Isabel Allende escribe contra el apagamiento

Mientras haya mente, todavía hay obra.

San Francisco, marzo de 2026

A los 83 años, Isabel Allende ha resumido su relación con la escritura con una frase que suena a confesión, disciplina y despedida parcial al mismo tiempo. Mientras pueda pensar, seguirá escribiendo; después, ha dicho, mirará un cuadro. La sentencia tiene la serenidad de quien ya no necesita demostrar nada, pero también la energía de una autora que sigue entendiendo la literatura como una forma de permanencia. No habla desde la nostalgia de un ciclo cerrado, sino desde la lucidez de una vocación todavía activa.

La declaración importa porque condensa una ética del trabajo creativo que rara vez se expresa con tanta claridad. Allende no presenta la escritura como un gesto romántico ni como un simple hábito profesional. La presenta como una extensión de la conciencia, casi como una obligación íntima mientras la mente conserve su capacidad de ordenar el mundo en palabras. En esa idea hay una mezcla de humildad y terquedad que ayuda a explicar la longevidad de su trayectoria.

El momento coincide con la publicación de La palabra mágica, un libro en el que la autora recorre episodios de su vida, revisita su oficio y comparte reflexiones sobre cómo se escribe. Más que una novedad editorial aislada, el volumen parece funcionar como una suerte de balance abierto. Allende mira hacia atrás, pero no para fijarse como monumento. Mira su recorrido para seguir pensando qué significa narrar, corregir, recordar y sostener una voz a lo largo del tiempo.

En esa conversación reaparece también una de las claves más consistentes de su figura pública. Allende insiste en que puede contar historias, aunque no chistes, y distingue entre lo que puede enseñarse de la escritura y aquello que parece pertenecer al terreno más innato de la sensibilidad narrativa. Esa distinción no es menor. Le permite desmitificar parte del oficio sin vaciarlo de misterio, como si quisiera decir que la técnica importa, pero que el pulso narrativo sigue siendo una forma difícil de domesticar.

Su trayectoria vuelve todavía más significativa esa postura. Allende comenzó tarde, atravesó el exilio, trabajó fuera del circuito literario y llegó a la publicación sin una pertenencia orgánica a los grupos de poder cultural que solían legitimarlo todo. Desde ahí construyó una carrera inmensa, traducida y leída a escala global, pero sin desprenderse del todo de la conciencia de haber llegado desde la periferia del prestigio. Quizá por eso su voz conserva una mezcla inusual de disciplina, ironía y desconfianza hacia la solemnidad.

Lo que deja esta frase, en el fondo, es algo más que una declaración sobre la edad. Deja una imagen precisa de la escritura como resistencia al apagamiento, como una forma de seguir pensando antes de entregarse a la contemplación. En tiempos que suelen medir el valor cultural con velocidad y novedad, Allende recuerda otra cosa. Que una obra también puede sostenerse por la continuidad de una mente que no renuncia a narrar. Y que, a veces, la vejez no clausura la creación, sino que la vuelve más nítida.

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