La madrugada cae en Tokio, pero las luces y las personas aún abarrotan las calles de Golden Gai, uno de los barrios más icónicos en la capital, y Grupo Frontera se volvería parte de esta anécdota. Subo a mi Uber y el silencio se instala. De pronto, contra todo pronóstico —los japoneses suelen ser reservados—, el conductor comienza a hacerme plática. La primera pregunta es la clásica: ¿de dónde eres? Apenas me escucha decir la palabra “México” y su rostro se ilumina. De la guantera del auto saca una diminuta botella de Salsa Tabasco que me muestra con orgullo. Entre su inglés limitado y su acento japonés extremo, me cuenta que admira profundamente la cultura mexicana. Yo sigo procesando la escena: estoy a más de 10,000 kilómetros de casa y México acaba de aparecer en un automóvil cualquiera de Tokio.
Agarra su teléfono y me pide que lo tome para poner una canción mexicana que pueda agregar más tarde a su playlist. Entre los whiskies que acabo de tomar y el choque cultural que estoy viviendo, empiezo a barajar mis opciones. De inmediato pienso en Juan Gabriel —mi gran favorito—, pero también en José José, Lola Beltrán, Lucha Villa, Pedro Infante. Sin embargo, por alguna razón me decido por otra agrupación. Presiono play y la voz de “Payo” Solís resuena en el interior del auto: “Me queda un por ciento y lo usaré solo para decirte lo mucho que lo siento…”. Es “Un x100to”, el éxito de Grupo Frontera con Bad Bunny. El conductor sonríe mientras yo canto en voz baja. Voltea por un segundo y me dice: “I know that one”.
Durante unos segundos me quedo mirando por la ventana. Afuera, en esta zona de Tokio la mayoría de la gente duerme —al menos, una buena parte—. Pero adentro del Uber una canción nacida entre acordeones, desamor y sensibilidad fronteriza acaba de tender un puente inesperado entre México y Japón.
Del éxito viral al fenómeno global
“Wow. Qué buena anécdota”, me dice Juan Cantú apenas termino de contarles mi historia. La sorpresa parece genuina. Como si, con todo y los estadios agotados y los récords acumulados en apenas unos años, todavía existiera una parte de Grupo Frontera que no termina de acostumbrarse a la dimensión de lo que han conseguido.
“Sí, nos han contado cosas así”, añade Payo. “Tenemos amigos que viajan y de repente escuchan nuestras canciones en Japón, en Italia. Nos dicen que conocen ‘Un x100to’, ‘No se va’, ‘Coqueta’. Y la verdad sí nos impacta”. Quizá porque toda gran historia de éxito tiene algo de improbable. Y la de Frontera parece escrita precisamente desde ahí.
Mi primer encuentro con ellos ocurrió durante su presentación en la Arena Ciudad de México. Minutos antes de salir al escenario, los saludé en el backstage. Relajados pero visiblemente emocionados, celebraban una noticia que acababan de recibir: estarían de nuevo en las páginas de GQ México y Latinoamérica, pero ahora en el escaparate principal: una de las portadas de este Music Issue. “Qué bueno que vamos a salir de nuevo con ustedes, ahora estoy más delgado”, me dijo Payo provocando las carcajadas del resto.
La conversación que nutre esta historia continúa varias semanas después, en Mérida. Nos encontramos en Plantel Matilde, el espacio impulsado por el escultor Javier Marín para fortalecer proyectos culturales y comunitarios en Yucatán. Apenas la noche anterior, cerca de 10,000 personas habían abarrotado el Foro GNP para acompañarlos en una nueva parada del Triste Pero Bien Cabrón Tour. Lejos del estruendo de los amplificadores, los integrantes de Frontera hablan con una calma que contrasta con la velocidad de su ascenso. Incluso, aún parecen sorprendidos por el alcance de una historia que comenzó —como su nombre lo anuncia— en la frontera y terminó convirtiéndolos en un fenómeno global, capaz de sonar lo mismo en México que en Asia y Europa y de llevar “Un x100to” a lo más alto de las listas de popularidad del mundo.
Son contadas las agrupaciones que han experimentado una expansión tan vertiginosa en la música latinoamericana. En apenas unos años, Grupo Frontera pasó de convertirse en la banda sonora de incontables rupturas amorosas a consolidarse como uno de los grupos más importantes de la música mexicana actual. Ganadores del Latin Grammy, nominados al Grammy de Estados Unidos, protagonistas de giras agotadas, invitados al Tiny Desk de NPR Music y dueños de una audiencia que supera los 37 millones de oyentes mensuales en Spotify, se han convertido en uno de los rostros más visibles de la internacionalización de la música mexicana.
