Los asaltos marítimos han reducido en un 90 % la actividad en Eilat, principal enclave israelí en esa región, provocando pérdidas millonarias y tensando las cadenas logísticas internacionales.
Nueva York, julio de 2025. El rugido sordo de un dron sobre el Golfo de Aqaba ya no es una anomalía. Es el eco persistente de una guerra que, aunque geográficamente contenida, ha desbordado las fronteras militares para golpear las arterias comerciales del planeta. Desde octubre de 2023, más de 140 ataques atribuidos a las milicias hutíes han transformado el Mar Rojo en una zona de alto riesgo para el transporte marítimo. Uno de los mayores damnificados es el puerto de Eilat, el único acceso directo de Israel a esta vía estratégica y ahora epicentro de un colapso que amenaza con ser irreversible.

Automóviles nuevos importados en un estacionamiento junto al puerto de Eilat, Israel, 12 de junio de 2018.REUTERS/Amir Cohen
Los números son elocuentes: la actividad del puerto ha caído un 90 %, con pérdidas mensuales estimadas en más de un millón de dólares. Lo que alguna vez fue una terminal activa para la importación de vehículos, ganado y petróleo, así como para la exportación de fertilizantes y productos industriales, se ha convertido en una estructura paralizada, sostenida únicamente por una plantilla mínima de personal que resiste más por compromiso institucional que por actividad real. Gideon Golber, su director, ha advertido que sin un plan de rescate económico inmediato, Eilat podría cesar operaciones de forma definitiva. La solicitud es clara: incentivos estatales de emergencia y subsidios por embarcación que permitan recuperar el flujo marítimo.
Pero la raíz del problema no es solo económica, sino geopolítica. Los hutíes, respaldados por Irán, han intensificado sus ataques en el Mar Rojo como parte de su campaña de apoyo a Gaza, transformando la zona en una trinchera flotante. La estrategia se ha sofisticado: desde drones explosivos y misiles balísticos hasta actos de sabotaje contra cargueros vinculados, directa o indirectamente, con intereses israelíes o estadounidenses. El hundimiento reciente del buque Eternity C, con bandera griega y supuestos vínculos comerciales con empresas israelíes, marcó un punto de inflexión. Cuatro marineros murieron, varios desaparecieron, y la comunidad internacional no tardó en tomar nota.

El portavoz de los hutíes
Israel respondió con ataques aéreos sobre posiciones hutíes en Yemen, centrados en el puerto de Hodeidah, considerado por los servicios de inteligencia como punto neurálgico para el lanzamiento de ofensivas marítimas. Sin embargo, estos bombardeos no han logrado contener la escalada. Las aseguradoras internacionales han duplicado las primas para buques que cruzan por el estrecho de Bab el-Mandeb, y muchas navieras han desviado sus rutas por el Cabo de Buena Esperanza, agregando semanas de viaje y millones en costos adicionales. La logística global, ya afectada por conflictos anteriores, enfrenta ahora una nueva distorsión estructural.
En medio de esta tensión creciente, la coalición naval liderada por Estados Unidos y el Reino Unido mantiene activa la operación Prosperity Guardian, diseñada para garantizar la seguridad del tránsito en el Mar Rojo. Aunque su presencia ha evitado ataques de mayor envergadura, no ha sido suficiente para devolver la confianza a las empresas navieras ni reactivar los puertos directamente afectados. Eilat, en particular, sigue siendo percibido como un blanco directo, y la falta de incentivos concretos agrava el deterioro.

Un barco militar israelí navega frente a la costa de la ciudad de Eilat. REUTERS/Ammar Awad
La situación ha alcanzado el Consejo de Seguridad de la ONU, donde una resolución para extender el monitoreo de los ataques recibió apoyo de Estados Unidos, Francia y Grecia. Sin embargo, las delegaciones de Rusia y China se opusieron a la exclusión del conflicto palestino-israelí del texto, sugiriendo que cualquier respuesta que ignore ese contexto solo exacerbará el problema. Mientras tanto, las tensiones crecen, el comercio se retrasa, y Eilat se hunde en una parálisis que resuena más allá de sus muelles vacíos.
En este escenario incierto, las perspectivas son múltiples pero todas complejas. Si no se reactivan incentivos económicos ni se refuerzan las garantías de seguridad, el cierre parcial o definitivo del puerto se vuelve inevitable. Esto consolidaría una reorientación logística hacia puertos del Mediterráneo, lo que encarecería las operaciones comerciales y debilitaría el papel estratégico de Israel en la región. Por otro lado, una escalada militar sostenida por parte de Tel Aviv podría extender el conflicto más allá del Mar Rojo, involucrando a otros actores regionales y provocando nuevas interrupciones marítimas.
La única alternativa sostenible parece depender de una acción diplomática global que no se limite a proteger embarcaciones, sino que aborde las causas estructurales del conflicto. Eso incluye, para muchos observadores, reconocer que la guerra en Gaza continúa siendo el epicentro narrativo y simbólico de los ataques hutíes, y que sin un enfoque integral, los puertos seguirán siendo trincheras disfrazadas de infraestructura.
La amenaza al puerto de Eilat es, en el fondo, una metáfora brutal de nuestra interdependencia: basta una chispa en Yemen para paralizar cargamentos en Haifa, retrasar automóviles en Rotterdam o encarecer fertilizantes en América Latina. La globalización no viaja en abstracto: lo hace en contenedores vulnerables, sobre rutas que, en tiempos de guerra, pueden volverse invisibles… o desaparecer.
Esta pieza fue desarrollada por el equipo editorial de Phoenix24 con base en fuentes internacionales verificadas, datos públicos y análisis geopolítico profesional.
This piece was developed by the Phoenix24 editorial team using verified international sources, public data, and professional geopolitical analysis.