“Los fuegos se apagan en invierno, no en verano”: bomberos y ciencia claman por prevención forestal

Una frase que resume una urgencia: limpiar en paz, antes de que arda todo.

Segovia, agosto de 2025 — En medio de una de las temporadas de incendios forestales más devastadoras de las últimas tres décadas, el recordatorio del bombero Germán Nácher —“los fuegos se apagan en invierno y no en verano”— resuena como una verdad urgente cuya ejecución se retrasa cada año. Lo dijo desde Castilla y León, en una región donde más de 380 000 hectáreas han sido calcinadas en lo que va del verano, un escenario que solo queda por debajo del peor registro desde 1994.

La conjunción de una primavera húmeda, que incentivó una vegetación abundante, seguida de olas de calor implacables, transformó el suelo en combustible perfecto. Esa acumulación, sumada a décadas de abandono en la gestión forestal, convirtió al paisaje en una trampa latente. Bomberos, comunidades autónomas y asociaciones rurales llevan años alertando sobre la escasez de medios y la falta de prevención eficaz, pero sus advertencias han chocado con inercias presupuestarias y falta de voluntad política.

Federico Rueda, veterano especialista forestal, recordó que estos “incendios de sexta generación” no son una novedad repentina: ya se identificaron en España en 2022 y antes en Portugal y Chile. Estos megaincendios superan las capacidades de reacción tradicional y avanzan con una intensidad casi imposible de contener. Su característica principal es la generación de condiciones propias —tormentas de fuego, columnas convectivas— que desafían la extinción convencional y prolongan la emergencia por semanas.

La respuesta terrestre y aérea se ha reorientado hacia nuevas tecnologías. En Segovia, los equipos de intervención trabajan desde un Puesto de Mando Avanzado que integra datos satelitales, sensores y sistemas de predicción. La compañía alemana Ororatech ha desplegado nanosatélites térmicos capaces de detectar focos de calor mínimos y proyectar el avance de las llamas en función de viento y orografía. Estos dispositivos permiten tomar decisiones estratégicas en tiempo real, pero no sustituyen la necesidad de un terreno previamente gestionado y limpio.

Los testimonios de brigadistas como Gustavo Núñez lo ilustran con crudeza: ante llamas que superan cualquier altura prevista y un frente que avanza como un muro, el ataque directo resulta inviable. Solo queda el trabajo indirecto con maquinaria pesada y cortafuegos improvisados, mientras helicópteros y aviones descargan agua en un intento de ralentizar el avance.

Un factor determinante es el contexto rural. Zonas envejecidas y despobladas, como muchas comarcas de Castilla y León, enfrentan la paradoja de perder a quienes durante décadas limpiaban los montes con pastoreo y aprovechamiento agrícola. La caída de la ganadería extensiva y la desaparición de prácticas tradicionales dejó un vacío que hoy se paga en forma de combustible acumulado. La despoblación se traduce, sin metáforas, en montes abandonados que arden con mayor facilidad.

Según el Sistema Europeo de Información de Incendios Forestales (EFFIS), España ha visto arder más de 410 000 hectáreas en lo que va del año, con cinco de los diez mayores episodios registrados en apenas dos semanas. La estadística revela no solo un pico estacional, sino una tendencia estructural que se agrava con el cambio climático y la falta de planificación a largo plazo.

Bomberos y expertos coinciden en un mensaje: la extinción en verano es la consecuencia, no la solución. La prevención invernal debería ser el primer eslabón, mediante limpiezas planificadas, fajas de seguridad y recuperación de la gestión comunitaria del monte. Sin embargo, la inversión pública continúa enfocada en reforzar los medios de extinción, mientras el invierno pasa con los bosques cargados de vegetación inflamable.

La ciencia también aporta señales claras. Universidades españolas han documentado que la frecuencia de olas de calor en la península se duplicó en la última década, lo que prolonga la ventana de riesgo más allá del verano clásico. Al mismo tiempo, estudios de organismos europeos señalan que cada hectárea quemada multiplica la emisión de carbono y acelera un círculo vicioso: más incendios, más emisiones, más calor.

El reto, entonces, es político y cultural. La sociedad percibe los incendios como un problema de verano, cuando en realidad la batalla decisiva ocurre en los meses fríos. El dicho de Nácher no es solo un lema: es un plan de acción. La prevención estructural implica integrar la ciencia, la tecnología satelital, la memoria rural y el financiamiento sostenido. De lo contrario, España seguirá enfrentando veranos cada vez más abrasadores, donde la única constante es la repetición de la tragedia.

Resistencia narrativa global.
Global narrative resilience.

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