En una cumbre realizada en Buenos Aires el 2 de julio de 2025, los miembros del Mercosur—Argentina, Brasil, Paraguay, Uruguay y Bolivia—y la Asociación Europea de Libre Comercio (EFTA), integrada por Noruega, Suiza, Islandia y Liechtenstein, anunciaron la conclusión de las negociaciones para un ambicioso tratado de libre comercio. Este pacto creará una zona económica de casi 300 millones de personas, con un producto interno bruto consolidado que supera los 4,3 billones de dólares.
Desde que dieron inicio a las conversaciones en 2017, las negociaciones habían enfrentado varios obstáculos, especialmente por tensiones ambientales y diferencias regulatorias que, en 2019, detuvieron el proceso. Sin embargo, el empuje diplomático de los países suramericanos aceleró la etapa final en 2024 y permitió llegar a un acuerdo pragmático, que difiere del más controvertido tratado Mercosur–Unión Europea por una recepción más favorable dentro del seno de los países de la EFTA.
El carácter integral del convenio se evidencia en su alcance: incluye bienes, servicios, inversiones, propiedad intelectual, compras públicas, defensa comercial, barreras técnicas, aspectos sanitarios y fitosanitarios, competencia, reglas de origen y una cláusula de desarrollo sostenible. Según representantes europeos, más del 97 % de las exportaciones de ambos bloques gozarán de acceso preferencial, lo que promete dinamizar el comercio bilateral.
Desde la óptica suramericana, este acuerdo es más que un pacto comercial: es una victoria diplomática que derriba la imagen de estancamiento atribuida al Mercosur. Además, sienta las bases para avanzar en paralelo hacia la firma del tratado con la Unión Europea, al ofrecer una ruta complementaria en la apertura del bloque sudamericano hacia Europa.
Para la EFTA, el acuerdo representa acceso a un mercado en expansión, con empresas ya consolidadas en América del Sur, como las suizas Nestlé y Novartis, o las noruegas con fuerte presencia exportadora. A mediano plazo, se espera que este pacto estimule inversión en ambos lados, especialmente en pymes que ahora encontrarán reglas más claras y protección jurídica en sus operaciones transregionales.

Si bien el acuerdo todavía está sujeto a la firma oficial y a la posterior ratificación en los congresos nacionales, los ministros de ambos bloques se comprometieron a avanzar con celeridad en los próximos meses para que entre en vigencia antes de que termine 2025. Los analistas interpretan este plazo como una señal política: evidencia voluntad real de fortalecer la integración económica en un contexto global de desafíos comerciales y tensiones multilaterales.
Este hito refuerza la credibilidad del Mercosur como actor en la escena internacional. Después de años de negociaciones intermitentes y críticas internas sobre falta de resultados concretos, este tratado con EFTA puede ser un punto de inflexión que estimule futuras alianzas estratégicas. También suaviza controles externos al mostrar que el bloque puede gestionar acuerdos integrales que combinen apertura económica, desarrollo sostenible y respeto a regulaciones nacionales.
La próxima etapa incluye descripciones detalladas del texto legal, la firma formal en ambas regiones, la traducción a los idiomas de los países implicados y, finalmente, el proceso parlamentario en los ocho países involucrados. Una vez ratificado, este tratado no solo será un símbolo de cooperación transatlántica, sino también una plataforma de impulso para sectores productivos, logísticos y tecnológicos en América Latina y Europa.
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