El yihadismo muta y se fortalece: ONU alerta sobre el avance de Estado Islámico y Al Qaeda en África y Siria

La reconfiguración del extremismo global tras la caída de Damasco y el repliegue occidental multiplica las amenazas desde nuevos epicentros estratégicos

Addis Abeba / Damasco, julio de 2025 – El extremismo islamista no ha sido derrotado. Solo ha mutado, se ha desplazado y ha aprendido a respirar entre ruinas geopolíticas. Un nuevo informe de Naciones Unidas advierte que tanto el Estado Islámico como Al Qaeda atraviesan una fase de fortalecimiento alarmante, con epicentros operativos en África y Siria, y una renovada capacidad para proyectar amenazas globales.

Según el análisis entregado al Consejo de Seguridad, diversas ramas yihadistas están consolidando enclaves territoriales, redes de reclutamiento y fuentes de financiamiento alternativo, tras el colapso de estructuras estatales y la retirada estratégica de actores internacionales. En el Sahel, el grupo Jama’at Nasr al-Islam wal-Muslimin (JNIM), vinculado a Al Qaeda, actúa con libertad creciente en el norte de Malí y Burkina Faso, implementando drones, ataques coordinados y un sistema de gobernanza local paralela. Simultáneamente, el Estado Islámico en el Gran Sahara ha reforzado su presencia en la triple frontera entre Níger, Nigeria y Chad, explotando vacíos de poder y rutas del crimen transnacional.

En Somalia, al-Shabab ha intensificado sus ofensivas y ha consolidado vínculos con insurgentes hutíes del golfo de Adén, formalizando intercambios logísticos y entrenamiento militar que reflejan una arquitectura cooperativa de jihad híbrido. La ONU también advierte sobre una preocupante convergencia entre actores extremistas y redes delictivas regionales, lo que incrementa su autonomía económica mediante secuestros, tráfico de armas y minería ilegal.

La rama de Al Qaeda en el Sahel reivindicó una serie de ataques contra varias localidades en el oeste de Malí

En Siria, la situación es aún más delicada. Desde la caída del régimen de Bashar al-Assad en diciembre de 2024, más de 5 000 combatientes extranjeros han circulado por el país, muchos con historial de afiliación a células islamistas radicales. El gobierno interino de Ahmad Al-Sharaa —ex líder de Hayat Tahrir al-Sham (HTS)— ha sido cuestionado por designar a figuras insurgentes y militares extranjeros en posiciones clave. Aunque HTS ha intentado distanciarse del discurso terrorista tradicional, organismos internacionales sospechan que mantiene vínculos con antiguos cuadros de Al Qaeda.

El informe de la ONU también destaca la persistencia del Estado Islámico en zonas rurales del este sirio, donde ha establecido puntos de cobro, extorsión e infraestructura básica para su sostenibilidad. A pesar de la presión militar de HTS y otras facciones rivales, la organización aún conserva capacidad para lanzar ataques asimétricos. La retribución de sus combatientes, aunque reducida a entre 50 y 70 dólares mensuales, continúa fluyendo a través de redes informales de transferencia, incluidas estructuras hawala, criptomonedas y comercio no regulado.

Otro foco crítico es el grupo Khorasan, filial del Estado Islámico en Afganistán, cuya capacidad operativa ha migrado del terreno físico a las redes digitales. Naciones Unidas señala que la organización ha priorizado la radicalización a través de plataformas cifradas, inteligencia artificial generativa y propaganda de microsegmentación dirigida a jóvenes en Europa y América. Su objetivo ya no es la ocupación territorial inmediata, sino el sabotaje psicológico y la disrupción sociopolítica global.

Este panorama se agrava con la creciente desconexión entre los mecanismos tradicionales de seguridad colectiva y las nuevas formas del extremismo postestadual. Mientras algunas potencias retiran su presencia militar, los grupos yihadistas adaptan su lógica de combate, combinando insurgencia rural, terrorismo urbano y manipulación algorítmica. La ONU ha solicitado una respuesta multilateral más flexible, anticipatoria y menos dependiente de esquemas de intervención obsoletos.

En este tablero cambiante, África se convierte en el nuevo laboratorio de insurgencia estratégica, y Siria en una incubadora de actores híbridos que fusionan teología, tecnología y vacíos de poder. No se trata de un retorno al viejo terrorismo, sino de su evolución silenciosa en los márgenes del sistema internacional.

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