Cuando la memoria humana se escribe en piedra, el tiempo deja de ser pasado y se convierte en origen.
Murayghat (Jordania), octubre 2025.
En las colinas áridas del centro de Jordania, un equipo internacional de arqueólogos ha descubierto un complejo ritual que reconfigura la comprensión del Oriente Próximo prehistórico. Las excavaciones en la meseta de Murayghat, dirigidas por especialistas de la Universidad de Copenhague y del Departamento de Antigüedades de Jordania, revelaron un paisaje ceremonial datado en unos 5 500 años, donde la arquitectura megalítica sustituía a los poblados como escenario de comunidad.
El hallazgo incluye más de noventa dólmenes, piedras erguidas y estructuras talladas que cubren varios kilómetros de terreno. Según los investigadores, no se trata de un asentamiento convencional, sino de un espacio concebido para encuentros colectivos, banquetes simbólicos y rituales vinculados al tránsito entre la vida y la muerte. Lo que hace singular a Murayghat es la ausencia total de fogones o restos domésticos: no se vivía allí, se acudía a conmemorar.
La arqueóloga Susanne Kerner, directora del proyecto, describe el sitio como “una respuesta social a un tiempo de ruptura”. Durante el cambio del Calcolítico a la Edad del Bronce temprano —entre 3500 y 3000 a.C.— las estructuras agrícolas y políticas del Levante sufrieron un colapso. Frente a la fragmentación, las comunidades optaron por levantar monumentos de piedra para restaurar cohesión. En palabras de Kerner, “donde la economía falló, el ritual se convirtió en arquitectura”.
Las cámaras funerarias y los círculos de piedra muestran un patrón de orientación hacia una colina central, posiblemente sagrada. En su cima se hallaron superficies talladas y restos de pigmentos minerales, evidencia de ofrendas o procesiones. Herramientas de sílex, cuencos de gran tamaño y piezas de cobre primitivo completan el panorama. Todo apunta a un uso ceremonial intensivo, sin señales de residencia permanente.
El arqueólogo jordano Nidal Al-Salameh explica que este modelo de monumentalidad refleja una transición clave en el imaginario humano: del poblado al paisaje simbólico. La comunidad deja de afirmarse por sus casas y lo hace por su horizonte. Los dólmenes, distribuidos en círculos o líneas, serían marcadores territoriales y a la vez lugares de comunión espiritual. “En Murayghat”, dice Al-Salameh, “la piedra no protege, convoca”.
La hipótesis central del equipo es que el sitio sirvió como santuario itinerante de diversas tribus. Las fechas obtenidas por radiocarbono muestran una ocupación intermitente a lo largo de varios siglos, lo que refuerza la idea de un espacio compartido entre grupos nómadas. Su monumentalidad se explica menos por la función funeraria y más por la necesidad de afirmar identidad colectiva.
En términos arqueológicos, el hallazgo modifica la narrativa habitual del Próximo Oriente. Durante décadas, la investigación se concentró en grandes centros urbanos como Jericó o Uruk, símbolos de civilización y jerarquía. Murayghat demuestra que también existieron sociedades descentralizadas capaces de generar una arquitectura del recuerdo sin depender del poder estatal. Su complejidad radica no en la escala, sino en la intención.
Desde una perspectiva contemporánea, el descubrimiento posee una dimensión filosófica. Los investigadores destacan que el ritual no fue solo espiritual, sino político: en épocas de inestabilidad climática y económica, los pueblos eligieron reunirse en torno a la piedra para redefinir comunidad. En ese gesto —repetir un rito común frente al desorden— se halla un principio de resiliencia que aún interpela al presente.
El gobierno de Jordania ha anunciado que el sitio será protegido bajo una nueva categoría patrimonial y se abrirá parcialmente al público a partir de 2026, con senderos delimitados y centros de interpretación en colaboración con UNESCO y la Universidad de Ammán. Paralelamente, el Instituto Francés de Oriente Medio prepara un estudio comparativo con otros complejos rituales del desierto de Arabia Saudí, con el fin de trazar la red cultural que unió la península árabe con el Levante milenios antes de la escritura.
Para los arqueólogos, Murayghat ofrece una lección sobre la persistencia del símbolo. Las sociedades que lo construyeron ya no existen, pero su idea de comunidad —basada en la memoria compartida y el espacio sagrado— sobrevive en las piedras que resistieron el viento y el silencio. Allí, entre los bloques tallados y las sombras del atardecer, el pasado no se extingue: se repite como una respiración mineral que recuerda de dónde venimos.
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