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Manuel Vilas convierte el adiós en un arte narrativo

by Phoenix 24

Cuando el amor termina, empieza la escritura.

Madrid, febrero de 2026.

Dos días antes de escuchar la frase que parte una vida en dos, Manuel Vilas y su pareja habían comprado billetes para un crucero a Islandia. El viaje, que debía ser celebración, se transforma en metáfora de despedida y en el dispositivo emocional de Islandia, una novela de autoficción que el propio autor define como de alto riesgo y que, en un plano íntimo, preferiría no haber tenido que escribir. La anécdota no es un simple gancho, describe una verdad incómoda: el amor suele romperse sin respetar logística, ni planes, ni la delicadeza del momento oportuno. En esa grieta entre lo programado y lo irreversible, Vilas instala su pregunta central sobre la mente de quien recibe la noticia y sobre la manera en que el lenguaje intenta sostener lo que ya se cayó.

La llamada llega cuando él está en Sevilla, alojado en un hotel, y la voz al otro lado del teléfono llega desde Madrid. Ana Merino, también escritora, le dice una frase que en la novela aparece en otra piel, Ada, pero conserva el filo original: ya no estoy enamorada de ti. El relato que Vilas ofrece no se construye desde el rencor, sino desde el desconcierto, y por eso su primer impulso no es acusar, sino exaltar a la mujer que fue su esposa, idealizarla, convertirla en centro incluso cuando el centro se está yendo. Ahí aparece el gesto literario más peligroso, narrar una herida mientras todavía arde y admitir que la herida puede dictar tono, ritmo y obsesión. El divorcio, dice, no le gusta nombrarlo así, prefiere llamarlo adiós, como si el vocabulario mismo tuviera que protegerlo de la violencia administrativa de la palabra.

La novela trabaja con dos dimensiones temporales, un antes y un después de esa frase, y en esa arquitectura el tiempo deja de ser un reloj para volverse una disputa existencial. Vilas lo describe como un ejercicio proustiano, rescate de memoria personal de la pareja y, al mismo tiempo, una interrogación sobre el nuevo presente, ese presente donde el amor ya no existirá como hecho vivo. La pregunta, formulada sin grandilocuencia, es devastadora: si el futuro se abre sin ese amor, el amor que existió en el pasado también desaparece o se conserva, aun cuando ya no tenga cuerpo. La respuesta no se ofrece como consuelo, porque el consuelo sería una simplificación, y la literatura de Vilas suele operar en el territorio donde el consuelo no alcanza. Por eso la memoria funciona como campo de batalla, no como álbum.

En medio de esa exploración aparece una observación que explica el título de la entrevista y también el nervio del libro: la gente normalmente intenta seguir adelante, pero los escritores le echan un montón de palabras. No es una broma, es una teoría de oficio. En una ruptura, mucha gente corre, hace ejercicio, cambia hábitos, se distrae, se reinventa por actos, mientras el escritor se reinventa por sintaxis, por insistencia, por la necesidad de nombrar lo que, en realidad, se resiste a ser nombrado. Vilas incluso subraya la dificultad de ponerle palabras al amor de pareja, como si el idioma tuviera un hueco ahí, una zona donde los términos disponibles, marido, pareja, matrimonio, no alcanzan. Cuando hay dificultad para nombrar algo, sugiere, es porque hay conflicto en la cosa misma, y ese conflicto es precisamente materia narrativa.

El gesto más polémico, y quizá más honesto, es que muchos amigos y conocidos se enteran de la ruptura por la publicación de Islandia, no por una conversación privada. Vilas lo llama acto estético, una manera de ordenar el dolor bajo una forma, de encuadrar el caos para que no se lo coma por dentro. También dice que su exmujer ha entendido que escribiera el libro, aunque no ha querido leerlo, primero porque le dolería, y luego porque podría sentir la tentación de cambiar cosas. Ahí se abre una tensión clásica, la frontera entre lo real y lo inventado, y Vilas no la niega: reconoce que el texto está llevado al terreno de la ficción, no como excusa, sino como condición de posibilidad. La autoficción, en su caso, no es máscara, es método para decir sin dictar sentencia.

El libro aparece además en un momento donde la conversación pública sobre separaciones y salud mental se ha vuelto menos moralista y más clínica, aunque todavía cargada de vergüenza. La American Psychological Association señala que el divorcio puede influir de forma significativa en el bienestar, con efectos como depresión, soledad, aislamiento o dificultades de autoestima, un recordatorio de que el quiebre no es solo sentimental, también es un evento de salud. Ese marco ayuda a leer la insistencia de Vilas en el miedo a quedarse solo y en la sensación de romperse por dentro, no como dramatización literaria, sino como descripción de un impacto real. Sin embargo, lo que diferencia a un escritor es que no se conforma con describir el síntoma, intenta entender la estructura que lo produce. Y ahí Islandia se vuelve menos un libro sobre una pareja y más un libro sobre identidad, pérdida y el modo en que el amor define un yo que luego debe sobrevivir sin ese espejo.

La vida pública de Vilas, mientras tanto, sugiere que su narrativa siempre ha buscado un puente entre intimidad y mundo, incluso cuando el tema parece estrictamente doméstico. Hace poco depositó una veintena de diarios íntimos en la Caja de las Letras del Instituto Cervantes con una cláusula de apertura hasta 2051, como si quisiera administrar su propio archivo y evitar el impulso humano de destruir lo que ya no se reconoce como propio. Ese gesto tiene una coherencia profunda con Islandia: proteger el rastro, pero controlar el tiempo de su lectura. Y en otra escala, su presencia en circuitos internacionales, desde festivales en América Latina hasta encuentros en Asia vinculados a la traducción y la circulación de su obra, refuerza una idea que él mismo ha defendido, que la literatura, cuando se traduce, obliga a entender al otro. La ruptura puede ser local en su dolor, pero la manera de contarlo, cuando es precisa, se vuelve transnacional.

Lo que queda, al final, no es una moraleja sobre el amor, sino una hipótesis sobre el lenguaje. Vilas parece decir que el amor termina dos veces: una, cuando se pronuncia el adiós, y otra, cuando el relato encuentra su forma y decide qué se salva y qué se pierde para siempre. Por eso el crucero funciona como símbolo perfecto, un tránsito que iba hacia una promesa y acaba siendo un mapa de despedida. Hay autores que escriben para olvidar, y hay autores que escriben para recordar con exactitud, aun si la exactitud duele más. Islandia se instala en esa segunda tradición, la que no busca cerrar la herida rápido, sino entender qué parte de la herida era, en realidad, la forma del vínculo.

Lo visible y lo oculto, en contexto. / The visible and the hidden, in context.

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