Cuando el llamado al combate se convierte en silencio, se revela cuán frágil es la retórica de poder.
Caracas, septiembre de 2025
El plan “El pueblo va a los cuarteles”, promovido por Nicolás Maduro como una fase avanzada de entrenamiento militar y cohesión, demostró este fin de semana que no existe respaldo popular suficiente para las ambiciones del régimen. El llamado fue para que los “millones de milicianos” que Maduro afirma controlar acudieran a 312 instalaciones militares de todo el país, incluyendo puntos de instrucción, adiestramiento y demostraciones de lealtad, en respuesta a lo que el Ejecutivo describe como amenazas externas e internas.
Los cuarteles, sin embargo, lucieron vacíos. En los recintos más emblemáticos se presentaron unas decenas —principalmente empleados públicos y algunos dirigentes oficialistas—, pero nada que se aproxime a lo previsto por las autoridades. Las convocatorias se hicieron a través del sistema oficial de registro, mensajes por teléfono y listas en redes como Telegram y WhatsApp, así como desde plataformas oficiales; aún así la población respondió con indiferencia o decisión de no acompañar la movilización que el Gobierno describía como esencial para su supervivencia política.

Esta fue la asistencia al entrenamiento en la instalación militar de San Carlos, estado Cojedes
Ni los Cuerpos Combatientes ni la Milicia Nacional asistieron masivamente al llamado; los centros de los cuarteles, lejos de llenarse de militantes armados, reflejaban un eco de vacío. La escasez de público redujo la convocatoria a un acto simbólico desprovisto de volumen. Los que acudieron lo hicieron, en muchos casos, para cumplir un deber burocrático antes que con convicción combativa.
Este fracaso representa más que una derrota logística; desnuda la desconexión entre el discurso oficial y la realidad cotidiana. El miedo a ser “carne de cañón”, la incertidumbre sobre lo que implicaría una escalada militar, las dudas sobre los fines reales del entrenamiento y la obligación de responder por interés político parecen haber pesado más que el llamado patriótico.
Analistas independentistas señalan que esto es una manifestación más de desgaste de un régimen que necesita reafirmaciones de poder, pero no encuentra cómo transformar esas afirmaciones en apoyos reales. El vacío en los cuarteles puede interpretarse como una alarma: quienes antes parecían actores seguros del aparato militarizado del chavismo hoy evitan comprometer su cuerpo o su presencia en escenarios que puedan ponerlos en riesgo.
En términos simbólicos este episodio puede resultar tan potente como cualquier batalla declarada. En un país donde la militarización de lo político y lo civil se ha convertido en norma, el silencio del pueblo en las instalaciones militares equivale a un abismo de legitimidad. Lo ocurrido descompone la narrativa oficial de fuerza, de unidad y de capacidad para movilizar masas, poniendo de relieve la ansiedad interna de un Gobierno acostumbrado a proyectar control incluso donde ya no lo tiene.
Detrás de cada dato, hay una intención. Detrás de cada silencio, una estructura.
Behind every fact, there is an intention. Behind every silence, a structure.