Siri Hustvedt: “Vivir con Paul Auster durante 43 años nos hizo mejores escritores”

Una vida compartida, una creatividad simbiótica y una voz que se niega al silencio.

Nueva York / Mallorca, octubre de 2025
Siri Hustvedt, una de las voces literarias más respetadas del mundo anglosajón, volvió a hablar públicamente sobre su vida junto al escritor Paul Auster, fallecido el año pasado, y sobre cómo cuatro décadas de convivencia marcaron profundamente su obra y su identidad. En una rueda de prensa celebrada en Calvià, Mallorca, la autora afirmó sin titubeos que “vivir con Paul durante 43 años nos hizo mejores escritores, sin ninguna duda”. Su testimonio no fue un simple recuerdo conyugal: fue una reflexión sobre la simbiosis intelectual y emocional que alimentó la trayectoria literaria de ambos.

Hustvedt explicó que desde el inicio de su relación, en 1981, cuando se conocieron en la Universidad de Nueva York, ella fue la primera lectora de Auster, y él, el primero en leer sus textos. Leían en voz alta los borradores, discutían ideas y se señalaban matices que el otro no había visto. En ese diálogo íntimo, dijo, surgía un nivel de profundidad creativa que difícilmente podrían haber alcanzado por separado. “Los escritores no sabemos realmente lo que hacemos; escribimos y las cosas suceden. Escuchar nuestras palabras en la voz del otro revelaba aspectos escondidos del texto”, explicó.

La autora destacó también que su relación se caracterizó por un respeto mutuo que trascendía los logros individuales. A diferencia de lo que ocurre en muchas parejas creativas, no hubo envidia ni competencia entre ellos. Incluso cuando Hustvedt enfrentó el sexismo estructural del mundo editorial, dentro de su casa nunca sintió ese peso. “El apoyo fue siempre incondicional. Paul celebraba mis éxitos como propios, y yo los suyos”, añadió. Ese pacto de confianza se convirtió en un motor silencioso que fortaleció la disciplina de ambos y que, según ella, fue clave en su evolución como escritores.

La escritora, nacida en Minnesota de padres noruegos, se encontraba en Mallorca motivada por la presentación musical de su hija Sophie. Aprovechó la ocasión para presentar su libro más reciente, Historias de fantasmas, un trabajo íntimo que entrelaza diarios personales, cartas de amor y fragmentos del último manuscrito de Auster, Cartas a Miles, dedicado a su nieto. En sus páginas, Hustvedt recorre la historia de su relación desde sus primeros encuentros hasta la madurez de una vida compartida construida a través de la literatura, el pensamiento y la compañía.

Más allá del plano personal, Hustvedt utilizó la tribuna para expresar opiniones políticas contundentes. Criticó abiertamente al movimiento MAGA en Estados Unidos, describiéndolo como un fenómeno sustentado en la misoginia, el racismo y la xenofobia. En su opinión, esos elementos, lejos de ser marginales, se han extendido más allá de las fronteras estadounidenses. “Donald Trump representa una política reaccionaria y neofascista. Tengo mucho miedo de lo que representa su regreso”, afirmó con preocupación. Para Hustvedt, la literatura no puede permanecer al margen de estos debates: debe ser parte activa de la resistencia cultural frente a los discursos autoritarios.

También se refirió al conflicto en Gaza, tema que toca fibras personales por la identidad judía de Auster y por sus propias convicciones humanitarias. Señaló que resulta doloroso observar cómo su país suministra armamento al Estado israelí sin limitaciones aparentes y calificó la situación como “una tragedia que se acerca peligrosamente al genocidio”. Aplaudió, sin embargo, a las organizaciones judías que dentro de Estados Unidos han alzado la voz para cuestionar esa política, demostrando que la crítica al poder puede surgir desde dentro de las propias comunidades.

Durante su intervención, Hustvedt evitó el tono solemne o victimista. Su discurso fue lúcido, firme y profundamente humano. Recordó que su vida con Auster estuvo llena de conversaciones, lecturas compartidas y debates intensos, y que esas dinámicas, más que borrar las diferencias, las enriquecieron. Reconoció que hubo desacuerdos, pero esos desacuerdos se transformaron en combustible creativo. “La muerte no interrumpe el diálogo. Solo lo cambia. Ahora escribo también con el eco de su voz en mi mente”, confesó con emoción contenida.

Esa noción de diálogo trascendente fue el hilo conductor de toda su intervención. Hustvedt sostuvo que compartir una vida no significa fundirse con el otro, sino expandirse a través de él. En su caso, esa expansión se tradujo en una ampliación de la mirada, de la empatía y del rigor intelectual. Y en esa fusión de afecto y pensamiento, el arte se convirtió no solo en un medio de expresión, sino también en una forma de resistencia ante un mundo cada vez más intolerante.

Para la autora, la misión del escritor no se limita a construir mundos ficticios, sino que implica una responsabilidad con el mundo real. La literatura, señaló, debe contribuir a cuestionar estructuras injustas, denunciar abusos y preservar la memoria colectiva frente al olvido. Vivir con Auster fue, en ese sentido, mucho más que compartir una historia de amor. Fue construir una comunidad de ideas, una complicidad que sobrevivió al paso del tiempo y que, tras su partida, se mantiene viva en cada página escrita.

El legado que Hustvedt proyecta hoy va más allá de su obra. Representa una manera de entender la escritura como un acto profundamente humano y político, donde lo íntimo y lo social se entrelazan de forma indisoluble. Su testimonio en Mallorca no fue solo una evocación nostálgica: fue una declaración de principios, un recordatorio de que la literatura puede ser un espacio de resistencia, memoria y transformación.

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