La historia de la banda está construida por cinco músicos —Payo Solís (voz), Juan Cantú (acordeón y segunda voz), Julián Peña Jr. (congas), Carlos Guerrero (batería) y Beto Acosta (guitarra y bajo quinto)— que, incluso hoy, siguen viéndose más como amigos que como protagonistas de un fenómeno global. “Siempre bromeamos que somos cinco amigos que hacen música”, dice Carlos entre risas. “Musicalmente la regamos mucho, así que pensar que nos escuchan en lugares tan lejanos sigue siendo algo muy difícil de procesar”.
Y es que mientras buena parte de la industria insiste en hablar de récords y números, ellos parecen más interesados en hablar de personas, ciudades y comidas. “Desde que empezó esta gira nos ha pasado algo diferente”, explica Juan. “Cada show va agarrando más fuerza. La energía de cada ciudad es distinta y nosotros nos vamos adaptando”. La respuesta revela una banda más interesada en vivir el camino que en contabilizar sus resultados.
Para esta agrupación, durante mucho tiempo, las giras fueron una sucesión de hoteles, aeropuertos y recintos. Llegar, tocar e irse. “Antes conocíamos el venue y el hotel, y ya”, continúa Juan. “Esta vez nos hemos dado tiempo de salir, de conocer las ciudades. Aquí, en Mérida, fuimos a cenotes, hablamos con la gente y visitamos restaurantes locales. Eso hace que te subas al escenario con otra perspectiva, te sientes conectado con el lugar”. Quizá ahí reside una de las claves de Grupo Frontera: No parecen obsesionados con conquistar territorios, sino entenderlos. Y eso también aplica a la música, pues pocas cosas definen tanto a la agrupación como su disposición para explorar y experimentar.
Por años, la música latina persiguió obsesivamente la idea del éxito a partir de la anglicización y el crossover. Sonar internacional implicaba acercarse a otros mercados, otros idiomas, otras fórmulas. Grupo Frontera pertenece a una generación que ha visto cómo esa lógica comienza a invertirse: ahora son otros quienes voltean hacia los ritmos de la música mexicana y latinoamericana.
Esa transformación también la perciben ellos desde dentro. Cuando les pregunto si todavía consideran que hay prejuicios hacia la música mexicana, Julián apunta que el cambio ha sido profundo. “Si estuviéramos hablando de hace cuatro años, cuando empezó Frontera, yo creo que todavía existían ciertos prejuicios”, me explica. “Pero desde que dejamos de hablar únicamente de regional mexicano y comenzamos a hablar de música mexicana, todo empezó a globalizarse mucho más”.
Para él, además, existe otro factor que ha impulsado este fenómeno: la desaparición de las fronteras creativas entre géneros. “La música dejó de ser envidiosa”, dice. “Ahora los artistas colaboran porque les gusta lo que hacen los demás. Ya no importa tanto de dónde vienes. Te gusta una canción, te gusta un artista y haces música con él”. La reflexión resulta particularmente interesante porque coincide con el momento histórico que atraviesa la industria. Por décadas, la conversación giró alrededor de cómo la música mexicana podía acercarse al mundo. Hoy, la pregunta parece ser exactamente la contraria: cómo el mundo se está acercando a la música mexicana. “Ya no es una tendencia”, continúa Julián. “Ya es mainstream. Es muy loco decirlo, pero la música mexicana y latina ya no son sólo nuestras. Ahora son de todos”.
Escuchándolos, resulta evidente que el fenómeno los entusiasma, pero no necesariamente por las razones que uno imaginaría. Cuando hablan de tocar en Europa o de descubrir que sus canciones aparecen en playlists al otro lado del mundo, no utilizan el lenguaje de la conquista, sino el de la representación; de la posibilidad de llevar consigo una tradición musical que durante años pareció destinada a permanecer dentro de ciertos límites. “Sentimos que es el momento de la música mexicana”, dice Beto. “Al reguetón le tocó su ola global y ahora está pasando algo parecido con Peso Pluma, Carín León, Fuerza Regida, con nosotros y muchos más. Por eso sentimos una responsabilidad enorme, porque somos representantes de esta música”.
