Bienalsur, una década de expansión cultural con sello público, recibe el espaldarazo institucional de la Ciudad

Un reconocimiento local con proyección global: cuando una bienal nacida en la universidad pública consolida una red artística que ya no cabe en un solo mapa.

Buenos Aires, agosto de 2025 — La Legislatura de la Ciudad se dispone a declarar de Interés Cultural a BIENALSUR, un gesto que trasciende lo ceremonial para validar una forma distinta de hacer política cultural: horizontal, abierta y transnacional. La distinción, impulsada por la diputada María Cecilia Ferrero desde la Comisión de Cultura, se formalizará en el Salón San Martín y llega en el décimo aniversario del proyecto, justo cuando la quinta edición está en marcha entre junio y diciembre. No es un premio a una temporada exitosa, sino al método: convocatorias libres, curadurías sin imposiciones temáticas, itinerancias que no piden pasaporte y una ética del acceso que corre el eje del “centro” hacia un archipiélago de sedes y públicos.

La Bienalsur será declarada de Interés Cultural por la Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires

Desde su incubación en la Universidad Nacional de Tres de Febrero, con la Fundación Foro del Sur como aliada, la plataforma dirigida por Aníbal Jozami y Diana Wechsler convirtió la consigna “de Buenos Aires al mundo” en un sistema operativo de circulación cultural. La edición 2025, presentada ante organismos internacionales a comienzos de junio, sintetiza ese impulso: más de un centenar de espacios distribuidos en decenas de ciudades y países, con capítulos que cruzan museos, universidades, fronteras portuarias y territorios periféricos. La cifra importa menos que la lógica que inaugura: el mapa deja de ser una jerarquía y se convierte en una red donde lo local y lo global se reescriben mutuamente.

Que la declaración provenga de la Legislatura porteña resulta, en este contexto, algo más que una palmada en la espalda. Es la validación pública de un modelo que descentraliza recursos simbólicos y amplía derechos culturales, al tiempo que vuelve inteligible la inversión en cultura como política social. El reconocimiento, además, conversa con la trama federal que BIENALSUR impulsa en Argentina y su proyección internacional en Europa, Asia, África y América Latina. Cuando una ciudad acredita institucionalmente una bienal que ya opera como red global, también se compromete a sostener sus infraestructuras de acceso: movilidad de artistas, mediación con comunidades, formación de públicos, documentación y archivos.

El “estilo BIENALSUR” se percibe en dos decisiones que, a la larga, cambiaron hábitos curatoriales. Primero, la apertura de convocatorias sin la preselección asfixiante que a menudo clausura lo emergente; segundo, el rechazo a la monotematización, que libera a artistas y curadores para tratar, en simultáneo, agendas urgentes —inteligencia artificial, crisis climática, derechos humanos, migraciones, memorias— sin quedar atrapados en el corsé de la muestra-manifiesto. El resultado es una bienal que respira al ritmo de muchos territorios a la vez, capaz de hospedar desde una retrospectiva de oficio y trabajo hasta laboratorios de escucha o intervenciones en espacio público.

Anibal Jozami (Foto: Gustavo Gavotti)

Esa diversidad también supone desafíos. La capilaridad de la red exige estándares de producción y conservación dispares, negociaciones diplomáticas y acuerdos con instituciones de distinto tamaño y presupuesto. Mantener coherencia narrativa sin volver homogéneo lo que es heterogéneo por definición requiere de una curaduría que administre tensiones en lugar de ocultarlas. La declaración de Interés Cultural reconoce justamente ese oficio: la capacidad de coordinar lo múltiple sin borrar singularidades, de asociar una universidad pública con museos estatales, galerías privadas, colectivos y comunidades, y de sostener un archivo que dé cuenta de esa circulación.

Para la escena local, el impacto es doble. Por un lado, integra a artistas argentinos en circuitos internacionales con otra densidad de públicos y crítica; por otro, hace que artistas internacionales aterricen en instituciones y ciudades del país, con obras y procesos que no llegan por las vías tradicionales del mercado. La audiencia, más que cualquier otro actor, es la que gana: talleres, mediaciones y programas educativos que desarbolan la idea del museo como espacio solemne y lo devuelven a su condición de plaza contemporánea, donde se puede aprender, disentir y celebrar.

En términos de políticas culturales, la declaración abre una hoja de ruta. Marca un compromiso de la Ciudad con la continuidad de la plataforma, y envía una señal al resto del país y a socios internacionales: vale la pena invertir en proyectos que combinan excelencia artística con justicia territorial del acceso. Si a una década del primer trazo la red ya es continental, la pregunta razonable es cómo sostener el crecimiento sin sacrificar proximidad con los públicos. La respuesta está, probablemente, en la ingeniería institucional que BIENALSUR viene ensayando: alianzas con universidades, acuerdos con gobiernos locales y una economía del proyecto basada en cooperación y cofinanciamiento.

Hay, finalmente, una dimensión simbólica. La cultura no “gasta”: traduce, repara y crea lenguajes comunes en tiempos de fragmentación. Que una ciudad reconozca a BIENALSUR es, también, reconocer que el futuro del arte contemporáneo se juega en la capacidad de conversar con la vida cotidiana, de salir del cubo blanco sin renunciar a la calidad, y de anudar, con rigor y sensibilidad, aquello que los mapas separan. Cuando la bienal vuelva a cerrar esta edición, el diploma quedará en una pared; lo esencial —la red, los públicos, las preguntas— seguirá en movimiento.

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