La próxima pantalla podría dejar de estar en la mano.
Menlo Park, marzo de 2026
La predicción de Mark Zuckerberg sobre la eventual desaparición del celular no debe leerse como una simple extravagancia futurista de Silicon Valley, sino como una declaración estratégica de poder industrial. Cuando el director ejecutivo de Meta afirma que los teléfonos inteligentes podrían ser desplazados por gafas inteligentes con inteligencia artificial, no está describiendo únicamente una innovación posible, sino intentando moldear la siguiente etapa del mercado digital. La apuesta es clara: mover el centro de la vida conectada desde la pantalla que se sostiene con la mano hacia dispositivos portables que acompañen el cuerpo de forma más constante y menos visible. En ese escenario, la discusión deja de ser sobre un gadget nuevo y pasa a ser sobre quién controlará la próxima interfaz dominante.
La lógica empresarial detrás de esa visión tiene coherencia. Meta lleva tiempo presentando sus gafas inteligentes como un punto de convergencia entre asistente de IA, cámara, audio, traducción en tiempo real y conexión contextual con el entorno. Sus desarrollos recientes, incluidos modelos con pantalla integrada y control mediante pulsera neuronal, muestran que la compañía no está hablando en abstracto, sino construyendo una arquitectura tecnológica orientada a reducir la centralidad del smartphone. Al mismo tiempo, la competencia en el mercado de gafas inteligentes crece con rapidez, lo que confirma que no se trata de una ocurrencia aislada, sino de una carrera industrial por definir el próximo objeto dominante de la vida digital.
Sin embargo, una cosa es proyectar el fin del celular y otra muy distinta ejecutar esa transición a escala masiva. La propia industria reconoce que los teléfonos conservan ventajas decisivas: ecosistemas de aplicaciones maduros, hábitos de uso profundamente arraigados, autonomía relativamente predecible y una interfaz que millones de personas ya dominan sin fricción. Incluso dentro del propio sector tecnológico existe cautela sobre la velocidad del cambio. Esa reserva importa porque introduce una corrección crucial frente al entusiasmo corporativo: el reemplazo total no parece inminente, aunque el desplazamiento parcial sí empieza a perfilarse como posibilidad real.
Lo interesante, entonces, no es imaginar una extinción abrupta del celular, sino observar cómo podría ir perdiendo centralidad sin desaparecer del todo. Ya ocurrió algo parecido con la computadora personal, que no dejó de existir, pero sí cedió protagonismo en numerosas tareas frente al móvil. Zuckerberg parece sugerir una mutación de ese tipo: el smartphone seguiría existiendo durante un tiempo, aunque cada vez más relegado a un segundo plano mientras las gafas absorben funciones de comunicación, navegación, traducción, asistencia y captura de contenido. La transición, si ocurre, no será teatral, sino progresiva, casi imperceptible al principio.
Pero esa promesa tecnológica viene acompañada de una capa más delicada: vigilancia, privacidad y concentración de poder. Si el celular ya convirtió a las grandes plataformas en mediadoras constantes de la vida diaria, unas gafas inteligentes ampliamente adoptadas empujarían esa mediación a un nivel todavía más íntimo. La cuestión de fondo no es solo qué tan cómodas o útiles pueden ser las gafas, sino cuánto control adicional concederán los usuarios a empresas que aspiran a ver, escuchar, interpretar y asistir cada vez más momentos de la vida cotidiana. La siguiente plataforma no será solo más práctica, también podría ser más invasiva.
A nivel de mercado, además, la apuesta de Meta revela una lucha más amplia por definir el futuro de la computación personal. No compite solo contra fabricantes de teléfonos, sino contra todo un ecosistema que incluye software, publicidad, comercio digital y captura de datos. Quien logre imponer la próxima interfaz dominante no solo venderá hardware, sino que podrá reorganizar la economía de la atención y reescribir los hábitos de miles de millones de personas. Por eso el discurso del “fin de los celulares” funciona también como mensaje para inversionistas, desarrolladores y competidores: Meta quiere instalar la idea de que el próximo gran salto ya comenzó y que pretende ocupar el centro de esa transición.
En términos prácticos, el celular no parece destinado a desaparecer de inmediato, pero sí a dejar de ser el único núcleo de la vida digital. La ruta más verosímil es una convivencia prolongada en la que el teléfono permanezca como soporte, mientras las gafas capturan funciones cada vez más visibles. Eso modificaría no solo el mercado de dispositivos, sino la forma en que las personas se relacionan con el espacio, con la información y entre sí. Y ahí está el verdadero peso de la predicción de Zuckerberg: no anuncia solamente un objeto nuevo, sino una ofensiva por redefinir la relación entre cuerpo, atención y tecnología en la próxima década.
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