La lista de artistas con los que han colaborado ayuda a dimensionar el momento que atraviesan: Bad Bunny, Shakira, Romeo Santos, Manuel Turizo, Alejandro Sanz, Ozuna y Maluma, por mencionar apenas a algunos. Hace apenas unos años, una alineación así habría parecido improbable para una agrupación nacida en ese espacio multicultural que comparten México y Estados Unidos por varios miles de kilómetros. Pero para ellos, se trata de ocupar un espacio que la música mexicana llevaba décadas construyendo. “Nos toca portar la bandera y continuar por un camino que abrieron grupos como Pesado o Intocable”, continúa Beto. “Buscamos traer todo eso a una nueva generación”.
Y mientras el mundo parece empujarlos hacia adelante, ellos han decidido mirar hacia “atrás”.
Canciones para el dolor
Resulta paradójico que justo ahora, cuando la agrupación tiene más puertas abiertas que nunca, estén decidiendo regresar al sonido que los formó. En cualquier otra carrera, el movimiento lógico habría sido seguir apostando por la fórmula del éxito, el crossover. Pero ellos eligieron otro camino.
En parte, la decisión no nació sólo desde la nostalgia. Tampoco de un ejercicio de reivindicación cultural. En realidad, surgió de una inquietud mucho más profunda: el riesgo de comenzar a repetirse. A medida que el éxito crecía, algunos integrantes de la banda empezaron a preguntarse si, en el intento por mantener el impulso, corrían el peligro de perder esa espontaneidad que los había llevado hasta ahí. “Yo sí lo sentí”, admite Carlos cuando pongo el tema sobre la mesa. “Llegamos a un punto donde grabábamos canciones y yo le decía a Juan: ‘Wey, sí se escucha igual que la otra’. Sentía que podíamos dar más; no me quería quedar en ese estado de conformismo”.
Julián asiente. Para él, la inquietud no se limitaba únicamente al sonido. También alcanzaba las colaboraciones. “A veces pensábamos: ‘Hay que grabar con esta persona porque le está yendo muy bien y así podemos crecer juntos’. Y ahí perdías un poco el arte. Ya no era solamente hacer música porque te nacía”. Quizá por eso Con Dolor, su más reciente EP, funciona como una especie de recordatorio de quiénes eran antes de los récords, las giras y las colaboraciones exitosas. “Gran parte de este álbum está inspirado en la música con la que crecimos y en la identidad que siempre nos ha representado”, confiesa Julián.
Con Dolor es un proyecto que mira hacia adelante precisamente porque se atreve a mirar hacia la raíz. “No es decir que queremos regresar al origen porque apenas vamos empezando”, dice Juan con una sonrisa. “Pero queríamos mostrar la música con la que crecimos. La música que escuchamos cuando no estamos en el escenario. Los Cadetes de Linares, Invasores de Nuevo León, Pesado, Intocable”. “Este EP representa una parte muy importante de quiénes somos”, afirma Payo. “Siempre quisimos volver a esa esencia y al sonido norteño que nos conectó por primera vez con la gente”.
La intención se percibe en cada canción del proyecto: en “Ojitos bellos”, donde participa Ricky Muñoz, de Intocable; en “Cada vez me gusta más”, junto a Alejandro Fernández, una gran fuente de inspiración para ellos, según me dicen; en “Bye”, una canción que abraza la melancolía con la honestidad emocional que ha caracterizado a la banda; o en “Pary”, un tema que recupera el espíritu festivo de aquellos temas que durante décadas nos hicieron bailar. “‘Pary’ es de un estilo como el de ‘El sonidito’ o ‘La Chona’”, me explica Beto. “También sacamos un bolero porque queríamos hacerlo. Quizás apostar por un bolero puede parecer arriesgado en estos tiempos, porque no es un género que se escuche tanto, pero precisamente queremos traerlo de vuelta desde nuestra propia esencia”.
Pero el cambio más trascendental en Frontera parece estar en la libertad de crear sus propios espacios. Ese nuevo capítulo toma forma a través de BorderTown Records, el sello que lanzaron junto a The Orchard, y de YUMA, un complejo creativo de última generación en McAllen concebido para impulsar a nuevas generaciones de artistas.
Cuando les pregunto si el éxito les ha dado más libertad o más responsabilidad, la respuesta llega de inmediato y sin dudarlo. “Más responsabilidad”, responde Juan. Beto asiente y profundiza en la idea: “La gente no te va a hacer caso si no eres real. Nosotros hacemos música con el corazón. No estamos vendiendo algo falso. La verdad es que nosotros hacemos música porque nos apasiona y queremos transmitir eso en cada canción. Gracias a Dios hemos tenido una carrera muy exitosa, y en este momento buscamos seguir conectando con el público, pero también queremos recordarle a nuestros fans por qué estamos haciendo música. Queremos que se sientan identificados con nuestros temas y que encuentren algo de ellos en nuestras historias”.
