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Siria tras Assad: un nuevo polvorín étnico sacude el sur del país

by Phoenix 24

La caída del régimen reaviva antiguas tensiones entre minorías históricas y redefine los equilibrios de poder en Medio Oriente.

Sweida, Siria – julio de 2025.
La desaparición de Bashar al-Assad del tablero político sirio, tras más de dos décadas de control autoritario, no significó el retorno de la paz. Por el contrario, el vacío de poder ha desatado una reconfiguración violenta del orden interno, en la que los antiguos pactos de coexistencia han sido arrasados por nuevas disputas territoriales, ideológicas y étnicas. En el sur del país, la histórica rivalidad entre drusos y beduinos ha estallado con una virulencia que toma por sorpresa incluso a los observadores más experimentados.

El detonante inmediato del conflicto fue la emboscada sufrida por un comerciante druso en una carretera controlada por milicianos beduinos, quienes han venido imponiendo tributos a civiles bajo el pretexto de seguridad comunitaria. La respuesta drusa fue fulminante: bloqueos, ataques y secuestros en represalia, desatando una cadena de enfrentamientos que dejó al menos 90 muertos en menos de una semana, según cifras obtenidas por el Observatorio Sirio de Derechos Humanos y verificadas por analistas independientes del Middle East Institute.

El conflicto, sin embargo, hunde sus raíces en una fractura más profunda: la incapacidad del nuevo gobierno provisional sirio, encabezado por Ahmed al-Sharaa —excomandante de Hayat Tahrir al-Sham— de integrar plenamente a las minorías no suníes en las nuevas estructuras de poder. Aunque se anunció la inclusión simbólica de un ministro druso en el gabinete, los hechos sobre el terreno muestran una política de favoritismo hacia clanes beduinos afines a las milicias que respaldaron la caída del régimen anterior.

Expertos consultados por Phoenix24 advierten que este favoritismo, lejos de fortalecer al nuevo Ejecutivo, ha desatado una lógica de milicias que socava cualquier posibilidad de orden institucional. En Sweida, bastión druso durante décadas, ha emergido con fuerza el grupo Jaysh al-Muwahhideen —una milicia armada con formación paramilitar y apoyo social creciente— que se ha declarado en defensa de “la dignidad de los pueblos traicionados por Damasco”.

El conflicto ha cruzado fronteras simbólicas. Israel, históricamente vinculado a la comunidad drusa a través de lazos religiosos y políticos, ordenó recientemente ataques preventivos contra columnas de blindados del gobierno sirio que se dirigían a la región. Aunque el gobierno de Tel Aviv no ha asumido oficialmente la autoría, fuentes del Stratfor Intelligence Network indican que la intervención fue considerada un acto de “disuasión estratégica” y “protección a minorías aliadas”.

Desde Europa, la reacción ha sido tibia. La Alta Representante de la UE para Política Exterior, en declaraciones desde Bruselas, se limitó a “llamar a la contención”. Pero en círculos diplomáticos franceses y alemanes hay creciente preocupación por el posible contagio del conflicto a otras zonas del país donde la diversidad étnica sigue latente. En el Consejo de Seguridad de la ONU, China se abstuvo en la última resolución de condena, mientras Rusia mantiene un silencio táctico, interpretado por analistas del Carnegie Middle East Center como un intento de reposicionarse tras la pérdida de su principal aliado sirio.

La situación también amenaza con alterar los equilibrios regionales. Arabia Saudita ha ofrecido apoyo logístico a los clanes beduinos, interpretando el conflicto como una oportunidad para contener la expansión de Irán en la zona, especialmente tras reportes no confirmados de asesoría militar chiita en aldeas drusas. Al mismo tiempo, Jordania ha desplegado tropas en su frontera norte, temerosa de un posible éxodo masivo o del reavivamiento de células del antiguo Estado Islámico en los vacíos de autoridad creados por la lucha intercomunitaria.

Más allá de lo militar, el impacto psicológico entre la población es profundo. Los civiles atrapados entre milicias rivales, desabastecimiento y miedo, empiezan a ver con nostalgia el antiguo orden autoritario. “Al menos antes sabíamos quién tenía el control”, declaró a Phoenix24 un maestro retirado de Daraa, ciudad vecina a Sweida, hoy reducida a barricadas y checkpoints tribales. Esta sensación de orfandad política, sumada al colapso de los servicios básicos y la inexistencia de un sistema judicial funcional, está llevando a algunas zonas del sur a autodeclararse autónomas, abriendo un nuevo frente de fragmentación institucional.

A nivel internacional, el conflicto sirio post-Assad ofrece una radiografía de la nueva guerra fría multipolar. Mientras Estados Unidos observa con cautela, priorizando la contención de amenazas extremistas, Rusia y China recalculan su influencia en un territorio que parecía resuelto en sus esferas. Turquía, por su parte, ha reforzado sus posiciones en el norte del país, temerosa de que un colapso del sur impulse nuevas demandas kurdas de autonomía en el noreste.

Si el conflicto no se contiene, Siria podría mutar en un archipiélago de enclaves étnicos armados, cada uno respaldado por un actor externo. Un escenario de disolución tipo Líbano de los años ochenta, con múltiples gobiernos locales, diplomacia paralela, redes de financiamiento oscuras y fronteras internas móviles. Para los drusos, la disyuntiva se agudiza: resistir como grupo aislado con respaldo de la diáspora o negociar un estatuto de autonomía que los coloque en el centro de una nueva geografía de poder.

Este contenido fue generado por Phoenix24 a partir de investigación propia, monitoreo internacional y validación cruzada de hechos relevantes, manteniendo una postura editorial crítica y documentada.
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