En la penumbra de un cine independiente, la memoria se proyecta con reticencia y fuerza: una historia que ahora habla más de su narrador que de su protagonista.
Nueva York, agosto de 2025
Seis años después de su estreno mundial, J’accuse – El affaire Dreyfus irrumpe por fin en el circuito estadounidense. Su llegada al Film Forum, escenario íntimo y emblemático, marca el retorno de Roman Polanski —una figura que emerge del silencio impuesto por su condena— al país que lo forzó al exilio. Esta película no solo evoca las cicatrices de un caso judicial histórico, sino que reabre viejas heridas personales y resalta el poder simbólico del cine como espacio de reivindicación y controversia.
La narrativa cinematográfica de Polanski diluye al verdadero Alfred Dreyfus, transformando al hombre en símbolo. Esa elección convierte la obra en una alegoría casi confesional sobre el propio director, según un análisis del New York Times. El teniente Georges Picquart, interpretado por Jean Dujardin, deviene en el motor del relato; un personaje con ambigüedades morales quienes, movido por el deber, desafía el antisemitismo institucional —mientras Dreyfus, encarnado por Louis Garrel, permanece contenido, casi silente.
El arranque impacta con su estética: la degradación pública de Dreyfus, en el patio de la École Militaire bajo la sombra de la Torre Eiffel, evoca los ideales traicionados de la Revolución Francesa. Aquel escenario —templo del honor decayendo en humillación— resume la fractura entre principios y praxis.
La película, escrita por Polanski y Robert Harris, se centra en el teniente Georges Picquart, motor de la investigación que busca demostrar la inocencia de Dreyfus
Desde ese punto, Polanski recostumbra la mirada: planos largos muestran la Isla del Diablo alejándose hasta desaparecer, metáfora visual de la deshumanización. De esa misma dimensión habla el juicio que dividió a Francia y, por reflejo, tensó conciencia global. Su legado se funde con el relato: al usar esa historia, el director parece ensayar una salida —o una defensa— desde su propia narrativa.
Con este estreno, EE. UU. vuelve a enfrentar a Polanski como artífice y como figura polémica. El Film Forum, consciente de ese duelo simbólico, reconoce el delito, pero también califica la película como una “representación dramática y bien realizada del caso Dreyfus” y como “una contribución relevante al rol del cine en la historia colectiva”.
El caso Dreyfus dividió a Francia e inspiró a figuras como Émile Zola para su célebre carta-manifiesto
Si esta corriente fílmica prosigue, su voz podría alumbrar nuevas formas de memoria en un país donde el pasado y la identidad se debaten en cada pantalla. Pero si se desvanece, quedará como reflejo fantasmal de lo que pudo resonar. Y si, en cambio, logra expandirse, abrirá espacio para un cine que no rehúye la irremediable convergencia entre creación y expiación.
Esta nota fue elaborada por el equipo editorial de Phoenix24 con base en información pública, fuentes estratégicas globales y verificación dentro del contexto geopolítico actual.
This article was produced by the Phoenix24 editorial team based on public information, strategic global sources, and validation within the current geopolitical context.