Cuando la democracia temblaba, las palabras pesaban más que las armas.
Buenos Aires, octubre de 2025.
En un testimonio que revive una de las escenas más delicadas de la transición argentina, el exministro de Defensa Horacio Jaunarena rememoró el momento en que se encontró frente a frente con el teniente coronel Aldo Rico durante la sublevación militar de 1987 en Campo de Mayo. Aquella jornada, conocida como la Semana Santa, puso a prueba la solidez del gobierno de Raúl Alfonsín y la resistencia institucional de un país que apenas empezaba a reconstruir la civilidad.
Jaunarena relató que llegó al regimiento con una misión doble: contener la rebelión y evitar derramamiento de sangre. En la base lo esperaba un grupo de oficiales armados que exigían el fin de los juicios por violaciones a los derechos humanos cometidas durante la dictadura. En medio del silencio tenso, Rico respondió con una frase seca y repetida cinco veces: “No, no, no, no y no”. Aquella negativa, recordaría después el ministro, condensó toda la incertidumbre de una democracia todavía frágil.
Los días previos habían sido caóticos. Tanques movilizados, cuarteles atrincherados, órdenes contradictorias y una sociedad en vilo. Alfonsín había prometido que no habría represión, que la salida sería política. Por eso envió a su ministro a Campo de Mayo, consciente de que el diálogo sería la última línea de defensa. Jaunarena recuerda el ruido de los motores, el olor a gasoil y la tensión que podía cortarse en el aire. En el intercambio con Rico, cada palabra equivalía a una maniobra de alto riesgo.
Fuera de la base, miles de ciudadanos colmaron la Plaza de Mayo con un solo grito: “¡Felices Pascuas, la casa está en orden!”. Esa frase, pronunciada por Alfonsín al anunciar el final del motín, se convirtió con los años en título y símbolo del libro de memorias de Jaunarena. Pero detrás del gesto político sobrevivía una advertencia: la democracia podía ganar sin disparar, aunque el costo psicológico fuera enorme.
Analistas del Carnegie Endowment for International Peace y del Brookings Institution consideran que el episodio marcó un punto de inflexión en la relación cívico-militar de América Latina. La rebelión fue sofocada sin un solo disparo, lo que consolidó un modelo de contención institucional que otros países estudiaron después. En Madrid y Bruselas, especialistas en defensa interpretaron la experiencia argentina como un precedente de gestión política de crisis castrenses. En Sídney, el Lowy Institute la cita aún como un caso paradigmático de negociación civil en contextos de alta tensión.
Con el paso del tiempo, Jaunarena mira aquel encuentro con mezcla de alivio y de advertencia. “Evitamos una tragedia, pero las heridas siguieron abiertas”, suele decir. La aprobación posterior de las leyes de Punto Final y Obediencia Debida demostró que la conciliación fue, en realidad, una tregua. Rico se entregó tras acordar la rendición de sus hombres, y el gobierno logró preservar la cadena de mando sin sacrificar su legitimidad.
Treinta y ocho años después, el recuerdo sigue vigente. En su relato, la frase de Rico ya no suena como desafío sino como síntoma de un país dividido entre el miedo y la convicción. “No, no, no, no y no” fue la negación de un ultimátum, pero también la confirmación de que el poder civil debía mantenerse firme aun frente a la incertidumbre armada.
La historia de aquel diálogo en Campo de Mayo continúa siendo una lección sobre la fortaleza de la palabra cuando el ruido de las armas amenaza con imponerse. Y sobre cómo la democracia argentina aprendió a sostenerse, no solo en las plazas, sino dentro de los propios cuarteles.
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