fox, que se caracterizó por ellas, fue impulsar el desafuero de AMLO por una falta administrativa. Incluso quienes discrepaban del tabasqueño salieron en defensa de su derecho a competir. Con cada embate, “El Peje” veía crecer sus posibilidades de triunfo. En la campaña se confió de más, dejó de escuchar a sus compañeros y hasta se ausentó de un debate. Él alega fraude.

Pocos momentos de México han merecido más libros y debate que la elección del 2 de julio de 2006. Estos días no han sido la excepción. Recuentos, reclamos y reivindicaciones de ambos lados. De quienes ven una épica calderonista, de quienes ven la quintaesencia del fraude en contra de su líder. Los errores de AMLO y las alianzas non sanctas de Felipe aún dan qué hablar.

Que el año ocho del obradorismo hecho gobierno coincida con el aniversario veinte de esa elección, que tuvo un conteo dramático a lo largo de tres días cuyo resultado nunca aceptó el obradorismo —que en un plantón desde el Zócalo hasta más allá del Angel de la Independencia mostró su músculo—, permite trazar algunas pistas sobre quién va ganando en términos históricos.

—AMLO sí logró entregar el poder a una de las suyas, a la más leal en el movimiento. FCH tuvo que tragarse el orgullo y darle la banda al PRI, el adversario histórico del PAN fundado por su padre, némesis de su propia carrera.

—En siete años López Obrador logró desmontar la trama institucional creada en tres décadas (parte del mismo gracias a sus presiones o demandas): desde la Corte de Zedillo hasta las reformas del PRIAN y del PRD del Pacto por México de Peña. No queda piedra sobre piedra.

—En doce años de panismo en Los Pinos el avance azul en las gubernaturas nunca fue hegemónico. Tenían y tienen enclaves (el Bajío, particularmente), pero no lograron primar: Morena, por el contrario, se hizo de la mayoría de los estados en un sexenio.

—El lema de campaña de Calderón fue “el presidente del empleo”. La crisis del 2008-2009 impactó al país (el famoso catarrito de Carstens), pero su sexenio está marcado por la guerra contra el narco, efecto y causa del poderío del narco. El obradorismo se apunta éxitos en su política salarial.

—Cuando le tocó su turno, AMLO salió tan raspado o más que Calderón en inseguridad. Resultados preliminares de la presidenta Sheinbaum, en cambio, permiten esperar que el obradorismo terminaría siendo reconocido en este renglón.

—Calderón fue artífice del modelo neoliberal. En tiempos de Zedillo estuvo a favor de reducir el aparato gubernamental, del rescate bancario (Fobaproa), y de la participación de privados en sectores como el energético o la salud, con inversiones público privadas (APP).

—Desde 2018, los mexicanos ven con buenos ojos el retorno a un modelo donde la rectoría del Estado vaya más allá de una labor de árbitro, juez, impulsor o autoridad. Votan por un gobierno que haga y administre cosas, desde trenes hasta aeropuertos y refinerías.

—No había habido un sexenio más promilitar que el de Calderón hasta que llegó el de AMLO. Y los escándalos de corrupción del obradorismo no le piden nada al panista que ahora ya no es panista. En dos renglones, fueron iguales.

El anterior listado es muy preliminar y somero. El balance de aquella elección es inacabado y seguirá. Mas la perspectiva de un giro a la derecha vía el PAN, o algo parecido a Calderón, hoy no asoma en el horizonte, ése donde la figura de AMLO sigue apareciendo de vez en vez. ¿Quién va ganando? ¿Y eso en qué se traduce para México? (E).

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