Una trayectoria que demuestra que el lector nace de encuentros, no de entornos predestinados.
Santiago, septiembre de 2025. Silvina Alfonso Romero define su identidad lectora como una trama tejida a lo largo de la vida: no nació en un hogar plagado de libros, pero el libro justo llegó en el momento preciso y cambió su rumbo. Desde los diecisiete años trabajó en librerías y editoriales, convirtió ferias en escenarios para propagar lecturas y hoy impulsa proyectos editoriales con la energía que ella misma atribuye a ese primer libro de infancia. Su historia es un testimonio de que el lector puede construirse pese a la ausencia de estímulos tempranos y que su esencia reside en el deseo, no en el privilegio.
Romero recuerda que su primer contacto con los libros fue casi fortuito. En una casa donde nadie era lector habitual, recibió un librito infantil de Richard Scarry y una adaptación de Romeo y Julieta protagonizada por pájaros. Esas lecturas pequeñas pero persistentes encendieron una chispa interna que luego alumbró su relación con la lectura. En su adolescencia, ingresó a la tradicional librería Fausto; allí aprendió sobre títulos, clientes, ediciones y el contagio silencioso de una recomendación bien hecha.
Para ella, la identidad lectora se construye en fragmentos: mediante librerías, bibliotecas de barrio, docentes que recomiendan con pasión o mediadores que proponen alternativas. También emparenta la lectura con el ruido cotidiano del mundo: un viaje en colectivo, un fragmento robado antes de dormir, páginas que resuenan durante días. Cree firmemente que un solo libro puede reabrir el camino lector incluso en personas que nunca antes tuvieron contacto con la lectura estructurada.
Silvina Alfonso Romero integra proyectos editoriales como La Pollera, Abran Cancha y la distribuidora Big Sur. En cada iniciativa busca multiplicar accesos y diversificar voces: que autores emergentes encuentren comunidad, que lectores inesperados descubran territorios literarios desconocidos. Su estrategia de mediación parte de la escucha atenta: conocer los intereses del otro para sugerir lecturas que interpelen, no imponer catálogos.
Uno de los aspectos que más destaca es su confianza en la lectura como herramienta de transformación colectiva. En su discurso, los mediadores —libreros, docentes, periodistas, creadores de contenido— cumplen un rol crucial: abrir puertas hacia mundos posibles y restituir el interés genuino, no en nombre de discursos institucionales, sino desde la conexión personal.
Este relato no busca idealizar el camino lector ni ignorar las barreras que muchos enfrentan hoy (desigualdad educativa, falta de infraestructura bibliotecaria, precariedad editorial). Pero Romero lo rescata como una prueba viviente de que los libros no esperan siempre al mismo lector. A veces, basta que alguien acerque el libro indicado en el momento justo para cambiar una vida que parecía afuera del mapa.
Narrativa es poder. / Narrative is power.