Home Cultura“La niña del napalm” reaparece en el cine como símbolo atemporal del horror

“La niña del napalm” reaparece en el cine como símbolo atemporal del horror

by Phoenix 24

Una imagen histórica, revitalizada en el celuloide, vuelve a exigirnos una mirada consciente.

Trảng Bàng, agosto de 2025 — Más de cinco décadas después de que una niña huyera desnuda del fuego del napalm en Vietnam, esa fotografía continúa interpelando la memoria colectiva y ahora inspira al cine contemporáneo. El director Zach Cregger, al presentar su nueva cinta de terror Weapons, reconoció que la icónica postura de brazos extendidos —gesto de desesperación grabado en la retina de millones— emergió de manera subconsciente durante el proceso creativo, impregnando la narrativa visual con un eco simbólico que trasciende generaciones.

La imagen, capturada en 1972 por el fotógrafo Nick Ut y conocida mundialmente como The Terror of War, marcó un antes y un después en el fotoperiodismo. Fue premiada con el Pulitzer y se convirtió en referencia global de los horrores de la guerra. Su difusión masiva conmovió a la opinión pública y llegó incluso a incomodar a la Casa Blanca: Richard Nixon llegó a insinuar que la fotografía era una manipulación, en un intento por minimizar su impacto político. Sin embargo, la fuerza testimonial de la escena se impuso como verdad inapelable.

Phan Thị Kim Phúc, la niña de la fotografía, sobrevivió a las quemaduras y con el tiempo emigró a Canadá, donde reconstruyó su vida. Décadas más tarde, se transformó en embajadora de buena voluntad de la UNESCO y activista por la paz. Su figura se convirtió en ejemplo vivo de resiliencia, recordando que detrás de las imágenes históricas hay seres humanos que llevan consigo cicatrices, pero también mensajes de reconciliación. En 2022, posó junto a refugiados ucranianos que huían de la guerra, un gesto que ligó su experiencia con tragedias más recientes y que reafirmó la vigencia del símbolo.

La fotografía, sin embargo, no ha escapado a controversias. En 2025, el documental The Stringer puso en duda la autoría tradicional de Nick Ut, sugiriendo que otro fotógrafo vietnamita, Nguyễn Thành Nghệ, pudo haber captado la escena. La disputa llevó a que instituciones internacionales suspendieran temporalmente el crédito oficial mientras continuaban las investigaciones. Más allá de las conclusiones, el debate abrió una reflexión sobre cómo construimos la memoria histórica y hasta qué punto las imágenes icónicas pertenecen a la humanidad más que a un autor en particular.

La reaparición del símbolo en el cine actual demuestra que las imágenes no se agotan en su contexto original. Al contrario, permanecen activas en el inconsciente colectivo y resurgen cuando un creador, incluso sin proponérselo de manera explícita, se encuentra influido por ellas. El propio Cregger admitió que esa postura corporal perturbadora surgió con una intensidad inesperada: un recordatorio de que ciertas fotografías no solo documentan, sino que habitan nuestra memoria y condicionan la forma en que contamos historias.

El diálogo entre fotografía y cine abre una reflexión mayor: la cultura contemporánea se alimenta de símbolos que sobreviven al paso del tiempo porque encarnan experiencias humanas universales. En el caso de la “niña del napalm”, el horror de la guerra, el dolor de la infancia quebrada y la lucha por sobrevivir se mantienen como realidades vigentes, más allá del Vietnam de los años setenta. La persistencia de ese testimonio visual, reactivado en el cine, es una advertencia sobre la capacidad de las imágenes para modelar nuestra percepción del presente.

La resonancia cultural se multiplica porque el espectador contemporáneo no solo ve una película o recuerda una fotografía: establece un puente entre la iconografía de un conflicto pasado y las crisis actuales. El eco de la imagen se proyecta sobre Ucrania, Siria o Gaza, territorios donde la infancia sigue siendo víctima principal. En ese sentido, la permanencia de la “niña del napalm” no es un ejercicio de nostalgia, sino un espejo que refleja tragedias que se repiten bajo nuevos nombres.

El caso también ilustra cómo la cultura global procesa sus traumas colectivos. Al reemergir en el cine, la fotografía de 1972 vuelve a ser interrogada: no se trata de reproducir el dolor, sino de darle un cauce narrativo que evite el olvido. El arte, en este caso el cine, actúa como catalizador que transforma la memoria en relato compartido, un mecanismo que reabre preguntas sobre responsabilidad, justicia y humanidad.

El poder de una imagen, sugiere esta revitalización, no radica únicamente en lo que muestra, sino en su capacidad para seguir inspirando décadas después. La “niña del napalm” no es ya solo un registro de un ataque aéreo en Vietnam: es un lenguaje visual que sigue vivo, capaz de conmover, de cuestionar y de recordarnos que el horror nunca está tan lejos como creemos.

La narrativa también es poder.
Narrative is power too.

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