La nueva frontera digital: solo unos pocos países controlan la infraestructura de IA

Global – julio de 2025

La revolución de la inteligencia artificial (IA) no se está gestando únicamente desde los laboratorios de algoritmos. El verdadero campo de batalla global se encuentra en la infraestructura física: centros de datos de alto rendimiento, chips especializados, redes de distribución energética y fibra óptica que permiten entrenar modelos cada vez más poderosos. Sin embargo, el acceso a esta infraestructura está peligrosamente concentrado en manos de unas pocas potencias. Y esta desigualdad técnica se traduce ya en una brecha de poder sin precedentes.

Según un estudio reciente de la Universidad de Oxford, solo 32 países cuentan con centros de datos diseñados específicamente para IA, lo que representa apenas el 16 % del total de naciones del planeta. De estos, Estados Unidos y China dominan con claridad: empresas estadounidenses operan cerca de 90 infraestructuras clave, mientras que las chinas gestionan más de 35. Europa apenas alcanza la decena. América Latina cuenta con una instalación relevante, ubicada en Brasil, y en África la infraestructura es casi inexistente.

Este desequilibrio es mucho más que un problema de conectividad. Se trata de un nuevo eje geopolítico. Controlar la infraestructura de IA equivale a controlar el acceso al conocimiento, la soberanía tecnológica y, en última instancia, la capacidad de influencia económica y militar. Los países que lideran este dominio están creando un ecosistema cerrado donde se fijan estándares, se concentra el talento y se deciden las reglas del juego para el resto del mundo.

Las razones de esta concentración son multifactoriales. Primero, el costo: construir un centro de datos optimizado para IA puede superar los 2.000 millones de dólares. Además, se requiere acceso estable a energía —preferentemente limpia—, bajas temperaturas ambientales, capacidad logística y marcos regulatorios predecibles. Pocos países cumplen con esta combinación. Segundo, el know-how técnico está acaparado por un pequeño grupo de empresas como Nvidia, AMD, Intel, TSMC y Huawei, que imponen las condiciones del mercado.

Frente a este escenario, algunas regiones intentan reaccionar. La Unión Europea lanzó el proyecto “InvestAI”, un fondo de 200.000 millones de euros para instalar “gigafactorías de cómputo” en cinco países miembros, con el objetivo de reducir su dependencia de actores externos. Arabia Saudita y Emiratos Árabes Unidos han anunciado inversiones estatales para construir infraestructura de IA soberana en colaboración con gigantes como Microsoft y Amazon Web Services. En contraste, América Latina carece aún de una política regional coordinada.

En Estados Unidos, el gobierno de Donald Trump ha impulsado el llamado “Project Stargate”, una iniciativa público-privada con Oracle, Softbank y OpenAI que contempla la construcción de más de 30 centros de datos para IA con un presupuesto estimado de 500.000 millones de dólares. A pesar de los recortes fiscales a incentivos energéticos, la administración apuesta por convertir el país en la capital mundial del cómputo intensivo, una estrategia que busca contener el avance de China, cuya inversión en chips soberanos y supercomputación no se detiene.

La pregunta central es: ¿quién controla el “compute power”? La respuesta determinará quién podrá desarrollar modelos de lenguaje más avanzados, quién tendrá ventaja en biotecnología, en defensa, en salud y en educación. Tal como ocurrió con el petróleo en el siglo XX, hoy se consolida un nuevo recurso estratégico: la capacidad de cómputo. Y los países que no logren construir, alquilar o negociar su acceso quedarán condenados a la dependencia.

Algunos gobiernos africanos y latinoamericanos ya estudian formas de cooperación multilateral para establecer nodos regionales de IA. Se habla de alianzas entre universidades, empresas de energía, fondos soberanos y agencias internacionales de desarrollo. La clave estará en crear ecosistemas sostenibles que no se limiten a importar tecnología, sino a construir capacidades locales.

El gran riesgo es repetir el patrón de la brecha digital de los años 2000, cuando la conectividad llegó tarde y mal a vastas regiones del mundo. Esta vez, la magnitud de las consecuencias será aún mayor. Si no se democratiza el acceso a la infraestructura de IA, el futuro tecnológico quedará secuestrado por los intereses de unos pocos. Y eso no solo sería una injusticia técnica, sino una amenaza para la equidad global, la diversidad cultural y la estabilidad geopolítica.

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