Zelenski acusa al Kremlin de usar el terror aéreo como arma estratégica en Ucrania

Mientras la guerra entra en una fase más psicológica que territorial, el presidente ucraniano advierte que Moscú no solo busca destruir ciudades, sino también quebrar la voluntad de un país entero ante los ojos del mundo.

Kiev, julio de 2025 – A las puertas del segundo semestre del año, el conflicto en Ucrania ha adquirido una nueva tonalidad: una violencia sostenida que, más que perseguir objetivos militares convencionales, parece diseñada para provocar angustia civil, desgaste político y desmoralización social. El presidente Volodímir Zelenski lo dijo sin rodeos en su comparecencia más reciente: “Rusia ha desplegado una campaña deliberada de terror e intimidación contra nuestra población. No se trata solo de drones o misiles, se trata de quebrar la resistencia espiritual de Ucrania.”

La cifra impresiona por sí sola: en apenas una semana, Moscú ha lanzado más de 1 800 drones kamikaze, 1 200 bombas guiadas y más de 80 misiles de distinto alcance sobre territorio ucraniano. La jornada más intensa se registró el pasado viernes, cuando el cielo fue surcado por 741 aparatos hostiles en menos de 24 horas, la mayoría de ellos derribados por las defensas antiaéreas de Ucrania. Este tipo de ofensiva, según el Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales (CSIS), responde a una lógica de guerra híbrida que entrelaza coerción militar, manipulación informativa y operaciones psicológicas en un mismo eje de acción. No se busca la conquista inmediata del terreno, sino la fractura sostenida del frente interno.

En el Donetsk ocupado, Rusia afirma haber consolidado posiciones en localidades como Mykolaivka y Mirne, lo que refuerza su control sobre dos tercios del territorio regional. Sin embargo, analistas del Instituto Internacional de Estudios para la Paz de Estocolmo (SIPRI) subrayan que estos avances no compensan el enorme costo logístico y diplomático que enfrenta Moscú. El uso intensivo de drones de origen iraní Shahed, combinados con inteligencia satelital compartida con Bielorrusia, refleja una coordinación transnacional que refuerza la noción de una guerra proxy —menos ideológica que táctica— entre bloques de poder.

Desde Washington, el Comando Europeo de Estados Unidos (EUCOM) confirmó el envío inminente de sistemas Patriot adicionales, junto con nuevas tecnologías de rastreo aéreo, como parte de un paquete coordinado con la OTAN. En paralelo, informes internos de la Agencia Federal de Inteligencia Alemana (BND) indican que los servicios secretos rusos han intensificado el uso de empresas pantalla y redes de mensajería cifrada para adquirir componentes tecnológicos europeos, principalmente a través de intermediarios balcánicos y asiáticos.

En ese tablero de alianzas fluidas, la posición de China permanece tan estratégica como ambigua. Mientras funcionarios en Beijing reiteran su apoyo al diálogo de paz, fuentes del South China Morning Post reportan que compañías tecnológicas vinculadas al Partido Comunista Chino han expandido discretamente su cooperación con sectores defensivos rusos, particularmente en herramientas de reconocimiento automatizado y software de control satelital. La postura china actúa como contrapeso indirecto a las sanciones occidentales, pero sin comprometer abiertamente su papel como potencia mediadora. Este tipo de ambivalencia permite a Beijing reforzar su influencia multipolar, sin exponerse al desgaste diplomático de un involucramiento explícito.

La dimensión económica no tarda en reflejarse: los mercados de futuros energéticos reaccionaron con nerviosismo, el DAX alemán retrocedió 1.2 % tras los informes sobre la nueva ofensiva, y el Nikkei japonés cerró a la baja por temor a un incremento en el costo de transporte marítimo euroasiático. El Peterson Institute for International Economics advierte que, de persistir esta tendencia, Ucrania enfrentará un aumento considerable en los costos de financiamiento externo, lo que podría ralentizar proyectos de reconstrucción e infraestructura vital.

Pero lo que distingue esta etapa del conflicto no es solo el uso intensivo de armamento, sino el esfuerzo deliberado por ganar la batalla narrativa. El Kremlin ha intensificado su campaña de desinformación, acusando a Occidente de prolongar la guerra y atribuyendo a Ucrania acciones hostiles inexistentes contra civiles rusos. Esta estrategia, ampliamente documentada por el Citizen Lab y Bellingcat, forma parte del arsenal de guerra cognitiva que complementa los ataques físicos con confusión, polarización y manipulación de percepciones.

En contraste, Ucrania ha multiplicado su inversión en ciberinteligencia y sistemas de alerta temprana, combinando IA, reconocimiento facial y mapeo satelital. La Agencia Espacial Europea y firmas privadas han facilitado acceso en tiempo real a imágenes críticas para anticipar trayectorias balísticas y ubicar lanzadores móviles. Estas capacidades permiten no solo salvar vidas, sino también reconstruir la confianza de una población asediada pero no derrotada.

El Kremlin parece apostar a que el tiempo —y el cansancio occidental— jugarán a su favor. Un escenario posible contempla una fragmentación del apoyo internacional, erosionado por ciclos electorales y crisis internas. Sin embargo, la resistencia ucraniana ha demostrado ser más resiliente de lo que Moscú anticipó. Si la ayuda militar continúa, y si los aliados mantienen una narrativa coherente, Ucrania podría no solo resistir, sino eventualmente negociar desde una posición de fuerza.

Lo que está en juego ya no es solo la integridad territorial de una nación, sino la credibilidad de las democracias ante las estrategias de coerción híbrida que hoy definen las nuevas guerras del siglo XXI.

Esta pieza fue desarrollada por el equipo editorial de Phoenix24 con base en fuentes confiables, datos públicos y análisis riguroso, en coherencia con el contexto global vigente.

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