El controvertido “Comedian”, valorado en más de seis millones de dólares, fue comida por segunda vez, cuestionando de nuevo los límites del valor artístico y la fragilidad del concepto.
Metz (Francia), julio de 2025 —
En una escena digna de performance, un visitante del Pompidou‑Metz arrancó la banana fresca pegada a la pared por cinta adhesiva —la obra “Comedian” del artista italiano Maurizio Cattelan— y se la comió frente a los presentes. Este acto de devorar un objeto valorado en unos 6,2 millones de dólares, vendido por primera vez en una subasta neoyorquina a fines de 2024, vuelve a encender el debate sobre la esencia del arte contemporáneo.
La obra, en exhibición desde mayo bajo el título “Dimanche sans fin”, pertenece a una de las tres ediciones firmadas por Cattelan. Cada vez que se consume la fruta original, su protocolo de montaje autoriza una sustitución inmediata, en un ejercicio que articula lo efímero con lo reproducible. El personal intervino rápidamente y reinstaló una banana fresca en cuestión de minutos, recordando que la pieza evoluciona y subsiste por su concepto, no por su materia.
Cattelan, conocido por su humor y provocación en el mundo del arte —como lo demostró en su obra “America”, un inodoro de oro real—, se pronunció con ironía tras el incidente: se mostró “decepcionado” porque el comensal no incluyó la cáscara y la cinta adhesiva en su ingesta, lo que habría completado el acto artístico.
Este episodio no es el primero: en 2019, un artista llamado David Datuna devoró otra banana durante Art Basel en Miami; y en 2023, un estudiante en Seúl repitió la acción durante una exhibición similar. Cada nuevo “error” reaviva la dimensión performativa de la obra: es un “readymade” moderno que enaltece la idea sobre la cosa, heredero conceptual de Duchamp.
El empresario de criptomonedas Justin Sun se come la banana de la obra de Maurizio Cattelan que compró por más de seis millones de dólares (Foto: Peter Parks/AFP)
La venta original de la obra alcanzó los 120 000 USD, cifra ya desorbitada en sí, pero en noviembre de 2024 una edición fue adquirida por el magnate de criptomonedas Justin Sun en Sotheby’s por 6,2 millones, que incluyeron los derechos de montaje perpetuo y certificados de autenticidad. Sun, quien posteriormente consumió la banana como parte de un acto ritual, justificó el gesto señalando que el verdadero valor reside en el concepto. Para él, el plátano simbolizaba una convergencia cultural entre memes, cripto y arte contemporáneo.
La práctica de reemplazar el objeto es central en la lógica de “Comedian”. Cada banana tiene una vida útil limitada, pero el certificado y la cinta se reutilizan, manteniendo vivo el conjunto conceptual. Esto cuestiona la idea tradicional de originalidad y autenticidad: aquí, la obra no reside en materia sino en instrucciones y reputación.
Culturalmente, este gesto resuena con la tradición del “readymade”: un objeto cotidiano elevado a arte por decisión del autor. En un mundo donde el mercado del arte asocia millones de dólares a lo trivial, el plátano se vuelve disfraz de reflexión sobre los valores globales contemporáneos. El museo de Metz se limitó a remarcar que ningunas normas se violaron, que el incidente fue contenido y que la obra se restauró sin impacto físico ni conceptual.
El acto pone nuevamente en evidencia la tensión existente entre valor estético y valor económico. En contextos donde el arte es objeto de inversión o activo financiero, consumir literalmente la obra funciona como un test central: ¿qué realmente define la propiedad? ¿La pieza física o el derecho a reproducirla? Este debate reverbera en círculos académicos, galerías y para el público general.
La inmediatez del consumo y reposición de la obra ilustra también cómo el arte moderno redefine sus límites. La banana devorada ya no es un acto vandálico, sino una respuesta autorizada por la lógica del objeto que no muere, que se renueva. Paradójicamente, esta intervención voluntaria no desvirtúa la obra, sino que la fortalece, demostrando que el arte conceptual opera en una dimensión distinta: la del gesto y la idea.
Al final, el símbolo es rotundo: una banana puede valer millones, ser comida legalmente y reubicarse sin perder valor. Además, cada nuevo comensal crea historia, participa de la performance colectiva y recuerda al público que en el arte contemporáneo el objeto material es solo el punto de partida.
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