Between mockery and sanctions, Washington escalates its narrative of pressure while Caracas exhibes defiance.
Washington, septiembre de 2025
Un video publicado por Donald Trump en su red Truth Social encendió un nuevo frente en la ya desgastada relación entre Estados Unidos y Venezuela. En las imágenes se observan mujeres venezolanas participando en entrenamientos militares básicos bajo la supervisión de instructores del ejército bolivariano. Con tono sarcástico, el presidente estadounidense escribió: “ULTRA SECRETO: capturamos a la milicia venezolana en entrenamiento. ¡Una amenaza muy seria!”. Aunque presentado como burla, el mensaje se inscribe en un contexto donde la administración norteamericana redobla su ofensiva política y simbólica contra Nicolás Maduro.
La Casa Blanca reaccionó inmediatamente para remarcar que considera al gobierno venezolano como ilegítimo, acusándolo de violar sistemáticamente derechos humanos, manipular procesos electorales y mantener vínculos con redes de narcotráfico. Este discurso, repetido en ruedas de prensa y foros multilaterales, busca reforzar la narrativa de que Maduro no es un interlocutor válido, preparando el terreno para nuevas sanciones y aislamiento diplomático. Analistas de The Washington Post interpretan la estrategia como parte de un patrón: usar incidentes mediáticos para alimentar la idea de amenaza y justificar políticas más duras en el Caribe.
Desde Caracas, la respuesta no se hizo esperar. Voceros oficiales denunciaron que los entrenamientos difundidos por Trump forman parte de la doctrina de defensa integral, donde milicias ciudadanas complementan a las fuerzas armadas regulares frente a cualquier intento de intervención extranjera. Según el discurso chavista, la movilización de civiles representa un acto de soberanía, no una amenaza, y la sátira de Trump busca deslegitimar esa estrategia. En cadena nacional, Maduro acusó a Washington de manipular imágenes y de querer fabricar pretextos para aumentar la presión militar en la región.
En paralelo, medios europeos como BBC destacan que la publicación del video cumple una doble función: sirve para agitar a la opinión pública estadounidense de cara a las elecciones intermedias y, al mismo tiempo, eleva el tono en la confrontación bilateral. Según diplomáticos citados por Le Monde, el estilo de Trump persigue colocar a Venezuela como un símbolo externo de desorden y criminalidad, útil para consolidar apoyo interno en debates sobre seguridad fronteriza y narcotráfico.
La narrativa norteamericana se respalda con medidas tangibles. El Departamento del Tesoro ha ampliado sanciones económicas dirigidas a figuras del círculo de Maduro, congelando activos y limitando movimientos financieros. A la par, el Pentágono intensificó patrullajes en el mar Caribe bajo el argumento de combatir redes de tráfico ilícito, lo que Caracas interpreta como operaciones encubiertas de presión militar. El Centro de Estudios Estratégicos Internacionales (CSIS) advierte que la superposición entre discurso electoral y despliegue operativo puede escalar a incidentes no previstos en aguas regionales.
Mientras tanto, en América Latina, las reacciones son dispares. Gobiernos como los de Colombia y Brasil, aunque críticos de Maduro, llaman a evitar la confrontación abierta y apuestan por salidas negociadas. En contraste, Nicaragua y Bolivia han cerrado filas con Caracas, denunciando lo que llaman un “nuevo ciclo de intervencionismo estadounidense”. La Organización de Estados Americanos, por su parte, mantiene un discurso ambiguo, atrapada entre las presiones de Washington y las demandas de varios países miembros que buscan mantener canales diplomáticos abiertos con Venezuela.
El impacto internacional se extiende también hacia Medio Oriente, donde medios como Al Jazeera señalan que la narrativa de Trump encaja con una tendencia global de utilizar las redes sociales como armas diplomáticas. La ridiculización de milicias no es solo un gesto humorístico, sino un mensaje destinado a mostrar que Estados Unidos puede exponer y desacreditar a gobiernos considerados adversarios en escenarios mediáticos globales.
Los críticos advierten que este tipo de escaladas simbólicas suele tener costos de largo plazo. Especialistas del Instituto Internacional de Estudios Estratégicos, con sede en Londres, recuerdan que la política de sanciones prolongadas ha debilitado la economía venezolana, pero no ha logrado cambios políticos de fondo. En cambio, ha intensificado la dependencia de Caracas hacia potencias como Rusia, China e Irán, generando una red de alianzas que limita la capacidad de presión de Washington.
En la práctica, el cruce entre burla y sanción coloca a la relación bilateral en un punto de inflexión. Para Estados Unidos, insistir en la ilegitimidad de Maduro reafirma una postura histórica, pero también abre riesgos de aislamiento en la región si otros gobiernos perciben excesos. Para Venezuela, exhibir a sus milicias como símbolo de resistencia refuerza la narrativa interna de dignidad y soberanía, aunque difícilmente mejore su reputación en escenarios internacionales.
El episodio confirma que la confrontación entre Washington y Caracas se mueve ya en un terreno donde la ironía presidencial, las sanciones financieras y la retórica militar conviven como piezas de una misma estrategia. Lo que podría parecer un simple gesto de campaña revela, en el fondo, el endurecimiento de una disputa geopolítica que sigue sin encontrar salidas diplomáticas sostenibles.
Phoenix24: resistencia narrativa global. / Phoenix24: global narrative resilience.