Cuando el crimen y el Estado comparten objetivos, la justicia se vuelve un acto de resistencia.
Nueva York, octubre de 2025.
Un tribunal federal de Manhattan condenó a dos integrantes de una red criminal asociada a la mafia rusa por su participación en un complot internacional destinado a asesinar a una periodista iraní exiliada en Estados Unidos. La operación, según el Departamento de Justicia, fue coordinada bajo órdenes de agentes vinculados al régimen de Teherán y ejecutada por intermediarios del crimen organizado con base en Europa del Este. La sentencia, que supera las dos décadas de prisión, envía un mensaje claro: atacar a la prensa no es solo un crimen, es una declaración de guerra contra la libertad.
Los acusados, Rafat Amirov, de origen iraní, y Polad Omarov, ciudadano georgiano, fueron hallados culpables de conspiración para cometer asesinato, tráfico de armas, crimen organizado y cooperación con un gobierno extranjero hostil. Ambos formaban parte del llamado Grupo Gulici, una organización mafiosa con ramificaciones en Letonia, República Checa, Turquía y Rusia, conocida por ofrecer servicios de “ejecución por encargo” para estructuras estatales o corporativas.
La investigación, liderada por el FBI en coordinación con Europol y Interpol, documentó transferencias electrónicas, mensajes encriptados y planes operativos que demostraron la existencia de una cadena de mando transnacional. De acuerdo con la fiscalía, los acusados recibieron pagos a través de empresas pantalla con sede en Dubái y cuentas vinculadas a bancos moscovitas que funcionaban como intermediarios financieros del aparato iraní.
Según el fiscal federal Damian Williams, “lo que distingue este caso no es la brutalidad del plan, sino su sofisticación: un Estado recurriendo a la mafia para hacer lo que su diplomacia no puede”. En su alegato final, subrayó que el intento de asesinato buscaba enviar un mensaje de miedo a los periodistas iraníes en el exilio, particularmente a quienes denuncian la represión y los abusos del régimen.
Medios de distintas regiones reflejaron el impacto geopolítico del fallo. The Washington Post destacó que la condena demuestra la creciente convergencia entre estructuras criminales y servicios de inteligencia en operaciones de represión transnacional. Le Monde International señaló que la justicia estadounidense “ha trazado una línea roja visible: el territorio de la prensa libre no es negociable”. En Asia, The Japan Times interpretó el caso como un recordatorio de que los regímenes autoritarios están dispuestos a tercerizar la censura a cambio de mantener las manos limpias ante la opinión pública internacional.
Organizaciones de derechos humanos celebraron la sentencia como un precedente histórico. Reporteros Sin Fronterasdeclaró que “por primera vez, un tribunal occidental no solo condena a los autores materiales, sino que vincula directamente la orden con un gobierno extranjero”. En tanto, Amnistía Internacional advirtió que este tipo de operaciones híbridas —que combinan inteligencia estatal y subcontratistas criminales— se han vuelto frecuentes contra periodistas, activistas y disidentes en Europa y América.
Fuentes de inteligencia europeas citadas por Der Spiegel confirmaron que el mismo grupo mafioso había sido investigado por intentos similares en Alemania y Reino Unido, aunque sin éxito. Los analistas advierten que estos esquemas se alimentan del anonimato financiero global: la represión se paga con criptomonedas, se ejecuta con pasaportes falsos y se encubre con empresas fachada que operan bajo jurisdicciones opacas.
La periodista iraní que era el objetivo de la operación —residente en Estados Unidos bajo medidas de protección— emitió un breve comunicado en el que agradeció la actuación de las autoridades y afirmó que “la libertad de expresión sigue siendo el enemigo natural de quienes gobiernan desde el miedo”. Su nombre permanece bajo reserva judicial.
El gobierno iraní, por su parte, rechazó las acusaciones y calificó el proceso como una “provocación política”, sin ofrecer evidencia que refutara la conexión financiera entre los condenados y los intermediarios del régimen. Rusia también evitó pronunciarse oficialmente, aunque medios próximos al Kremlin afirmaron que los acusados no tenían vínculos con estructuras estatales rusas.
Más allá de las declaraciones, la sentencia envía un mensaje inequívoco: los crímenes contra periodistas ya no son asuntos locales, sino atentados globales contra la verdad. En palabras de la jueza que dictó el fallo, “quien intente silenciar la información, descubrirá que la justicia no tiene frontera”.
Y en ese eco judicial se dibuja una advertencia que trasciende la sala de Manhattan:
si te metes con los periodistas, te metes con la democracia entera.
Phoenix24: hechos que no se doblan. / Phoenix24: facts that do not bend.