El río Sena regresa a los parisinos: un siglo después, la ciudad recupera su cauce como espacio de vida

París, julio de 2025. Por primera vez en más de cien años, los habitantes de París volvieron a sumergirse legalmente en las aguas del Sena. Tras una espera que se remontaba a 1923, el gobierno francés habilitó tres zonas de baño en el corazón de la capital, entre ellas una a los pies de la Torre Eiffel. La medida, celebrada por autoridades, ambientalistas y ciudadanos, marca un hito en la historia urbana europea y proyecta una imagen renovada de resiliencia ambiental, adaptación climática y recuperación del espacio público.

El proyecto forma parte de una estrategia de transformación iniciada desde 2018, en preparación para los Juegos Olímpicos de 2024. Con una inversión superior a los mil cuatrocientos millones de euros, el Estado francés y el Ayuntamiento de París emprendieron un ambicioso plan de saneamiento del río: conectaron más de 40,000 viviendas al sistema de alcantarillado, ampliaron plantas de tratamiento de aguas residuales y construyeron tanques de retención subterráneos para evitar descargas contaminantes tras lluvias intensas. Hoy, la calidad del agua del Sena cumple con los estándares bacteriológicos de la Unión Europea, permitiendo oficialmente el baño controlado en ciertas zonas.

Un hombre se arroja al río Sena con la torre Eiffel de fondo (JULIEN DE ROSA / AFP)

Pero esta reapertura va más allá de lo simbólico. En un contexto de olas de calor cada vez más frecuentes, la posibilidad de contar con un recurso natural accesible dentro del núcleo urbano representa un alivio concreto para la población. Las autoridades han implementado un sistema riguroso de monitoreo de calidad del agua, vigilancia con socorristas y protocolos de cierre temporal en caso de precipitaciones o riesgos sanitarios. La iniciativa contempla recibir hasta mil personas por día durante el verano, con miras a extender el modelo a catorce nuevos puntos de baño en el área metropolitana de París.

La alcaldesa Anne Hidalgo calificó la reapertura como un triunfo colectivo, fruto de una visión a largo plazo. El presidente Emmanuel Macron, por su parte, saludó el acontecimiento como una muestra del potencial de la cooperación institucional para mejorar la calidad de vida urbana y mitigar los efectos del cambio climático. El Ministerio de Medio Ambiente destacó que este paso representa no solo la recuperación ecológica de un río, sino la transformación de una ciudad que busca reconciliarse con su geografía y su historia fluvial.

La Policía custodia las inmediaciones del río Sena (JULIEN DE ROSA / AFP)

Sin embargo, voces especializadas en ecología urbana llaman a la prudencia. El Sena, como todo ecosistema fluvial vivo, sigue expuesto a dinámicas cambiantes. A pesar del éxito del saneamiento, episodios aislados de contaminación, residuos flotantes o alteraciones químicas podrían requerir cierres intermitentes para garantizar la seguridad sanitaria. La experiencia de París se presenta, así, como un experimento de alta complejidad, donde la voluntad política, la ingeniería ambiental y la conciencia ciudadana deben mantenerse en sincronía.

Desde una perspectiva internacional, el caso parisino ya es observado con interés por ciudades como Roma, Nueva York, Buenos Aires y Berlín, todas ellas atravesadas por ríos históricamente degradados. Instituciones como el Banco Mundial y el Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente han comenzado a analizar el modelo como una posible referencia para proyectos de recuperación hídrica en entornos urbanos densamente poblados. En un mundo donde el acceso a espacios verdes y cuerpos de agua limpios se convierte en un indicador de justicia ambiental, París parece haber inaugurado una nueva narrativa.

Personas nadan en la zona de baño segura de Bras Marie, en el río Sena, en París (AP Foto/Thomas Padilla)

Más allá de la imagen idílica de familias nadando entre los muelles y los puentes históricos, el regreso del Sena a la vida cotidiana de los parisinos constituye una declaración de principios: el agua, cuando se gestiona con responsabilidad, puede dejar de ser un símbolo de riesgo o abandono para convertirse en un catalizador de bienestar. Después de más de un siglo de exclusión, el río vuelve a ser protagonista, no solo como postal turística, sino como refugio frente a las olas de calor, lugar de encuentro y metáfora urbana del renacimiento ecológico.

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