La risa también sabe a despedida.
Bogotá, febrero de 2026.
“Una mujer de su época” se abre con una escena mínima y, por eso mismo, peligrosa: una ventana, una plaza, un perro que se asolea y una mirada que barre la vida ajena como quien intenta recordar cómo se pertenecía al mundo. La narradora no entra explicando su biografía ni pidiendo empatía. Entra midiendo lo que queda, midiendo lo que falta, midiendo el tamaño de una espera que ya no promete nada extraordinario. Ese comienzo instala una tensión silenciosa que no se rompe con acción, sino con conciencia.
Fernanda Trías trabaja aquí con un recurso que parece simple y es quirúrgico: el afuera como espejo moral del adentro. El perro, “conforme”, se vuelve un contrapunto cruel para una mujer que mira y se pregunta si vivió, si sus viajes y experiencias fueron vida o una forma elegante de pasar el tiempo. La plaza no es paisaje, es tribunal. Cada figura que compra maní o toma café existe como recordatorio de continuidad, mientras la narradora se queda con una noción de presente que ya no se expande, apenas respira.
El relato se sostiene en una prosa que alterna afirmaciones secas con desvíos entre paréntesis, como si el pensamiento no pudiera avanzar sin tropezar con su propio archivo. Allí aparece el rasgo más distintivo del texto: la memoria no se narra como álbum ordenado, sino como inventario nervioso. Los amores desfilan en lista, no como novela romántica, sino como registro de consumo emocional, con adjetivos que duelen por lo exactos: arrasador, estimulante, sensual, sucio, violento, lírico, resentido, incongruente. La narradora se acusa sin melodrama y se absuelve sin solemnidad, como si el lenguaje fuera lo único que aún le obedece.
La enfermedad, sin convertirse en espectáculo, se filtra por los bordes: la enfermera, la aguja, el cable, la rutina clínica que convierte el cuerpo en procedimiento. Y, sin embargo, el cuento se niega a quedar atrapado en la liturgia del sufrimiento. Trías introduce una ironía íntima, casi insolente, cuando la sabiduría popular falla y la “vida de perro” ya no tiene sentido, o cuando el amor se reconoce como plural, como una forma de supervivencia mal entendida. El texto sugiere que, en ciertas etapas, la libertad puede ser solo recambio, y el recambio, una manera de no escuchar el silencio.
En medio de esa crudeza aparece el mar, y con él una de las imágenes más reveladoras: una mujer que coloca la toalla demasiado cerca de la orilla y obliga a vivir calculando la ola. No hay metáfora más precisa para una relación marcada por la amenaza cotidiana, por el borde permanente del peligro, por el cansancio de anticipar el golpe. La ola crece como el dolor, y el dolor crece como la vida cuando deja de prometer futuro. Lo inquietante es que la narradora no condena a su amante por ese miedo, condena el desgaste de convivir con él.
El cuento se vuelve más incisivo cuando introduce a la compañera de cuarto, porque ahí la intimidad deja de ser monólogo y se convierte en pacto. Dos mujeres, en camas separadas, comparten cigarrillos clandestinos como si fueran una última ceremonia de soberanía. La conversación se desliza hacia lo práctico, “¿cuánto te queda?”, y ese “cuánto” es dinero, páginas, tiempo de vida, todo a la vez. En ese cruce, el relato expone una verdad incómoda: cuando el cuerpo entra en un sistema de cuidado, la existencia también se vuelve contabilidad.
Este tipo de escritura dialoga con un clima cultural más amplio, donde el envejecimiento y la enfermedad ya no son solo asuntos privados. Según la OMS, la presión sobre los sistemas de salud y cuidados aumenta a medida que crece la proporción de personas mayores, y con esa presión aparece otra, menos visible, la del aislamiento y la pérdida de agencia. Trías no “explica” ese fenómeno, lo encarna: una mujer que mira por la ventana como quien mira una vida que continúa sin ella. La literatura, en estos casos, no compite con la ciencia, la completa donde la ciencia no llega.
También hay una apuesta estética que conecta con debates contemporáneos sobre lo que merece ser contado. En vez de construir una heroína ejemplar, el relato elige una conciencia imperfecta, incluso irritante a ratos, capaz de admitir deseo, rabia, cansancio y una risa que surge tarde. Esa risa final, cuando suena la alarma de incendios por el humo, no es un chiste; es un acto de resistencia. Reírse “como locas” en un pasillo de hospital es recuperar, por segundos, una forma de infancia moral, la libertad de no ser adecuada, la libertad de no ser productiva, la libertad de no cerrar el sentido.
Que este cuento circule como parte de un libro reciente y bajo una firma que ha recibido reconocimiento internacional coloca a Trías en una zona particular del mapa literario: una escritura latinoamericana que no depende del folclor, sino de una precisión psicológica exportable. En un mundo donde el mercado empuja historias de superación con moraleja, “Una mujer de su época” se permite otra cosa: dejar la tensión sin resolver, dejar la vida sin teleología, dejar la pregunta en el aire. El perro se estira en la plaza, toma el espacio que le corresponde, y esa escena termina siendo una lección muda sobre dignidad elemental.
La narrativa también es poder. / Narrative is power too.