Washington, julio de 2025 —
Ismael “El Mayo” Zambada, uno de los capos más legendarios y esquivos del narcotráfico mexicano, enfrenta un nuevo umbral de presión internacional. Las crecientes demoras en su eventual proceso judicial, el endurecimiento del cerco financiero a sus operaciones y la reciente recomposición diplomática entre México y Estados Unidos han abierto un escenario tan inédito como inquietante: la posibilidad de que el histórico líder del Cártel de Sinaloa opte por una colaboración parcial o indirecta con autoridades estadounidenses.
Aunque formalmente no existen cargos en firme en su contra dentro del sistema judicial de EE. UU., diversas fuentes de inteligencia han confirmado que el Departamento de Justicia considera a Zambada como una figura prioritaria para desmantelar la estructura residual del cártel tras las capturas de Ovidio Guzmán y otros operadores clave. Washington necesita resultados visibles que demuestren eficacia en la “guerra contra el fentanilo”, especialmente en un año electoral. El nombre del Mayo, por su peso simbólico e histórico, ofrece esa narrativa.
La presión no proviene solo del norte. En México, las instituciones de seguridad han intensificado el bloqueo de activos, las operaciones encubiertas y la vigilancia electrónica sobre los supuestos enlaces familiares y financieros del capo. No obstante, en Sinaloa, el Mayo continúa ejerciendo una influencia casi mitológica. A diferencia de otros capos que optaron por el exhibicionismo mediático, él ha construido un perfil de bajo ruido, reforzando una imagen de “capo invisible”, lo que lo ha protegido durante más de tres décadas de una captura directa.
Pero esa aura de invisibilidad ahora podría volverse una carga estratégica. En los últimos seis meses, el Departamento del Tesoro ha redoblado sus sanciones y congelamientos de cuentas asociadas a la red del Mayo en Panamá, Emiratos Árabes y Europa del Este. El cerco internacional se coordina con una narrativa cada vez más explícita desde organismos multilaterales que ligan el tráfico de opioides con la corrupción estructural, y que presionan a México para “entregar” resultados de alto impacto. A Zambada se le está pidiendo, tácitamente, lo mismo que se le exigió a Guzmán Loera: que abandone el tablero.
En este contexto, analistas de inteligencia transnacional y exagentes de la DEA sugieren que el Mayo podría considerar una forma de “colaboración indirecta”, es decir, sin entregarse ni aceptar culpabilidad, pero facilitando información selectiva sobre rutas o actores que han reemplazado su hegemonía. Este tipo de estrategia, aunque informal, ha sido aplicada en escenarios anteriores con actores de los Balcanes, Colombia o Asia Central, donde la geopolítica pesó más que la letra del código penal.
Desde el entorno de seguridad nacional mexicano, sin embargo, el planteamiento es más cauto. Algunos oficiales sostienen que cualquier acuerdo de este tipo desataría una tormenta política, especialmente bajo el nuevo gobierno de Claudia Sheinbaum, que ha prometido un modelo más ético y transparente de justicia. La aceptación tácita de una “colaboración útil” del Mayo podría ser leída como impunidad negociada, debilitando la narrativa oficial de combate frontal al narcotráfico.
No obstante, la realidad operativa impone matices. En estados del norte, como Sinaloa, Sonora y Chihuahua, se ha registrado una baja en enfrentamientos entre cárteles rivales, lo que algunos atribuyen a una “reconfiguración pactada” de territorios. En círculos diplomáticos, se especula que ciertos actores buscan preservar una paz tensa mientras se negocia la entrega de piezas mayores. El Mayo, por su longevidad, conocimiento y redes, sigue siendo un actor central, incluso sin aparecer públicamente.
La pregunta clave es si Zambada estaría dispuesto a sacrificar parte de su influencia para garantizar la supervivencia de su estructura familiar o garantizar inmunidad indirecta para su círculo más cercano. En operaciones anteriores —como con Caro Quintero o Vicente Carrillo— las autoridades han aceptado soluciones híbridas que priorizan la “utilidad táctica” del capo en vez de su encarcelamiento inmediato. Si el Mayo entra en esa lógica, podría convertirse en la pieza de intercambio más delicada de los últimos años.
Para Estados Unidos, la jugada no está exenta de riesgos. Cualquier filtración sobre un pacto informal con el Mayo podría ser usada por adversarios políticos para acusar a la administración de Biden (o Vance, según el curso electoral) de claudicación moral. Pero el combate al fentanilo, con sus miles de muertos anuales, exige pragmatismo.
El Mayo, que ha sobrevivido a guerras internas, purgas y traiciones durante cuatro décadas, parece estar ante el dilema más simbólico de su vida: hablar en silencio, o seguir oculto hasta que el tiempo —o la biopolítica global— lo alcance.
Esta pieza fue desarrollada por el equipo editorial de Phoenix24 con base en fuentes verificables, datos actuales y análisis estratégico, manteniendo coherencia con el contexto global vigente.
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