La guerra ya busca legitimidad religiosa.
Teherán, marzo de 2026
La escalada militar contra Irán no solo está reconfigurando frentes y rutas marítimas, también está empujando a sectores del poder religioso a ocupar el espacio que deja una narrativa estatal tensionada por las pérdidas y la presión interna. En ese marco, un clérigo de alto perfil, Abdollah Javadi Amoli, difundió un mensaje en la televisión estatal iraní en el que llamó explícitamente a la violencia contra el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, y contra israelíes, presentándolo como una obligación religiosa. El contenido, reportado por medios internacionales, no es un exabrupto aislado sino un síntoma: cuando la guerra se complica, algunos regímenes buscan un segundo motor de movilización, y ese motor suele ser la sacralización del conflicto.
La relevancia del episodio no depende de su impacto inmediato, sino del tipo de puerta que intenta abrir. Un llamado religioso a la violencia tiene una función política específica: convertir la retaliación en deber moral y trasladar el conflicto desde la esfera del Estado hacia el imaginario de comunidad. Ese movimiento diluye responsabilidades, desplaza el debate sobre proporcionalidad y, en el peor escenario, abre el terreno para acciones descentralizadas que ningún gobierno admite controlar. En guerras prolongadas, el riesgo no es solo la cadena de mando militar; es la multiplicación de actores que actúan “en nombre de”, sin necesitar una orden formal.
El mensaje aparece mientras Teherán intensifica su lenguaje de amenaza en el Golfo y en la región. Según reportes, autoridades iraníes advirtieron sobre represalias y señalaron que, en un contexto de guerra, el paso por el Estrecho de Ormuz estaría bajo control iraní. Paralelamente, la Guardia Revolucionaria afirmó haber atacado un petrolero estadounidense en el norte del Golfo e incendiado la nave, aunque en ese momento no había confirmación oficial de Washington sobre el incidente. La combinación de retórica religiosa y retórica militar no es casual: opera como pinza. Una parte busca reforzar cohesión interna y otra intenta elevar el costo percibido para adversarios y para el comercio global.
El entorno en el que estas amenazas se emiten es el de una guerra que, según distintos conteos citados en la prensa, ya ha dejado más de mil muertos en Irán y decenas de víctimas en escenarios conectados, incluyendo Líbano e Israel. En ese paisaje, los gobiernos no solo administran operaciones; administran humillación y duelo. Ahí es donde la propaganda se vuelve más peligrosa, porque el dolor social facilita el salto desde la denuncia política hacia el mandato moral. La frontera entre “resistencia” y “venganza” se vuelve porosa cuando la autoridad religiosa se presenta como intérprete del sufrimiento nacional.
Para Washington, el riesgo inmediato no es únicamente diplomático. Cuando figuras religiosas llaman a la violencia con lenguaje de obligación, los aparatos de seguridad tienden a traducirlo como señal de incremento de amenaza, incluso si no hay evidencia directa de una operación específica. En Estados Unidos, reportes de medios estadounidenses señalan que autoridades de seguridad han advertido sobre decretos religiosos emitidos por clérigos iraníes que convocan a “vengar” la muerte del líder supremo iraní, con potencial de motivar a actores radicalizados. En términos de seguridad nacional, el problema no es solo el autor de la proclama; es el ecosistema que la amplifica, la interpreta y la convierte en permiso simbólico.
La dimensión internacional agrava el problema por una razón simple: la violencia legitimada en términos religiosos tiende a rebasar fronteras más rápido que la violencia estatal. Un misil se rastrea, un dron se atribuye, una cadena logística se detecta. Pero un acto descentralizado inspirado por discurso religioso es más difícil de anticipar y más fácil de negar. Esa ambigüedad resulta funcional para quienes desean castigar sin asumir costos diplomáticos directos. También resulta corrosiva para el orden internacional, porque normaliza el lenguaje de eliminación y lo coloca en el espacio público como si fuera una herramienta política aceptable.
En paralelo, el componente marítimo del conflicto sigue elevando su carga de riesgo sistémico. El Golfo no es solo un teatro militar, es una arteria económica. Cada amenaza sobre Ormuz, cada reporte de ataque a embarcaciones, cada incendio en el mar, se traduce en primas de seguro, rutas alternativas y precios energéticos que golpean a economías que no tienen participación en la guerra pero sí dependencia del flujo. La presión sobre el comercio empuja a navieras y a mercados a reaccionar incluso cuando los gobiernos intentan controlar la narrativa. En esta fase, la percepción de inseguridad se vuelve un actor propio.
Lo más inquietante del episodio es el desplazamiento del conflicto hacia un lenguaje de obligación absoluta. Cuando se invoca el deber religioso para justificar violencia contra individuos o colectividades, se reduce el margen de desescalada porque se vuelve más costoso retroceder. Negociar deja de ser pragmatismo y empieza a ser traición, al menos en el relato. En sistemas políticos con fracturas internas, esa lógica puede ser usada para disciplinar disidencias, culpar a enemigos externos de todo deterioro interno y justificar medidas de excepción. En otras palabras, el discurso religioso bélico no solo amenaza fuera; también ordena dentro.
Aun así, conviene distinguir entre ruido y arquitectura. Un mensaje incendiario no equivale automáticamente a una política oficial, pero sí revela un clima y un margen de tolerancia del sistema que lo difunde. La televisión estatal, por definición, no es un espacio neutral. Cuando amplifica llamados a la violencia, comunica algo sobre el momento político: o bien se busca intimidar, o bien se busca movilizar, o bien se busca ambas cosas. Y cuando un régimen cruza esa línea, el costo suele ser acumulativo, porque obliga a terceros a endurecer su postura, refuerza justificaciones de respuesta y alimenta la espiral de represalias.
Este episodio también redefine una pregunta incómoda para la región y para Europa: ¿qué ocurre cuando la guerra deja de ser solo choque de capacidades y se convierte en choque de legitimidades? En ese punto, los actores moderados pierden espacio, la diplomacia se vuelve más frágil y los incidentes se vuelven más difíciles de contener. La guerra, entonces, ya no se mide solo por objetivos destruidos, sino por el tipo de lenguaje que se vuelve normal en horario estelar.
La narrativa también es poder. / Narrative is power too.