El modelo chino vuelve a mostrar su fractura: auge externo, pero con precariedad doméstica
Beijing, julio de 2025 —
Mientras los indicadores macroeconómicos chinos celebran un nuevo repunte exportador, en los pasillos de las fábricas y en las oficinas estatales se impone una realidad contradictoria: los trabajadores están cobrando menos, reciben sus sueldos con retraso y, en muchos casos, se ven obligados a complementar sus ingresos con trabajos informales. Es el otro rostro del crecimiento: uno sostenido a costa del desgaste humano y el silenciamiento social.
El Producto Interno Bruto de China creciĂł un 5,2 % interanual en el segundo trimestre, y las exportaciones aumentaron más de un 5 %, a pesar de los efectos colaterales de la guerra arancelaria con Estados Unidos. Sin embargo, lejos de traducirse en bienestar, este dinamismo ha sido acompañado por recortes salariales en empresas pĂşblicas, congelamiento de sueldos en el sector educativo y una presiĂłn creciente sobre los trabajadores de manufactura, logĂstica y servicios.

Una mujer trabaja en un puesto que vende productos de Halloween en la Ciudad del Comercio Internacional de Yiwu, también conocida como el Mercado de Yiwu, en Yiwu, provincia de Zhejiang, China. REUTERS/Go Nakamura
En ciudades como Wuhan, Chengdu o Chongzuo, empleados del sector público reportan recortes de entre el 20 % y el 40 % en sus percepciones mensuales. Algunos funcionarios cobran apenas lo suficiente para cubrir alimentación básica, mientras que en ciertos distritos rurales el pago puede demorarse hasta tres meses. En las grandes urbes industriales del sur, los trabajadores de fábricas comienzan a turnarse entre jornadas nocturnas como repartidores o conductores para plataformas digitales. La consigna no es ambición: es supervivencia.
Este fenĂłmeno no es nuevo, pero se ha agudizado en 2025 ante la persistente fragilidad del consumo interno. Mientras el sector manufacturero sigue siendo la locomotora de las cifras oficiales, el consumo minorista —verdadero termĂłmetro del poder adquisitivo— apenas creciĂł un 4,8 % en junio, el nivel más bajo en lo que va del año. El contraste entre la vitalidad exportadora y la debilidad del mercado interno refleja una economĂa a doble velocidad que amenaza con desgarrarse.
Desde el gobierno central se ha intentado compensar esta tensiĂłn con recortes de tasas de interĂ©s, estĂmulos fiscales, subsidios al consumo y polĂticas de “prosperidad comĂşn”. Sin embargo, en la práctica, muchos de estos programas se traducen en ajustes para los trabajadores del Estado y mayor presiĂłn sobre los empleados del sector privado, especialmente en zonas no prioritarias para el plan de desarrollo nacional.
A nivel estructural, China enfrenta una encrucijada. Su modelo basado en la expansiĂłn externa encuentra lĂmites en un mundo multipolar más proteccionista, mientras la transiciĂłn hacia una economĂa de consumo masivo sigue sin consolidarse. Las empresas buscan mantener competitividad internacional conteniendo costos laborales, incluso a costa de sacrificar estabilidad social. La fĂłrmula parece funcional para los indicadores financieros, pero insostenible para la cohesiĂłn interna.
Los efectos no tardan en hacerse visibles: aumentan las huelgas locales, las protestas salariales y las denuncias por abuso de condiciones laborales. Aunque el control informativo del rĂ©gimen impide una visibilidad amplia de estos movimientos, organizaciones no gubernamentales y redes descentralizadas reportan un alza significativa de acciones colectivas, especialmente en sectores como transporte, energĂa, banca y educaciĂłn.

Baristas preparan bebidas en Starbucks Reserve Roastery, la mayor tienda Starbucks del mundo, en Shanghai (China). REUTERS/Go Nakamura
El desempleo juvenil también permanece elevado, alimentando una generación que observa con escepticismo la promesa del “sueño chino”. Muchos de ellos se enfrentan a una paradoja: alta cualificación, pero empleos mal remunerados o inestables. Las plataformas digitales se convierten entonces en refugio laboral, aunque sin seguridad social, sin derechos laborales y con exigencias de disponibilidad casi absoluta.
Desde una mirada geoeconĂłmica, este fenĂłmeno expone las tensiones internas de la potencia asiática: un paĂs que necesita crecer hacia fuera, pero que comienza a resentirse por dentro. La combinaciĂłn de presiĂłn laboral, bajos salarios y agotamiento social configura un escenario que pone en cuestiĂłn la sostenibilidad de su estrategia. El auge exportador ya no basta para calmar el malestar estructural que se acumula en el silencio de sus trabajadores.
En el contexto global, este modelo tiene consecuencias. La competitividad basada en la precarizaciĂłn laboral china presiona tambiĂ©n a otras economĂas manufactureras, desde Vietnam hasta MĂ©xico. Las cadenas de suministro global se ven forzadas a competir no solo en innovaciĂłn, sino en austeridad salarial. Y mientras los paĂses discuten salarios mĂnimos y automatizaciĂłn, China demuestra que aĂşn puede crecer… pero con el costo de su propia fuerza de trabajo.
La pregunta no es si el modelo chino funciona. La pregunta es cuánto tiempo más puede sostenerse sin una redistribuciĂłn real, sin un pacto social renovado, y sin reconocer que el verdadero motor de cualquier economĂa no son las cifras del PIB, sino el bienestar de quienes lo hacen posible.
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