Una portada equivocada abrió un debate mucho mayor.
Londres | Agosto de 2026
Brian May recurrió a una herramienta de inteligencia artificial con una petición aparentemente sencilla: recrear la portada de “The Game”, el álbum publicado por Queen en 1980. El resultado, sin embargo, distaba mucho de la imagen original. En lugar de representar correctamente a los cuatro integrantes del grupo, la plataforma generó cinco figuras cuyos rostros apenas recordaban a Freddie Mercury, Roger Taylor, John Deacon y al propio May.
El guitarrista británico compartió la imagen en Instagram, inicialmente con un tono de incredulidad y humor. La composición original muestra a los cuatro músicos juntos, vestidos con chaquetas de cuero y mirando a la cámara, por lo que la aparición de un quinto miembro convirtió la recreación en una caricatura involuntaria. Pero la publicación no quedó limitada a señalar las deficiencias visuales del sistema. May utilizó el error para plantear una crítica más amplia sobre la expansión acelerada de la inteligencia artificial.
A sus 79 años, el músico cuestionó si la humanidad necesita realmente esta tecnología en la escala que actualmente se está desarrollando. También advirtió que el precio de aceptar su crecimiento como algo inevitable podría ser demasiado alto. Su preocupación principal no se centró únicamente en la precisión de las imágenes o en la protección de la creatividad humana, sino en las consecuencias ambientales de la infraestructura necesaria para sostener estos modelos.
May dirigió su mensaje al primer ministro británico, Andy Burnham, y le pidió frenar la construcción de nuevos centros de datos antes de que fuera demasiado tarde. Según el guitarrista, Reino Unido corre el riesgo de dañar su territorio y sus paisajes siguiendo un modelo de expansión que, en su opinión, ya está produciendo efectos perjudiciales en Estados Unidos. Su intervención conectó así una imagen absurda de Queen con una cuestión política relacionada con energía, territorio y planificación industrial.
Los sistemas avanzados de inteligencia artificial dependen de centros de datos capaces de procesar y almacenar enormes cantidades de información. Estas instalaciones requieren un suministro eléctrico considerable, además de sistemas de refrigeración que pueden incrementar el consumo de agua y ejercer presión sobre las redes locales. Su impacto concreto varía según la fuente de energía utilizada, la eficiencia de los equipos, el clima y las regulaciones aplicadas en cada territorio.
El episodio de la portada no demuestra por sí solo los daños ambientales atribuidos a la inteligencia artificial. Sí expone, en cambio, la distancia que todavía puede existir entre la imagen pública de una tecnología supuestamente precisa y sus resultados reales. Para May, esa contradicción sirve como advertencia sobre una industria que promete transformar la sociedad mientras sus costes materiales permanecen con frecuencia fuera de la conversación cotidiana.
No es la primera vez que el integrante de Queen expresa reservas sobre la inteligencia artificial. El músico ha manifestado inquietud por sus efectos sobre los artistas, la autoría y el futuro de las profesiones creativas. La posibilidad de producir canciones, voces e imágenes mediante sistemas entrenados con obras existentes ha generado una disputa creciente sobre consentimiento, reconocimiento y compensación económica.
Parte de la industria musical sostiene que las empresas tecnológicas no deberían utilizar obras protegidas para entrenar modelos sin autorización de sus creadores. Durante 2025, más de mil artistas, entre ellos Kate Bush y Damon Albarn, participaron en un álbum silencioso concebido como protesta contra posibles cambios legales que facilitarían ese uso. La iniciativa buscaba recordar que la innovación tecnológica no elimina los derechos de quienes produjeron el material utilizado para desarrollarla.
Sin embargo, los músicos no mantienen una posición unificada. Linda Perry, conocida por su trabajo con 4 Non Blondes y por su trayectoria como compositora, ha defendido la idea de adoptar la inteligencia artificial como una herramienta adicional. Desde esa perspectiva, su valor depende de las decisiones del artista y no implica necesariamente sustituir la creatividad humana.
La productora británica Nia Archives ha planteado otra lectura, al considerar que la música generada por inteligencia artificial podría ser un fenómeno pasajero. Su argumento sugiere que la novedad técnica no garantiza permanencia cultural ni una conexión auténtica con el público. Entre el rechazo frontal y la aceptación completa aparece así una posición intermedia que observa la tecnología con cautela, sin atribuirle automáticamente un poder duradero.
La crítica de May amplía ese desacuerdo al recordar que la inteligencia artificial no existe únicamente como software. Detrás de cada respuesta, canción o imagen se encuentran servidores, redes eléctricas, instalaciones industriales y recursos naturales. El debate, por tanto, no se limita a determinar si una máquina puede recrear correctamente una portada de Queen, sino a decidir qué costes está dispuesta a asumir la sociedad para mantenerla funcionando.
La imagen fallida de “The Game” probablemente será recordada como una anécdota digital, pero el mensaje que la acompañó apunta hacia una discusión mucho más profunda. May no presentó un programa detallado para regular los centros de datos, aunque sí reclamó una intervención política antes de que su expansión resulte difícil de controlar. Su protesta coloca una pregunta incómoda en el centro del entusiasmo tecnológico: quién obtiene los beneficios de la inteligencia artificial y quién termina pagando su coste ambiental.
Cada silencio habla. / Every silence speaks.