Nos queda Un x100to
El verano comienza a instalarse en Los Ángeles y una mansión a escasos minutos de Hollywood sirve como escenario para mi tercer encuentro con Grupo Frontera, pero también para capturar esta sesión de fotos. Mientras se hacen los ajustes pertinentes, aprovecho para retomar una conversación que comenzó en la CDMX, continuó en Mérida y ahora se remata en Estados Unidos.
La banda se encuentra en un breve receso tras arrasar en prácticamente todas las fechas de su actual gira. Acaban de poner punto final a su recorrido por la República Mexicana en Tijuana, pero ya se preparan para continuar por algunas ciudades de Sudamérica y Europa.
Nuestra conversación inicia, precisamente, en el futuro: Madrid, Sevilla, París y mucho más. Territorios donde Frontera busca fortalecer una relación que apenas comienza. “Vamos con la mentalidad de poner nuestro granito de arena”, dice Beto. “Queremos regresar cada año. Claro que sabemos que habrá muchos latinos, pero también nos encantaría conectar con la gente de allá, con gente local”. Juan sonríe cuando la conversación gira hacia los idiomas y confiesa que ha estado aprendiendo francés para este nuevo reto que enfrentan. También asegura que le gustaría grabar algo en este idioma o en italiano. “No tanto por los views”, aclara. “Nada más por hacerlo”.
“Nunca digas nunca”, insiste Beto cuando les pregunto si, musicalmente hablando, hay alguna línea que jamás cruzarían. “Yo siento que lo que hacemos ahora es disfrutar, porque antes teníamos demasiado trabajo, pero ahora siento que sí estamos disfrutando de verdad”.
Por supuesto que en ese futuro —inmediato o no— también aparecen las colaboraciones soñadas de la agrupación. “Yo diría que Bruno Mars o Post Malone”, admite Juan. “Siento que es algo que encajaría mucho con nuestra esencia. Más que nada porque somos un grupo que puede hacer diferentes cosas, que no únicamente se centra en un estilo. Siento que nosotros somos como Carín León, que podemos explorar y podemos hacer muchos tipos de géneros. Pero bueno… Vamos empezando y aún nos falta mucho por descubrir”.
Antes de despedirnos, les pregunto cómo les gustaría ser recordados en un futuro lejano, cuando todo esto termine. La pregunta produce uno de los silencios más largos de nuestras conversaciones. Juan habla entonces de José José, de Juan Gabriel, de artistas cuya obra sobrevivió a las modas, a las listas de popularidad y al paso del tiempo. “Hace mucho decíamos de broma que nos gustaría ser el Intocable de nuestra época”, recuerda Carlos. “Pero ahora lo vemos distinto. No se trata solamente de compararnos con Intocable o con Bobby Pulido, sino que dentro de 30 años la gente siga poniendo nuestras canciones en las carnes asadas, en las reuniones familiares. Que digan: ‘Ellos definieron una época’… Como Messi y Cristiano”, dice entre risas.
La reflexión conduce inevitablemente a otra pregunta: ¿qué significa realmente el éxito para una banda que ya ha conseguido prácticamente todo lo que la industria suele medir? ¿Otro número uno global? Payo sonríe. Reconoce que hubo un momento, después de fenómenos como “No se va” y “Un x100to”, en el que ellos también quedaron atrapados por esa lógica. Con el tiempo algo cambió y los conciertos les enseñaron una forma distinta de medir el impacto de un tema. “A veces una canción no llega al número uno”, explica Payo, “pero luego ves a miles de personas cantándola de principio a fin y entiendes que eso tiene un enorme valor. Para nosotros, eso vale tanto o más que cualquier cifra”.
Mientras lo escucho, recuerdo aquella madrugada en Tokio. Al conductor japonés. La sonrisa que apareció cuando reconoció una canción de Grupo Frontera. Y pienso que quizá ahí es donde reside la verdadera medida de todo esto. No en los rankings, ni en los récords. Sino en esos instantes en los que una canción consigue conectar a dos personas que nacieron en extremos opuestos del planeta. Porque las cifras terminan convirtiéndose en estadísticas; pero las canciones, cuando sobreviven —que es el objetivo de Frontera—, terminan convirtiéndose en memorias. (GQ).