Un venezolano convierte residuos en íconos, reinventando el lenguaje visual desde lo cotidiano.
São Paulo, septiembre 2025
Yhorby Ventura ha construido un arte que funciona como espejo crítico, utilizando plástico desechado y metales en desuso como materia prima para sus creaciones pop. Nacido en Caracas y residente en Madrid, ha innovado al transformar lo residual en lenguaje artístico, convirtiendo tapas, latas y cartones en figuras de cultura popular que dialogan con la identidad, las redes sociales y la fugacidad del consumo masivo.
Sus piezas, que se exhiben hoy en galerías de Europa, están integradas por objetos cotidianos ensamblados sin orden aparente: relojes plásticos, fragmentos de envases y colores neón. Frente a la estética digital y limpia del arte contemporáneo, el trabajo de Ventura irrumpe como una urgencia visual. Los objetos reciclados cobran vida y atrapan al espectador, obligándolo a reflexionar sobre lo que consume y descarta.
Fotografía de una escultura de un insecto en Maracaibo, Venezuela (Crédito: EFE/ Henry Chirinos)
En la tradición venezolana del arte social y del reciclaje, Ventura se conecta con referentes como los murales con tapas de botella de Oscar Olivares, donde la basura se convirtió en memoria colectiva. Sin embargo, Ventura se diferencia al no construir murales comunitarios, sino retratos individuales y piezas que remiten al universo pop global. Utiliza residuos para recrear rostros pixelados, personajes mediáticos y figuras estilizadas que evocan el impacto de las redes sociales.
En una de sus obras más compartidas en Instagram, Ventura retrata con tapas plásticas la cara fragmentada de una celebridad pop. La pieza no solo refleja la saturación visual, también cuestiona la naturaleza efímera de lo viral. Lo desechable se convierte en metáfora de la cultura descartable, donde la fama dura lo mismo que un objeto de un solo uso.
Su trabajo tiene un doble efecto. Rescata el valor simbólico de lo que parecía inútil y lo transforma en referente cultural. En lugar de recuperar lo ancestral, resignifica lo banal contemporáneo. Transforma desechos en iconografía. Esa operación convierte a su arte en un gesto poético y crítico a la vez: lo vulgar se vuelve sagrado.
Esta práctica lo alinea con un movimiento más amplio de arte reparador que crece en América Latina, África y Asia. Allí, artistas reutilizan objetos del consumo masivo —desde empaques hasta carteles publicitarios— para construir narrativas de resistencia. Ventura lo hace desde el fragmento, la chatarra y la estética pop, articulando un discurso que conecta con públicos jóvenes acostumbrados a consumir imágenes sin pausa.
Fotografía de Yhorby Ventura observando una escultura de una guacamaya, en Maracaibo, Venezuela (Crédito: EFE/ Henry Chirinos)
Entre sus piezas más contundentes destaca una máscara ensamblada con restos de marcas globales. Los logotipos recortados forman un rostro humano que simboliza la identidad contemporánea como collage. Es una reflexión sobre cómo la cultura corporativa y los desechos que genera acaban definiendo lo que somos. El mensaje es claro: la identidad no es pura, es un mosaico hecho de fragmentos que otros desechan.
El impacto de su obra reside también en la ambigüedad. ¿Es una propuesta ecológica, un gesto activista o simplemente una estética pop? Ventura evita definirse. Prefiere dejar que las piezas hablen y generen sus propias lecturas. Para algunos es una denuncia ambiental. Para otros, un espejo incómodo del exceso de consumo. Y para muchos jóvenes, es simplemente arte vibrante que habla su mismo idioma visual.
Lo cierto es que sus creaciones logran lo que pocas piezas contemporáneas alcanzan: atrapar miradas, interpelar y ser compartidas. En una época dominada por pantallas, Ventura propone detenerse frente a un objeto compuesto de fragmentos y reconocer su belleza. Es un llamado a ver en lo ordinario algo extraordinario, en la chatarra una posibilidad de relato.
En síntesis, Yhorby Ventura convierte lo que se descarta en resonancia estética. No recicla basura para darle un uso práctico, sino para generar memoria cultural. Sus obras son iconografía reciclada, una poética del residuo. Nos empujan a mirar lo trivial con nuevos ojos, a entender que lo que desechamos puede volver como símbolo poderoso y bello.
La narrativa también es poder.
Narrative is power too.