Cuando la escuela y la familia preparan al joven para la falta antes que para el exceso, el futuro nace ya marcado por la escasez.
Córdoba/Buenos Aires, octubre de 2025.
La escritora y actriz argentina Camila Sosa Villada reflexiona con dureza sobre lo que observa de su país: “En Argentina te enseñan cómo ser pobre, no cómo tener dinero”. Su frase, pronunciada en el marco de la presentación cinematográfica de su novela «Tesis sobre una domesticación», explora la lógica cultural que perpetúa la supervivencia antes que la abundancia. Desde su experiencia vital —mujer trans, artista, con raíces en la clase trabajadora— plantea que el verdadero sistema educativo y familiar prepara para la falta, no para la prosperidad. En su nueva obra fílmica, adapta esa visión al lenguaje del deseo y el poder, pero su comentario va directo al país que la vio nacer.
Villada sostiene que la transmisión generacional no es neutra: “La enseñanza en las escuelas y las familias es sobrevivir con lo poco que hay”. Para ella, esa cultura de la limitación forma parte de un patrón profundo y persistente que condiciona los sueños, los proyectos y la construcción de riqueza personal. No se refiere únicamente al dinero, sino a la mentalidad que rodea el éxito, el error, el fracaso y la posibilidad. En un entorno donde la escasez está aceptada como norma, la abundancia aparece casi como una excepción.
La película que la tiene como protagonista —una actriz trans que tras años de lucha accede al éxito y enfrenta las trampas del sistema— sirve como metáfora de su crítica. Allí dialoga con el mundo del consumo, del arte, del deseo y del dinero, pero también con las regalas invisibles que rigen la conducta social argentina: evitar el riesgo, no sobresalir demasiado, no aspirar tanto por temor al derrumbe. Villada entiende esas reglas sociales como una barrera emocional antes que financiera.
Su postura provoca incomodidad porque no se contenta con señalar desigualdades visibles; va a la raíz cultural. Afirma que la escasez no solo es generacional o económica, sino una forma de tiempo: “Te acostumbran a esperar que algo falte, a pensar que lo más probable es que algo falle”. Esa narrativa interiorizada —que se instala temprano en la escuela, en la casa, en el barrio—, dice, tiene efectos más duraderos que cualquier crisis económica puntual.
En la entrevista apunta a la responsabilidad colectiva: cuando un país normaliza que “ir tirando” es suficiente, reduce las ventanas de oportunidad. Y critica también la versión complaciente del progreso: aquella que celebra la mera supervivencia como éxito. Para Villada, la verdadera revolución está en enseñarle a un joven que puede gestionar proyectos, negociar dinero, asumir riesgos creativos. Y señala que si alguien lo logra, lo hace contra corriente.
La conversación sobre dinero en su obra no es superficial ni aspiracional en el sentido convencional. Es política cultural. Porque el dinero representa también libertad de agencia, capacidad de elección, autonomía sobre el propio cuerpo, el propio trabajo, la propia voz. En ese contexto, enseñar solo a “ser pobre” significa limitar la imaginación, inhibir los programas de vida. Villada lo sabe por experiencia: la literatura le ofreció la posibilidad de reordenar sus tiempos, su nombre y su destino. Pero afirma que muchos no reciben esa invitación.
Irónicamente, el país que dio al mundo poetas, cineastas y guerreros culturales también puede convertirse en maestro de la supervivencia. Villada no lo dice con orgullo sino con preocupación. Su llamado no es a la culpa, sino al despertar. Esa “enseñanza” que propone puede tomar muchas formas: reformar currículos, abrir caminos de financiamiento, reconocer que todas las vidas no tienen que reproducir las faltas del pasado.
Camila Sosa Villada invita a pensar que la prosperidad también es enseñable, no solo heredable. Y que romper la norma de lo mínimo no es un lujo sino un acto de justicia cultural. En ese horizonte, la mujer trans que narra, actúa y produce deja de ser un testimonio para convertirse en impulso. Porque, cuando la escasez deja de ser destino, la identidad no se reduce a la resistencia, sino que se abre a la creación de nuevas reglas.
La narrativa también es poder. / Narrative is power too.