Damasco bajo fuego: Israel lanza ofensiva sobre el centro militar sirio mientras crece la violencia contra la minoría drusa

La protección de los drusos se convierte en nuevo eje estratégico israelí en Siria, mientras se redefine el equilibrio de poder regional entre Teherán, Moscú y Jerusalén

Damasco, julio de 2025 — El cielo nocturno de la capital siria volvió a iluminarse con el estruendo de misiles israelíes. Esta vez, el blanco fue el corazón del poder militar sirio: el complejo del Estado Mayor en Damasco. La ofensiva, confirmada por las Fuerzas de Defensa de Israel, responde a una escalada de violencia sectaria que durante semanas ha desangrado a la provincia de Suwayda, bastión histórico de la minoría drusa al sur del país. El ataque dejó al menos cinco muertos y decenas de heridos, entre ellos oficiales de alto rango y civiles atrapados por el impacto colateral, según el Observatorio Sirio de Derechos Humanos.

La comunidad drusa, que ha mantenido durante años una posición ambigua en la guerra civil siria, ha sido arrastrada de nuevo al centro del conflicto por el resurgimiento de milicias beduinas radicalizadas y por la pasividad —cuando no complicidad— del nuevo gobierno sirio instalado tras la caída de Bashar al-Assad. Los choques recientes, documentados por informes filtrados desde la oficina regional del Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados, indican ataques organizados contra aldeas drusas, con patrones que recuerdan a episodios de limpieza étnica en décadas pasadas.

Desde Jerusalén, la respuesta fue inmediata. Israel declaró que no permitirá que la historia se repita y que no dudará en actuar más allá de sus fronteras si la supervivencia de los drusos está en juego. En una conferencia de prensa, el ministro de Defensa, Yoav Gallant, subrayó que “la protección de las comunidades aliadas de Israel, donde sea que se encuentren, es parte integral de nuestra doctrina de seguridad nacional”. La declaración no solo abre una nueva etapa en la política exterior israelí, sino que también reaviva los fantasmas de una intervención sostenida en suelo sirio, más allá de las operaciones quirúrgicas habituales contra infraestructura iraní o logística de Hezbolá.

En paralelo, las reacciones diplomáticas han sido polarizadas. Mientras Rusia calificó la operación como “una agresión directa contra un Estado soberano”, y exigió una reunión urgente del Consejo de Seguridad de la ONU, Estados Unidos optó por una declaración ambigua, instando a la moderación sin condenar el ataque. China, por su parte, activó su canal diplomático con Tel Aviv y expresó su rechazo a lo que considera una intromisión desestabilizadora en la región, aunque evitó emplear términos hostiles. Reportes de medios como el South China Morning Post señalan que Pekín observa con creciente recelo cualquier acción que altere sus corredores estratégicos de inversión en Medio Oriente, particularmente en Siria, donde ha firmado acuerdos clave para la reconstrucción post-conflicto.

Los hechos recientes también han revelado fisuras internas en el aparato sirio. Fuentes vinculadas al Carnegie Middle East Center advierten que el nuevo liderazgo de Ahmad al-Sharaa enfrenta serias dificultades para contener las alianzas tribales que operan al margen del Estado, muchas de ellas conectadas con redes informales de financiamiento provenientes de Jordania e Irak. Esto convierte a Siria no solo en un Estado frágil, sino en un tablero abierto donde potencias externas, milicias internas y minorías sitiadas luchan por el control del sur.

Para los analistas del CSIS y Stratfor, lo ocurrido en Damasco representa más que un bombardeo: es el indicio de una doctrina emergente, centrada en intervenciones étnico-preventivas que buscan legitimar acciones militares bajo el argumento de protección comunitaria. En el caso de Israel, esta lógica se ve reforzada por los vínculos históricos con los drusos, muchos de los cuales sirven en las filas del ejército israelí y habitan en los Altos del Golán, una zona cuya estabilidad es clave para la seguridad del norte del país. Este enfoque, sin embargo, podría generar fricciones con actores internacionales que temen una escalada regional más amplia.

Mientras tanto, el mercado reaccionó con señales mixtas: el índice bursátil TA-35 de Tel Aviv sufrió una ligera caída del 1.2%, mientras que el petróleo Brent se disparó a más de 91 dólares el barril, reflejando el nerviosismo ante una posible ampliación del conflicto. En Beirut, expertos del Instituto de Estudios Estratégicos de Defensa advierten que si se consolida esta tendencia de intervenciones focalizadas por razones étnicas, podríamos estar ante una nueva fase del conflicto sirio, no guiada por la ideología, sino por la biopolítica de las identidades.

La situación podría estabilizarse si Israel limita sus acciones a ataques puntuales y logra establecer canales de ayuda humanitaria que aseguren corredores seguros para la población drusa. Sin embargo, no puede descartarse una reacción violenta de Damasco o de sus aliados iraníes, especialmente si se considera que la ofensiva ha afectado centros neurálgicos de la cadena de mando siria. Cualquier represalia por parte de Teherán o de Hezbolá abriría múltiples frentes simultáneos, debilitando la capacidad de contención israelí y atrayendo la atención de actores externos como Turquía o incluso la OTAN. En un giro aún más complejo, algunos diplomáticos en Ginebra sugieren que una fuerza multinacional liderada por Naciones Unidas o bajo patrocinio turco podría emerger para supervisar la seguridad en Suwayda, creando una zona autónoma similar al modelo kurdo en el noreste, pero con el apoyo de actores drusos regionales y occidentales.

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