El avance de tanques en una de las últimas zonas de refugio evidencia el colapso total del enclave palestino y recrudece el aislamiento internacional del gobierno israelí.
Deir al‑Balah, 21 de julio de 2025. El ejército israelí ha iniciado su primera ofensiva terrestre en la ciudad de Deir al‑Balah, en el centro de Gaza, un área que hasta ahora se consideraba relativamente a salvo del conflicto directo. La operación, que incluyó incursiones de tanques, artillería pesada y ataques aéreos, ha provocado una nueva oleada de desplazamientos masivos, con decenas de miles de personas forzadas a abandonar lo que quedaba de sus refugios. Autoridades sanitarias en el enclave confirmaron al menos ocho muertos y más de cincuenta heridos en las primeras 24 horas.
Deir al‑Balah, hasta hace poco uno de los principales puntos de asistencia humanitaria, albergaba a miles de familias desplazadas desde otras zonas del enclave, lo que convirtió su colapso en un símbolo del agotamiento absoluto del espacio humanitario en Gaza. Con esta ofensiva, Israel busca desmantelar presuntas estructuras operativas de Hamás, pero la comunidad internacional ha advertido que la ofensiva viola principios básicos del derecho internacional humanitario, al atacar zonas densamente pobladas y con infraestructuras médicas colapsadas.
Según datos de la Oficina de Coordinación de Asuntos Humanitarios de Naciones Unidas (OCHA), el 88 % del territorio de Gaza está bajo órdenes de evacuación o bajo control militar activo. Esto significa que más de dos millones de personas se encuentran confinadas en apenas el 12 % del enclave. Mientras tanto, la ayuda humanitaria ha sido bloqueada o redirigida, y numerosas organizaciones como Médicos por Palestina han denunciado el cierre de clínicas de emergencia, la falta de agua potable y la propagación de enfermedades infecciosas entre menores.
El número de fallecidos supera ya los 59 000, según el Ministerio de Salud palestino, con más de 142 000 heridos. La mayoría de las víctimas son mujeres, niños y ancianos. Las condiciones de hacinamiento y desnutrición son tales que organizaciones como UNICEF y la Media Luna Roja han alertado sobre una inminente hambruna masiva, con precios de alimentos multiplicados hasta por 40 respecto a su valor previo a la guerra.
A nivel diplomático, más de 25 países —incluyendo a Francia, Canadá, Alemania, Japón, Sudáfrica y México— han exigido un alto al fuego inmediato. Algunos gobiernos han amenazado con suspender cooperación militar o revisar sus relaciones bilaterales con Israel, alegando violaciones reiteradas al derecho internacional. El Papa, en comunicación reciente con la Autoridad Palestina, pidió “el cese inmediato de la violencia y el respeto por cada vida humana, independientemente de su nacionalidad o religión”.
Los palestinos inspeccionan los daños causados por un ataque israelí contra una vivienda en Deir Al-Balah. (REUTERS/Ramadan Abed)
Mientras tanto, familias israelíes han iniciado protestas en Tel Aviv y Jerusalén, exigiendo garantías sobre la seguridad de rehenes que podrían encontrarse en las zonas bombardeadas. Las dudas sobre la viabilidad militar y ética de estas operaciones han alcanzado también al interior del propio gabinete israelí, donde algunos sectores moderados expresan inquietud por el creciente aislamiento internacional.
Analistas del Instituto de Estudios de Seguridad Nacional de Israel (INSS) coinciden en que esta operación representa un punto de no retorno. El carácter total de la ofensiva y la extensión de los objetivos sugieren que el conflicto ha entrado en una fase de desgaste sin estrategia clara de salida. Desde el exterior, organismos como Human Rights Watch y Amnistía Internacional preparan informes que podrían llevar a tribunales internacionales a funcionarios israelíes y palestinos por crímenes de guerra o negligencia deliberada.
En el plano regional, la ofensiva ha sido interpretada como un intento por reforzar la posición de Israel antes de posibles negociaciones con Qatar y Egipto, que hasta ahora no han logrado establecer las condiciones mínimas para una tregua. Sin embargo, la destrucción sistemática de lo que quedaba del sistema hospitalario y logístico en el centro de Gaza podría clausurar definitivamente las rutas para un cese al fuego humanitario viable.
Los próximos días serán decisivos: si el asedio a Deir al‑Balah se extiende, el colapso será irreversible. Si las potencias globales fracasan en establecer líneas rojas claras, la catástrofe humanitaria escalará a niveles nunca antes registrados en la región. Y si la comunidad internacional no responde con hechos a la condena verbal, el derecho internacional quedará herido de muerte entre los escombros.
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