Por la calle de la amargura: el país que resiste incluso cuando parece vencido

Relatives react near a crime scene where unknown assailants killed two women and two men inside a restaurant, according to local media, in Ciudad Juarez, Mexico June 16, 2022. REUTERS/Jose Luis Gonzalez

Cuando el Estado se ausenta, México no se rinde: se vuelve conciencia colectiva.

Ciudad de México

Hay días en que México parece caminar con un cansancio antiguo, como si el país cargara memorias que no son solo de esta generación sino de todas las que nunca tuvieron opción. No hace falta encender la televisión para sentirlo: está en la mirada de quien hace fila desde las cinco de la mañana para conseguir un medicamento que no llega, en el productor agrícola que mira su cosecha como si fuera un boleto de lotería sin premio, en la maestra que enseña en aulas sin recursos y en el joven que entiende demasiado pronto que la violencia puede alcanzarlo sin pedirle permiso. Ese pulso colectivo, mezcla de cansancio, orgullo, rabia y esperanza, es el verdadero termómetro de un país que lucha contra su propio abandono institucional.

La realidad se hizo más cruda cuando el desabasto de medicinas dejó de ser cifra y se convirtió en rutina. Familias completas se volvieron expertas improvisadas en logística hospitalaria, recaudación comunitaria y búsquedas desesperadas de tratamientos. La promesa de un sistema de salud universal y gratuito se esfumó entre desmentidos oficiales, estantes vacíos y explicaciones que nunca llegan a las salas de espera. Al mismo tiempo, el campo mexicano descubre que sembrar no basta: hay que protestar, bloquear, exigir y arriesgar para que el Estado voltee a ver lo evidente. El agricultor mexicano ya no compite solo contra las variaciones del mercado; compite contra la indiferencia sistemática del poder.

Pero la herida más profunda no está solo en las instituciones; está en la violencia que atraviesa la vida pública. Y Sinaloa es prueba viva de ello. Desde hace más de un año y cuatro meses, el estado se ha convertido en epicentro de una guerra interna entre Los Chapitos y Los Mayos, dos facciones del mismo cártel que hoy operan como ejércitos con sus propias reglas, rutas y fronteras. Esta disputa, silenciosa para el discurso oficial pero ensordecedora para la población, ha dejado muertos, comunidades enteras desplazadas, escuelas cerradas y un miedo que se respira antes de salir de casa. No es una guerra entre criminales ajenos a la vida cotidiana: es una guerra que define quién manda en territorios donde el Estado dejó de estar.

A este escenario se le suma la violencia política que cobró la vida de Carlos Manzo, un líder comunitario que representaba la posibilidad de disputar el espacio público sin deberle nada al crimen. Su asesinato encendió una llamarada inesperada: la reacción espontánea de la Generación Z, que tomó las calles para recordar que la apatía juvenil es un mito inventado por quienes temen su fuerza. Las pancartas, los gritos, los silencios y la indignación no fueron un acto estrictamente partidista; fueron un acto de dignidad. Los jóvenes no marchaban solo por Manzo: marchaban por todos los que ya no pueden hacerlo.

Mientras tanto, en el plano económico y legislativo, el país recibe otro golpe. El Paquete Económico 2026 incluye recortes severos en educación, ciencia y universidades públicas. Y eso, en México, es más grave que un simple ajuste presupuestal: es herir un pilar trascendental de la vida pública y del futuro de los jóvenes, la educación pública, el único mecanismo que garantiza movilidad social y pensamiento crítico en millones de hogares. En paralelo, distintos congresos y cuerpos legislativos aprobaron incrementos salariales para diputados y funcionarios, como si el país estuviera en bonanza, como si los contribuyentes no estuvieran asfixiados por un régimen fiscal más duro y una economía cada vez más incierta. Es difícil pedir confianza cuando el propio aparato político parece vivir desconectado de la realidad del ciudadano.

La incertidumbre jurídica, la presión fiscal y la violencia territorial han provocado un goteo constante de capitales que abandonan el país sin escándalo mediático, pero con consecuencias profundas. La inversión no huye del riesgo; huye de la arbitrariedad. Y cuando los mercados perciben que las reglas pueden cambiar según el humor del poder, levantan las maletas antes de levantar la voz. El resultado es una economía que no se desploma de un día para otro, pero que se va vaciando lentamente, como arena que se escurre sin que nadie quiera reconocer la fuga.

Lo más doloroso es el desgaste emocional que deja esta suma de frentes abiertos. Hay una fatiga social que no grita, pero se siente. Un cansancio cívico que se esconde detrás del humor, de la rutina, de la normalización del miedo. La desconfianza se convirtió en reflejo, la incredulidad en defensa y la rabia en una energía que, si no se encauza, termina consumiéndolo todo. Aun así, en medio del desastre, el país conserva una fuerza casi mística: la convicción de que siempre habrá un punto de quiebre hacia adelante, aunque todavía no sepamos cuándo llegará.

Porque México tiene una característica que desconcierta a quienes lo subestiman: despierta cuando menos lo esperan. Despierta desde abajo, desde los que no salen en televisión, desde los que trabajan, estudian, siembran, enseñan y resisten. Despierta en una protesta juvenil, en un maestro que no se rinde, en un productor que no abandona su tierra, en una madre que exige justicia, en un estudiante que se niega a aceptar que su futuro ya está escrito. Y cuando ese despertar ocurre, transforma más de lo que la clase política imagina.

Por eso, incluso en esta larga calle de la amargura, incluso en la rabia, el agotamiento y el dolor, permanece una verdad que late en el corazón colectivo: como México no hay dos. Y tarde o temprano, porque así lo dicta nuestra historia, nuestra memoria y nuestra identidad, México volverá a levantarse y volará alto, tan alto como el Águila .



Mario López Ayala es periodista senior mexicano y analista geopolítico especializado en comportamiento político, seguridad informacional y dinámicas de poder narrativo. Su trabajo en Phoenix24 integra inteligencia estratégica, ciberseguridad y gobernanza algorítmica para examinar cómo los Estados, corporaciones y actores no estatales configuran la influencia en la esfera pública global. Es miembro activo de la International Federation of Journalists (IFJ/FIP), la mayor organización de periodistas del mundo, que representa a 600,000 profesionales afiliados a 187 sindicatos y asociaciones en más de 140 países, con sede en Bruselas, Bélgica. En México, es integrante de la Organización de Comunicadores Unidos de Sinaloa (OCUS), desde donde impulsa la profesionalización y el análisis crítico de la arquitectura mediática contemporánea y sus implicaciones para la seguridad y la gobernanza democrática.

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