Desde el silencio de satélites y buques nodriza, se pesca la sombra de una estrategia global que vacía mares y comunidades.
Sudamérica – agosto de 2025
La pesca china de ultra‑larga distancia se ha convertido en el fenómeno más disruptivo del Atlántico Sur y el Pacífico frente a las costas sudamericanas. Barcos industriales masivos, fuertemente subsidiados por Beijing, operan cerca de zonas económicas exclusivas como las de Perú, Ecuador y Argentina, generando una reducción drástica en capturas locales e inquietud entre pescadores artesanales.
En Paita, Perú, la captura de calamar jumbo ha caído un 70 % en el año, un golpe devastador para comunidades que viven de pequeñas embarcaciones. Denuncian una competencia asimétrica: mientras barcos chinos faenan durante meses seguidos, los pescadores locales apenas encuentran una fracción del océano saludable. Desplazan a grupos familiares completos hacia otras ocupaciones, incluso informales.
Argentina, por su parte, registra un incremento de más del 800 % en las horas de pesca de barcos chinos frente a su zona económica exclusiva entre 2013 y 2022. Muchos operan bajo banderas de conveniencia (Panamá, Vanuatu, Camerún), aunque pertenecen a compañías chinas, lo que complica su trazabilidad y las medidas de fiscalización.
Esta flota de aguas lejanas, que representa la mayor del mundo, captura cerca de 4 millones de toneladas de pescado al año. Pero sus métodos han sido vinculados a pesca ilegal, no regulada y no reportada (IUU), evasión de controles por AIS apagado, transferencias en alta mar y hasta denuncias de trabajo forzado. En al menos 86 casos documentados desde 2024 se identificaron presuntas violaciones ambientales y laborales asociadas a los barcos chinos.
El daño ecológico incluye el agotamiento de especies clave como el Illex argentinus, peligrando ecosistemas y cadenas tróficas. Económicamente, esto representa pérdidas multimillonarias para pescadores locales y para las economías regionales que dependen de la pesca sostenible.
Pese a su escala, regular estas actividades fiscales excede las capacidades legales: fuera de las 200 millas náuticas, los países costeros no pueden actuar. Y aunque Argentina, Ecuador, Chile y Perú han unido esfuerzos coordinados por patrullas y vigilancia satelital, la arremetida subsiste.
En respuesta, autoridades regionales han intensificado controles navales (ej. Operación Mare Nostrum en Argentina) y buscan alianzas con Estados Unidos para detección y sanción de buques fuera de control. Aun así, la opacidad del sistema —y el poder económico del modelo chino— limita los avances institucionales.
El método no es solo pesquero, sino estratégico: China utiliza su flota para proyectar influencia marítima y asegurar suministro alimentario, a la vez que mantiene potencia de disuasión híbrida. Beijing invierte miles de millones en subsidios, nodrizas oceánicas, apoyo logístico y cooperación portuaria para extender su red global de extracción.
La presencia china frente a Sudamérica no es un accidente: es una expansión sistémica con impacto ambiental, económico y político. Países del sur global exigen respuestas institucionales, cooperación regulatoria y medidas firmes para que el océano deje de ser territorio sin ley y vuelva a ser recurso compartido.
Esta pieza fue desarrollada por el equipo editorial de Phoenix24 con base en fuentes confiables, datos públicos y análisis riguroso, en coherencia con el contexto global vigente.
This piece was developed by the Phoenix24 editorial team using reliable sources, public data, and rigorous analysis in alignment with the current global context.