“Si pasas suficiente tiempo rodeado de gente muy rica hoy en día, la conclusión es evidente, antes la gente no tenía este aspecto porque, por naturaleza, no es posible tenerlo”, escribía hace unos días la periodista y escritora Amy Odell en una columna en The New York Times. En el texto resaltaba un hecho, cómo a los ultrarricos ya no solo no les preocupa esconder la evidencia de sus cirugías y tratamientos, sino que presumen de ellos. Esas intervenciones se han convertido en otra manera de ostentar riqueza: “El atractivo implícito de los tratamientos estéticos radica en que no se trata simplemente de verse ‘mejor’, de ‘arreglar’ algo (…) se trata, más bien, de disfrutar de un tipo particular de autocuidado basado en la experiencia, infinitamente personalizable y accesible únicamente para un grupo selecto”, apuntaba la escritora.
La denominada “cara de rico” (o la versión más grotesca, el rostro Mar-a-lago) se ha erigido rápidamente como un símbolo de estatus más allá de bolsos y relojes. Pero, igual que no todos los ricos apostaron por logos o quilates para evidenciar su posición, tampoco todos se han entregado a la cirugía. En cuestión de presión estética, como en todo lo demás, siempre hubo clases. Lo señalaba la creadora de contenido Jenny Park en un vídeo en sus redes sociales en el que apuntaba a los rasgos distintivos de un rostro old money (esa etiqueta que tanto gusta en TikTok para contraponerse a los “nuevos ricos”). Es decir, una cara que envejece de manera “natural”. Tomando ese “natural” entre muchas comillas. Park destacaba que quienes ostentan riqueza desde hace generaciones no han tenido nunca la necesidad de proyectar el exceso, ya sea a través de un pedrusco de diamantes como el de Georgia Rodríguez o bolsos de seis cifras de valor como los que lucen las Kardashian o los que lucieron muchos futbolistas durante el Mundial.
Arrugas frente a rellenos
La periodista Marina Ortiz, creadora de contenido sobre cultura pop y grandes fortunas, apunta a una frase popular en la red que ilustra a la perfección este fenómeno: “En internet se ha puesto de moda este concepto de nadie es feo, solamente pobre”. Y relaciona el bum de la cirugía plástica entre las élites (y también entre quienes tienen una economía estándar, aunque ese es otro tema) con lo aspiracional, algo que no preocupa a quienes han vivido rodeados de riqueza desde hace generaciones: “Tener dinero no es aspiracional para la gente old money, es algo con lo que cuentan. No tienen necesidad de demostrar que sus cosas son caras o que hayan gastado mucho dinero, considero que en su caso es casi más deseable el llevar cosas buenas, valiosas pero no necesariamente caras, e incluso productos o marcas que poca gente conoce. Exclusividad y calidad normalmente significan un precio alto, pero no es lo mismo que llevar una camiseta de logos para demostrar que puedes gastarte el dinero en X marca. Para los nuevos ricos, en cambio, cualquier pista o síntoma de que tienen dinero que gastar es deseable, incluido en la capacidad de moldear su aspecto”. En este punto, Ortiz hace una distinción y recuerda cómo “en Europa esto de la belleza fabricada como única solución nos aplica menos que en Estados Unidos. Aunque creo que esto se está perdiendo también”. El doctor Martín del Yerro, jefe de unidad de cirugía plástica en la clínica DEMYA, afirma que “efectivamente hay pacientes que huyen de la naturalidad y buscan aspectos que estéticamente parecen más atractivos, más llamativos y que no corresponden a los patrones de naturalidad”, pero subraya que hay “una gran mayoría de personas que no buscan esa modificación ”.
Frente a quienes buscan reforzar su poder, no solo multiplicando su fortuna, sino demostrando su capacidad adquisitiva a través de las intervenciones de decenas de miles de euros reflejadas en su cara, encontramos a otro grupo que busca mantener un perfil bajo, rehúye la ostentación pública y rechaza el exceso (también público, porque nadie sabe qué hacen en su privacidad) en todas sus formas. “Siempre he pensado que los ricos que conocemos son los menos ricos, como el dueño de Aldi o el de Lidl, que son de los hombres más ricos de Europa y no hay fotos recientes suyas. En España, creo que gente como Eugenia Martínez de Irujo [aunque sí esté operada hasta cierto punto, pero luce arrugas] sí que aboga por un estilo de vida más old money. Una muestra es que no se ha arreglado el diastema, algo que en la mentalidad Mar-a-lago sería impensable”, reflexiona Marina Ortiz.
¿Quién puede permitirse las arrugas?
Hace unos días, el diario The Telegraph desgranaba los tres rasgos característicos de ese rostro old money y lo ilustraba con una imagen de la la abogada y diplomática Caroline Scholssberg, hija de John F. Kennedy y Jackie, quizá uno de los ejemplos más representativos de personaje acaudalado que protege al máximo su intimidad y evita la ostentación. Según dicha publicación, tener un rostro con el que reconocerse, someterse a tratamientos de mantenimiento más que de “corrección” y que la cara muestre evidencia del tiempo vivido son los tres puntos que definen el rostro old money. No quiere decir que los ultrarricos de cuna no se preocupan por su aspecto, al contrario: se ponen en manos de los mejores centros médico-estéticos para cuidarse, pero sin dejar evidencias demasiado obvias. Y ahí entra esa cacareada “naturalidad” que nunca es tal, porque cualquier cuerpo actual ha sido más o menos intervenido: desde una ortodoncia a un indetectable pero carísimo tratamiento con ultrasonidos para estimular el colágeno.
Series como Sucession, donde se abordan las idas y venidas de una rica familia dueña de un entramado mediático, han situado en el punto de mira a este privilegiado grupo social de los ultrarricos de cuna, amantes del cashmere de Brunello Cucinelli y camisas Loro Piana. Los Getty, los Rothschild, la aristocracia y realeza europea… todos ellos han nacido en la abundancia desde hace décadas e incluso siglos y muchos de sus miembros más destacados encajan en ese rostro old money con arrugas, manchas o cualquier otro aspecto propio de una piel vivida. Pero al igual que en moda el lujo silencioso era una farsa, en esta belleza contemporánea en la que el rostro es un elemento más a optimizar, esas caras que “envejecen de manera natural”, también lo son.
Eso sí, no hay que reducirlo todo a un arquetipo. Por ejemplo, en la prominente familia Getty (vinculada en sus orígenes a la industria petrolera), encontramos a Aileen Getty, quien tras una juventud algo turbulenta, representa hoy en día ese rostro old money. Por otro lado, tenemos a Sabine Getty, (casada con Joseph Getty, sobrino de Aileen), asidua a compartir buena parte de su vida en redes sociales y quien sí ha modificado su aspecto con intervenciones médicas evidentes. Ortiz añade otro ejemplo al citar a “personajes como las hermanas Spencer, que aún siendo británicas, aristócratas y ricas, tienen las caras más Mar-a-lago de la historia”. (E).