La abundancia tecnológica redefine poder y sentido
Madrid, enero de 2026
La afirmación de que el trabajo dejará de ser obligatorio y que el dinero perderá centralidad no es una provocación retórica. Es una señal de cómo ciertos núcleos tecnológicos están imaginando el futuro y, con ello, están intentando moldearlo. Cuando una figura con influencia global plantea que la inteligencia artificial y la robótica producirán abundancia suficiente para que nadie necesite trabajar por supervivencia, lo que se pone en juego no es solo un modelo económico, sino una estructura completa de poder.
El núcleo de esa visión es simple: máquinas capaces de producir casi todo con mínima intervención humana. En ese escenario, la escasez deja de ser el principio organizador de la economía. Si los bienes básicos pueden generarse de forma casi ilimitada, la lógica que hace necesario vender tiempo y fuerza de trabajo se debilita. El salario deja de ser la condición de existencia. La promesa es seductora, pero su implementación no depende de la tecnología, sino de quién controla esa tecnología.

El Fondo Monetario Internacional ha advertido que la automatización avanzada transformará el empleo a gran escala, desplazando tareas humanas en múltiples sectores. La Organización Internacional del Trabajo ha señalado que este proceso no elimina la necesidad de políticas públicas, sino que la vuelve más urgente. Sin mecanismos de redistribución, la productividad creciente no garantiza bienestar general. La abundancia técnica puede coexistir con la pobreza social si la distribución sigue concentrada.
En Asia, algunos países ya experimentan niveles altos de automatización en manufactura, logística y servicios digitales. En Europa, la discusión se centra en cómo proteger a los trabajadores desplazados mediante sistemas de bienestar más flexibles. En América, el debate gira alrededor de desigualdad, informalidad y la dificultad de integrar tecnología en economías fragmentadas. En todas estas regiones se repite un patrón: la tecnología avanza más rápido que las instituciones.
La idea de un mundo sin trabajo obligatorio implica una transformación política profunda. El trabajo no es solo una actividad productiva. Es una forma de integración social, una fuente de identidad y un mecanismo de disciplina colectiva. Durante siglos, la organización del tiempo, la educación y la vida adulta giraron alrededor del empleo. Quitar ese eje sin reemplazarlo por otro claro puede producir desorientación social.
La economía también cambia de naturaleza. Si el dinero deja de ser relevante, como se ha sugerido, entonces deja de ser el principal mediador entre personas y recursos. Pero eso no ocurre automáticamente. El dinero no desaparece porque la tecnología mejore. Desaparece solo si las instituciones deciden que el acceso a los bienes no dependa del intercambio monetario. Eso exige un rediseño radical de los sistemas fiscales, de propiedad y de gobierno.
El Banco de Pagos Internacionales ha señalado que las monedas digitales y los sistemas automatizados de pago están modificando cómo circula el valor. Pero una cosa es cambiar el medio de intercambio y otra es eliminar su función social. Incluso en escenarios de alta automatización, alguien decide quién accede a qué, bajo qué condiciones y con qué límites. Esa decisión es política, no técnica.

Aquí aparece la verdadera estructura de poder detrás de la narrativa de abundancia. Si las máquinas producen todo, quien controla las máquinas controla el mundo. La concentración tecnológica puede crear élites con capacidad de definir las reglas de acceso a los recursos. Sin contrapesos institucionales, la promesa de libertad puede transformarse en dependencia total de plataformas y sistemas cerrados.
Algunos economistas han propuesto mecanismos como ingresos universales para sostener la transición. La idea es garantizar un piso material independiente del empleo. Pero incluso ese modelo requiere financiamiento, administración y legitimidad política. No es una consecuencia natural de la tecnología, sino una decisión colectiva sobre cómo repartir sus beneficios.
El problema no es solo material. Es también simbólico. El trabajo ha sido una fuente de sentido. Ha organizado biografías, aspiraciones y narrativas personales. Decir que el trabajo será opcional es decir que la sociedad debe encontrar otras formas de dar significado a la vida cotidiana. Educación, arte, ciencia, cuidado, comunidad y exploración pueden ocupar ese lugar, pero no lo harán automáticamente. Requieren cultura, tiempo y estructuras que los valoren.
La psicología social advierte que las personas necesitan sentir que contribuyen, que son útiles, que participan en algo más grande que ellas mismas. Si el trabajo desaparece como espacio de contribución, otro deberá ocupar su lugar. De lo contrario, la abundancia material puede coexistir con vacío existencial.
Desde el punto de vista geopolítico, el país o bloque que logre dominar la automatización avanzada obtendrá ventaja estructural. Controlará producción, datos y flujos de valor. Eso puede redefinir jerarquías globales, crear nuevas dependencias y aumentar tensiones entre quienes dominan la tecnología y quienes la consumen.
La narrativa de un mundo sin trabajo ni dinero no es neutral. Es una visión producida desde centros de poder tecnológico. Presenta el futuro como inevitable, cuando en realidad es una disputa abierta. La tecnología no decide sola. Son las instituciones, las leyes, las luchas sociales y las decisiones colectivas las que definen cómo se usa.
El verdadero debate no es si la inteligencia artificial puede producir abundancia. Es quién decide qué se hace con esa abundancia, quién accede a ella y bajo qué reglas. Sin esa discusión, la promesa de liberación puede convertirse en una nueva forma de control, más silenciosa y más profunda que las anteriores.
La narrativa también es poder. / Narrative is power too.