Home OpiniónDescubren que los indígenas andinos tienen un “superpoder” digestivo: este alimento cambió su ADN hace 10.000 años

Descubren que los indígenas andinos tienen un “superpoder” digestivo: este alimento cambió su ADN hace 10.000 años

by Phoenix 24

Hay alimentos que cambian la historia. Y otros que, además, parecen haber cambiado el propio cuerpo humano. Eso es lo que sugiere una investigación internacional que acaba de revelar un fenómeno genético extraordinario en poblaciones indígenas de los Andes peruanos: sus descendientes actuales poseen el mayor número conocido en el mundo de copias de un gen relacionado con la digestión del almidón.

El hallazgo, publicado en Nature Communications, no solo conecta genética y alimentación de una manera sorprendente. También abre una ventana fascinante a cómo las antiguas costumbres culinarias pudieron dejar huellas permanentes en nuestro ADN miles de años antes de la llegada de la escritura, las ciudades o incluso los imperios andinos.

La investigación, tal y como ha revelado el equipo liderado por la Universidad de California en Los Ángeles (UCLA) y la Universidad de Buffalo, analizó el ADN de más de 3.700 personas pertenecientes a 85 poblaciones de América, Europa, Asia y África. Entre ellas había comunidades indígenas quechuas de Perú, habitantes históricos de las alturas andinas donde el aire escasea y donde la agricultura obligó a desarrollar soluciones extremas para sobrevivir.

Los científicos ya sabían que las poblaciones andinas presentaban adaptaciones relacionadas con la altitud, como una mejor respuesta a la falta de oxígeno. Sin embargo, esta vez el foco no estaba en los pulmones ni en la sangre, sino en algo mucho más cotidiano: la saliva.

Una señal escondida en la boca

Todo gira alrededor del gen AMY1, responsable de producir amilasa salival, una enzima que empieza a descomponer el almidón mientras todavía masticamos. Cuantas más copias de este gen tiene una persona, mayor suele ser la producción de esa enzima.

En la mayoría de poblaciones humanas actuales, el número de copias varía enormemente. Hay individuos con apenas dos y otros que superan la decena. Pero lo que llamó la atención de los investigadores fue que los indígenas andinos modernos presentaban cifras excepcionalmente altas.

Los datos mostraron que muchos habitantes de origen quechua en Perú poseen alrededor de 10 copias del gen AMY1, una cifra que supera entre dos y cuatro copias a la media observada en la mayoría de poblaciones analizadas. Según el estudio, ninguna otra comunidad estudiada alcanza niveles tan elevados de forma sistemática.

Un agricultor sostiene un alimento tradicional en Perú

El fenómeno intrigaba especialmente porque otras poblaciones americanas con un origen ancestral similar no mostraban la misma característica genética. El contraste más llamativo apareció al comparar a los quechuas peruanos con comunidades mayas de México. Ambos grupos comparten parte de su historia evolutiva en América, pero los mayas presentan una media mucho menor de copias del gen.

Los científicos creen que esta adaptación genética comenzó a expandirse justo cuando las poblaciones andinas empezaron a cultivar este alimento en las alturas hace entre 6.000 y 10.000 años.

La pista que llevaba hasta la patata

La clave apareció al cruzar genética, arqueología y cronología. Tal y como indica el trabajo científico, el incremento de estas variantes genéticas coincide con el periodo en el que las poblaciones andinas comenzaron a domesticar uno de los alimentos más importantes de la historia humana: la patata.

Los Andes fueron el primer lugar del planeta donde este tubérculo empezó a cultivarse de forma sistemática hace entre 6.000 y 10.000 años. Mucho antes de llegar a Europa o convertirse en la base de platos universales, la patata ya era esencial para sobrevivir en las montañas sudamericanas.

En esas altitudes extremas, donde cultivar cereales resultaba complicado, la patata ofrecía una fuente estable de calorías y almidón. Y ahí es donde la evolución parece haber actuado.

Los investigadores descubrieron señales muy claras de selección natural positiva sobre las variantes asociadas a un mayor número de copias del AMY1. En otras palabras: las personas capaces de digerir mejor el almidón habrían tenido más probabilidades de sobrevivir y dejar descendencia.

El estudio calcula incluso que quienes poseían estas variantes disfrutaron de una ventaja reproductiva o de supervivencia cercana al 1,24% por generación. Puede parecer poco, pero sostenido durante miles de años basta para transformar el perfil genético de toda una población.

La evolución no crea desde cero

Uno de los aspectos más interesantes del trabajo es que desmonta una idea muy extendida sobre la evolución humana. Los científicos explican que los antiguos habitantes andinos no “desarrollaron” nuevas copias del gen al empezar a comer patatas. Las variantes ya existían previamente dentro de la población.

Lo que ocurrió fue algo mucho más lento y silencioso. Aquellos individuos con más copias del AMY1 probablemente procesaban mejor dietas ricas en almidón y terminaron dejando más descendientes. Con el tiempo, esas variantes se volvieron cada vez más frecuentes.

Para demostrarlo, el equipo utilizó tecnologías de secuenciación genética ultralarga capaces de reconstruir regiones extremadamente complejas del ADN humano. Gracias a ello pudieron descartar que el fenómeno fuese simplemente consecuencia del colapso demográfico sufrido por los pueblos indígenas tras la llegada europea en el siglo XV.

Ese punto era esencial. Las epidemias, guerras y hambrunas posteriores a la colonización redujeron drásticamente la diversidad genética americana. Los investigadores querían saber si la desaparición aleatoria de ciertos linajes podía explicar las diferencias actuales. Pero los análisis mostraron que la expansión de las variantes asociadas al AMY1 era muchísimo más antigua y ya estaba consolidada miles de años antes del contacto europeo.

Lo que podría significar para el futuro

Más allá de la curiosidad histórica, el hallazgo plantea preguntas sorprendentes sobre el presente. Si la alimentación fue capaz de moldear el genoma humano en apenas unos milenios, ¿qué efectos podrían tener las dietas modernas globalizadas?

Los propios autores sugieren que en el futuro podrían diseñarse recomendaciones nutricionales personalizadas según la genética de cada individuo. No todas las personas metabolizan igual los alimentos ricos en almidón, y genes como AMY1 podrían ayudar a entender mejor por qué algunas dietas funcionan de manera distinta según la población.

La investigación también desmonta parcialmente la idea de que el cuerpo humano sigue “anclado” al Paleolítico. Tal y como ha adelantado el equipo científico, nuestra biología sí ha seguido evolucionando con la agricultura y con los cambios alimentarios recientes.

Y quizá ahí reside la parte más fascinante del descubrimiento: mientras las antiguas comunidades andinas cultivaban patatas en las montañas sin sospecharlo, la selección natural estaba transformando silenciosamente su organismo generación tras generación. Incluso antes de que existieran las patatas fritas, la evolución ya estaba escribiendo su historia dentro de la boca humana. (M).

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